domingo, abril 21, 2024
Por el mundo

Los “barbudos” entran en La Habana

“Aquello no fue un reportaje, fue una verdadera revolución”

                                                                             Burt Glinn

Por Jorge Montero/El Furgón –

El 31 de diciembre de 1958, Burt Glinn, ya por entonces un reconocido reportero gráfico de la agencia Magnum, estaba disfrutando de los cócteles y la alegría de la nochevieja en el Upper West Side de Manhattan. De la fiesta participaban periodistas, políticos, intelectuales. En suma, gente bien informada. Cerca de las diez de la noche, Glinn, comenzó a escuchar conversaciones que daban por hecho la inminente fuga de Cuba del dictador Fulgencio Batista. “Está llenando camiones con el tesoro nacional”, le aseguraron.

Fidel Castro levanta a una niña en brazos

Era una noticia extraordinaria. De ser cierta, significaba el triunfo de la revolución de los “barbudos”, como eran conocidos los guerrilleros comandados por Fidel Castro. Glinn, de treinta y tres años, con fama de dejar todo por una buena historia, no lo dudó. Apuró la última copa, pidió 400 dólares prestados al presidente de Magnum, subió a un taxi, y tras pasar por su casa para reunir equipo fotográfico y película, con la misma ropa que tenía puesta, se fue al aeropuerto de La Guardia. Embarcó en el primer vuelo hacia Miami y allí enlazó con otro a La Habana.

Fidel Castro en La Habana

En ese mismo momento Fulgencio Batista, haciendo la ruta inversa, abandonaba Cuba llevándose entre joyas y dinero, unos 600 millones de dólares, de los que pudo gozar en sus exilios dorados de República Dominicana, la isla de Madeira en Portugal  y, por último, en la España de Franco.

Fidel Castro en un discuso en Santa Clara

Cuando llegó a La Habana, justo en el amanecer del 1 de enero de 1959, Glinn no tenía idea de que dirección tomar. “Fidel todavía estaba a cientos de millas de distancia, nadie sabía dónde, el Che Guevara se dirigía a La Habana pero nadie parecía estar al mando de la situación. No podía meterme en otro taxi y pedirle que me llevara a la revolución”, comentaría jocoso muchos años después.

Una miliciana descalza

Se registró en un hotel y trató de descansar, pero le despertaron los disparos. “Bajé a la calle y vi un montón de personas gritando ‘Viva el 26 de Julio’. Después supe que eran partidarios de Fidel Castro. La verdad es que, aunque oí un montón de disparos, nunca supe bien a quién disparaban: casi todos los partidarios de Batista habían huido de la capital por aquel entonces”.

La Habana. Multitudes festejan en la plaza principal

Durante los días siguientes el reportero fotografió a las patrullas populares que se hacían cargo de la capital cubana. Retrató a revolucionarios en pijama. A una orgullosa y decidida miliciana de pies descalzos que, con un rifle antiguo, hace guardia ante el edificio del Congreso para evitar el pillaje. Documentó las escaramuzas a balazos entre los miembros de la otrora temible policía política del dictador derrocado y los partidarios del régimen naciente…

La población enfrenta a la policía política de Batista

Por fin, el 4 de enero, logró llegar a Santa Clara y encontró a Fidel Castro. Lo fotografió saludando a un grupo de monjas, alzando a niños en brazos, pronunciando uno de sus primeros y épicos discursos. Quedó fascinado por la personalidad de aquel hombre que no dejaba de fumar puros del tamaño de una estatua ecuestre. “La buena relación de Burt con Fidel fue vital para que algunas de estas fotos existan. Castro le dejó ser testigo de todo, y me atrevo a decir, que más allá de las fotos de algunos fotógrafos locales, no hay testimonio visual de aquella revolución que se acerque mínimamente al tamaño y la calidad del trabajo de Burt”, subraya Tony Nourmand, editor de Reel Art Press, que publicó en 2015 el libro ‘Cuba 1959’, que documenta el trabajo de Glinn en aquellos días extraordinarios. Con fotografías que estuvieron más de sesenta años sin ser conocidas.

Portada de “Cuba 1959”

Burt Glinn volvió a la capital cubana con la columna armada del líder revolucionario, mostró desde el fervor y la ilusión de los habaneros, al devaneo entre un guerrillero y una hermosa mujer morena. Para finalmente dejarse retratar el mismo, alzando un fusil y cargado de cámaras, con un guerrillero desternillándose de risa apuntando la sien del reportero con un rifle automático.

Burt Glinn posa levantando un fusil en La Habana

“Pude acercarme tanto como quise a lo que estaba sucediendo, creo que vieron que la emoción del trabajo me contagiaba”, explicó más tarde el reportero estadounidense. Pudo fotografiar a todos los líderes revolucionarios: Camilo Cienfuegos, el Che Guevara, Celia Sánchez, Raúl Castro, a un solitario Fidel Castro en una toma de color presidiendo la mesa vacía del consejo de ministros mientras fuma un habano. Imágenes llenas de fervor, tensión y viveza, en medio de la alegría que campaba en el país.

Fidel Castro junto a los líderes revolucionarios

Burt Glinn viajó con Fidel Castro durante días, atravesando pueblos donde las multitudes abrazaban a los revolucionarios y los obligaban a detenerse. “Las escenas me recordaban a las que conocía de la liberación de París”, comentó el reportero. Hasta la entrada a La Habana el 8 de enero.

Un viaje triunfal que terminó en la fortaleza de Columbia, ocupada por la columna al mando de Camilo Cienfuegos desde unos días antes. Allí Fidel habló ante la multitud que se había congregado para escucharlo por primera vez desde el triunfo de los barbudos. De frente al micrófono y a la cámara de la televisión, el jefe rebelde inició su alocución con una advertencia: “El pueblo escucha, escuchan los combatientes revolucionarios, y escuchan los soldados del Ejército, cuyo destino está en nuestras manos. Creo que es este un momento decisivo de nuestra historia: la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa. Y, sin embargo, queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil. Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario. Engañar al pueblo, despertarle engañosas ilusiones, siempre traería las peores consecuencias, y estimo que al pueblo hay que alertarlo contra el exceso de optimismo… Y por eso yo quiero empezar —o, mejor dicho, seguir— con el mismo sistema: el de decirle siempre al pueblo la verdad.”

Años después, poco antes de su muerte en abril de 2008, Burt Glinn recordaría: “No dormimos ni comimos regularmente ni nos bañamos en el viaje de nueve días hasta La Habana… Pero fueron grandes días. Aprendí entonces que un buen cigarro puede ayudar a sostenerte”. Para añadir henchido de orgullo que “aquello no fue un reportaje, fue una verdadera revolución y una de las mayores aventuras de mi vida”.