lunes, abril 22, 2024
Cultura

Dígalo con mística

Directo a Netflix, el estreno de Lazzaro felice permite apreciar uno de los mejores títulos del último festival de Cannes, dirigido por Alice Rohrwacher, la gran revelación del cine italiano reciente.

Por Fernando Chiappussi/El Furgón –

Con sólo tres largometrajes de ficción en su haber, la realizadora Alice Rohrwacher (36 años) ha impuesto una voz particular y sensible en el panorama de los festivales de cine y sus subsidiarias, las salas de cine alternativo que aún quedan. En otras épocas, Lazzaro felice hubiera sido un éxito en la calle Corrientes, en esas salas que empezaban con “Lo” (Losuar, Lorraine, Lorange, Lorca). Épocas en que el cine italiano tallaba en Argentina casi tanto como el norteamericano. Globalización mediante, ahora arriba directamente al on demand gracias a la feliz idea de Netflix de sumarla, desde este mes, a su más bien pobre catálogo de cine europeo, donde la encontrarán por su título anglosajón Happy as Lazzaro.

Trailer de Lázzaro felice

Alice es la hermana menor de la actriz Alba Rohrwacher, esa rubiecita con cara de buena que aparece en Perfectos desconocidos y otros títulos del cine italiano reciente. Nacidas en un pueblito de la Toscana, de madre italiana y padre alemán, vivieron una infancia y adolescencia que parecen ser la materia prima del mundo bucólico que Alice reproduce en sus películas. En esos pueblos del interior, donde todo parece manejarse igual hace centurias, están las leyendas y supersticiones, los dialectos y la naturaleza, la confianza ingenua en la figura de autoridad (cura, patrón, funcionario) y la burla soterrada a esa misma figura, que ejerce un poder a menudo arbitrario en nombre de la civilización.

Alice no oculta su simpatía por la barbarie: los protagonistas de sus películas son siempre gente humilde y sencilla, a menudo manejada por fuerzas más allá de su comprensión. Pero nunca se abandona al tono costumbrista que el cine italiano heredó del neorrealismo; si bien las creencias religiosas y paganas abonan el camino a la comedia, la Rohrwacher nunca desdeña el poder de aquéllas para trascender la realidad cotidiana.  En este sentido, su cine tiene algo que ver con el de nuestra Lucrecia Martel, aunque a primera vista los campesinos de estas historias parezcan bien diferentes de las familias de la pequeña burguesía salteña que aparecen en La ciénaga o La mujer sin cabeza. Las películas de la italiana tienen, como las de la argentina, un punto de misterio que no termina de resolverse por entero y que genera imágenes y escenas memorables más allá de la comprensión.

Escena de “Corpo celeste”

Hablemos, pues, de las películas.  En Corpo celeste (2011), una adolescente regañona se aburre con la obligatoria liturgia de la confirmación católica en un pueblo de montaña (inevitable pensar en La niña santa); mientras vamos comprendiendo los juegos de poder que se dan en la pequeña comunidad, la piba empieza una deriva que la llevará a oscilar entre la espiritualidad y la sordidez. Paisajes de una pureza poco habitual -pero que nunca caen en el paisajismo- generan una fascinación que se rompe cada vez que pasa un camión o suena un celular que separa a los jóvenes de los mayores, transmitiendo la sensación de la protagonista de estar detenida en el tiempo, tensionada entre la lealtad familiar y la necesidad de crecer. Fue el primer largometraje de Alice Rohrwacher después de algunos cortos y documentales, y ya muestra la misma madurez de su cine posterior.

Alice Rohrwacher

En 2014 fue el turno de Las maravillas, una película pequeña pero fascinante sobre una familia que vive en una zona rural para librar a sus numerosos hijos de las tentaciones modernas. Veladamente autobiográfica -el padre de familia, como el de las Rohrwacher, se dedica a la apicultura-, cuenta su historia también desde el punto de vista de una hija, la casi adolescente Gelsomina, que sin querer provoca un terremoto al ser su carta elegida por un reality show televisivo. Así, son invadidos por extraños que buscan, precisamente, gente al margen de la tecnología.

Lazzaro felice (2018) es hasta ahora su película más ambiciosa. No tanto en producción -que como siempre se apoya en paisajes naturales y un mix de lugareños y actores profesionales- como en su narrativa, que se atreve a romper el verosímil y llevar la historia, con un toque místico, a un lugar cercano a la ciencia ficción, aunque lo haga para describir mejor la Italia contemporánea. El argumento se basa en una noticia real de los años ’80: el hallazgo de una comunidad de familias que trabajaba en una finca tabacalera en condiciones de semiesclavitud. Como los trabajadores nunca habían salido de allí, toman su condición como algo natural y compensan la rutina de las siembras y cosechas con un rico anecdotario de supersticiones. Entre ellos está Lázaro, un adolescente de mirada límpida, pura inocencia.

Escena de “Las maravillas”

Tomado de punto pero a la vez querido por todos, Lázaro se convierte en cómplice de una aventura que no comprende cuando el hijo de la dueña del campo decide aprovecharse de su madre con un engaño que, en su crueldad, revela inmadurez. En medio de estos sucesos, la película hace un corte audaz y se traslada a otro tiempo y lugar; su segunda parte es urbana y funciona como un espejo invertido de la primera. Conviene no abundar en detalles para evitar el spoiler, pero la Rohrwacher se las ingenia para que esta historia de campesinos iletrados funcione en un punto como una alegoría de la migración europea.

Con un tono ligero y a la vez contemplativo, que no escapa a la comedia pero nunca la deja ocupar el primer plano, Lazzaro felice continúa creciendo y deslumbrando hasta sus últimas escenas, cuando la parábola religioso-política se revela por completo y los motivos de la realizadora se vuelven más claros. Algunos críticos se quejaron de un exceso de literalidad en ese final anunciado: a este cronista, por el contrario, le parece la feliz superación del cine festivalero clásico, ese que suele detenerse un momento antes de que pase algo definitivo (otra vez, podemos pensar en La niña santa).

Alice Rohrwacher no tiene miedo de definir. Tiene algo para decir y lo hace sin subrayados, conmoviendo desde la ambigüedad de lo real, con un naturalismo casi renacentista. Su insistencia en el uso del fílmico da a las imágenes la nobleza de una vieja casa en desuso, cuyas paredes llenas de verdín parecen contener todo el pasado en su superficie agrietada. Se trata de una actitud en las antípodas de la misantropía de un Lars von Trier o un Michael Haneke, tan celebrados en los festivales. Rohrwacher ha conseguido, reivindicando la inocencia, recuperar la mística para el cine con asombrosa facilidad.