martes, junio 2, 2026
Cultura

El río oscuro: un grito en el Paraná

En nuestra región del litoral fueron muchas las obras que han descripto los abusos y las explotaciones al mensú, a los cosechadores de algodón o al colono. Pero ninguna con la claridad y la coherencia ideológica de la de Alfredo Varela. Esto al autor le valió la cárcel, y a su obra el olvido. Recobremos su lectura.

 El río oscuro representó el comienzo de la gran novela social latinoamericana.Editada en el año 1943, en las imprentas de la editorial Lautaro– propiedad del Partido Comunista Argentino-, y proyectada al cine en el comienzo de los cincuenta con el nombre de “Las aguas bajan turbias”. Nace tras diferentes notas periodísticas de Alfredo Varela, que recorrió la región durante varios meses. Con ese material publicado en el periódico Orientación del PC, la revista Ahora y el diario Crítica elaboró el libro, su única novela. Tuvo mucho éxito traduciéndose a 15 idiomas en 16 países. Pero también enfrentamientos con el peronismo y reclusiones intermitentes.

Su tema es la explotación del mensú en los yerbatales misioneros, y de la toma de conciencia de esa utilización. Crónicas de época de la conquista, de la colonización, de la Guerra del Paraguay se intercalan en el texto de la narración principal para dar a éste el trasfondo temporal necesario, de la misma manera que numerosos trozos descriptivos se mezclan para lograr el marco espacial que sitúe concretamente el drama del trabajador. Y en ese espectáculo, el gran río marrón:

“Hasta Posadas solían bajar los cadáveres, boyando. El Paraná traía en su amplio regazo, que nunca se niega, la terrible carga.  A llegar a la vera de esa loma poblada por el rancherío, abandonaba los cuerpos, como desligándose de toda responsabilidad. Él no sabía nada o, como la selva, lo sabía todo y callaba. Ahí, en la playa, quedaban los pobres cuerpos de los pobres mensús. A veces quedaban desnudos. O si no, les quedaban jirones de ropa y jirones de piel. O solo unos huesos machucados. Se acercaban al principio algunos curiosos. Pero ya estaban cansados de asombrarse, y pronto se iban. La escena era demasiado conocida. Y demasiado difícil identificar al muerto. Los muertos del Alto Paraná no tienen apellido ni familia. Y ni siquiera rostro, porque los peces hambrientos se los han picoteado durante el largo viaje, hasta dejar unas cuencas profundas, unos cartílagos temblorosos, un hueco inmenso donde ante hubo una boca que sabía decir palabras dulces y humildes…Los muertos del Alto Paraná no tienen historia. No saben nunca quien fue el heridor, ni por qué. Nadie se preocupa de averiguarlo… Un día, las lavanderas que bajan hasta el río amigo a desplegar el cartel multicolor de sus ropas, se encuentran con el hombre quieto y solo, junto a las piedras. Entonces se persignan y hablan apuradamente en un guaraní asustado y tembloroso…”

Pero ese mismo río, será también el simple vehículo de liberación para el protagonista de la novela, de Ramón, el mensú que se arroja a sus aguas,sobre una jangada de tacuaras, para huir del terror verde. Del terror creado por los capangas en los yerbales. Casi destruido por la travesía, el trabajador comprende, luego de la experiencia, la necesidad de la organización sindical y del papel que le espera en la larga lucha por las reivindicaciones sociales concretas.

La trascendencia de esta novela, hoy olvidada, no solo determinó una deriva cinematográfica protagonizada por el actor del momento, Hugo del Carril. También en el cancionero popular, afloraron bellas narrativas. Como la reconocida canción de Ramón Ayala:

Selva, noche, luna, pena en el yerbal
El silencio vibra en la soledad
Y el latir del monte quiebra la quietud
Con el canto triste del pobre mensú
Yerba verde, yerba, en tu inmensidad
Quisiera perderme para descansar
Y en tus hojas frescas encontrar la miel
Que emitía el surco del látigo cruel
¡Neyke!, el grito del capanga va resonando
¡Neyke, Neyke!, fantasma de la noche que no acabó
Noche mala que camina hacia el alba de la esperanza
Día bueno que forjarán los hombres de corazón
Verde gris, verde brillante
Rojo toro, sangre adelante
Camino y selva
En la picada profunda
Pasos, calor, humedad
Lleno de harapos el hombre
Y en los helechos el monte
Pleno de sabia y bondad
Las hachas están calladas
Crece el silencio con él
Ya el obraje quedó lejos
Y el corazón va despierto
Rumbo al amanecer
Verde gris, verde brillante
Rojo toro, sangre adelante
Camino y selva
Río, viejo río que bajando va
Quiero ir contigo en busca de hermandad
Paz para mi tierra cada día más
Roja con la sangre del pobre mensú
¡Neyke, Neyke!, el grito del capanga va resonando
¡Neyke, Neyke!, fantasma de la noche que no acabó
Noche mala que camina hacia el alba de la esperanza
Día bueno que forjarán los hombres de corazón
Yerba verde, yerba.