lunes, abril 22, 2024
Por el mundo

Afganistán: La guerra que nadie gana

Guadi Calvo*/El Furgón – Si alguna conclusión sacó Washington de su larga y sangrienta experiencia en Vietnam, tras más de 10 años de intervención que le costaron 58 mil muertos norteamericanos, cifra que no es nada frente al millón cien mil de vietnamitas ultimados -sin contar heridos, mutilados y víctimas de malformaciones producidas por el uso de agentes químicos que hasta hoy siguen contaminando y matando a miles de vietnamitas-; a más de cuarenta años de la victoria sobre los Estados Unidos, que invirtió casi 5100 millones dólares, en lo que significó su primera derrota militar de su historia, es que la mentira y el ocultamiento son parte de su arsenal más letal, por lo que ocultar al propio pueblo norteamericano su imposibilidad de vencer en Afganistán es una acción de guerra.

El combate contra el talibán significa para los Estados Unidos la guerra más larga que ha afrontado, que no solo sigue sin resolverse, sino que cada día ese fantasmal enemigo recupera el territorio perdido tras la invasión de 2001.

A casi un año de la asunción de Donald Trump todavía no se ha definido su política para el país centroasiático, que a lo largo de su historia ha sabido vencer a todos quienes intentaron invadirlo.

Trump anunció con garganta enrojecida que enviaría una dotación de entre tres y cuatro mil hombres que se incorporarían a los 9500 que Barack Obama nunca pudo retirar, a pesar de sus continuas y postergadas promesas. Pero el rubicundo magnate parece que tampoco se decide a concretar el envío, por lo que ha iniciado una campaña de bombardeaos aéreos, cuyo pomposo acto inaugural consistió en arrojar en abril último, lo que se conoce como GBU-43/B MOAB (Massive Ordenance Air Blast o Artillería Masiva de Explosión Aérea), la bomba no nuclear más poderosa que se conoce.

Las operaciones aéreas, entre los obvios objetivos contra posiciones del talibán,  pretenden alcanzar y destruir los depósitos de opio, con lo que se cree podrían desfinanciar al grupo fundado por el Mullah Omar, el Amir-ul Momineen (Príncipe de los Creyentes), un título asumido por los primeros califas.

El 19 de noviembre pasado comenzó lo que se conoce como la Operación Jagged Knife (Cuchillo Dentado): F-22 norteamericanos, con base en la Base Aérea de al-Dhafra (Emiratos Árabes Unidos), junto con los bombarderos B-52 Stratofortress, de la Base Aérea de al-Udeid (Qatar) junto a A-29 de la aviación afgana, atacaron diez instalaciones de refinamiento de opio en la norteña provincia de Helmand, que las tropas del pentágono y las británicas abandonaron apenas hace tres años sin poderla sojuzgar y en la que hoy ya se produce el 70 por ciento del opio afgano, que en su totalidad representa entre el 85 y el 95 por ciento del total mundial. Para 2017 la producción de opio marcó un nuevo récord, con un aumento del 87 por ciento en comparación al año anterior. Se calcula que la producción superará las nueve mil toneladas, refinadas en unas 500 platas de elaboración, un significativo aumento de la producción frente a las dos mil de 2001. Mientras que durante el gobierno taliban (1994-2001), tras una fawtua dictada por el Mullah Omar, se redujo la producción entre 100 y 400 toneladas.  En la actualidad se cree que el opio y la heroína, su principal derivado, sustentan el 60 por ciento de su guerra.

Algunas opiniones en contra de la operación Jagged Knife dicen que el talibán podría trasladar toda la operación de producción de opio a Pakistán, lo que posiblemente aumentaría su volumen y sus ingresos. Un informe de Naciones Unidas adjudica la expansión productiva a los avances territoriales del talibán que incrementa las aéreas de siembra, cosecha y producción de adormideras (amapola), incluso en el desierto donde los agricultores han extendido su siembra instalando pozos y descartando otros tipos de cultivos menos “provechosos”. Aunque los Estados Unidos han gastado solo en la lucha contra el narcotráfico en Afganistán unos 8600 millones de dólares desde 2002, la producción de amapola creció un  43 por ciento a partir del 2015.

Durante la presidencia de Obama, los ataques aéreos fueron de carácter defensivo, para  proteger las acciones terrestres del ejército y la policía afgana. Desde el cambio de mando en la Casablanca ya se han arrojado casi cinco mil bombas y misiles, tres veces más que en 2016, contra posiciones talibanes y del Daesh, que en la región toma el nombre de Willayat Khorasan.

El talibán ya controla la mayoría de la provincia de Helmand, donde los Estados Unidos junto al Reino Unido libraron las batallas más duras contra la fuerza wahabitas más veteranas del mundo. Son solo Lashkar Gah y Gereshk las dos ciudades más importantes de la provincia que no han caído en manos del talibán, mientras las vastas regiones rurales y regadas de sembradíos de adormidera están fuera del control de Kabul.

Un espectro llamado Vietnam

La guerra en Afganistán pareciera destinada a ser librada eternamente, en un juego pendular de avance y retroceso de los invasores occidentales.

Afganistán, ahora, se ha convertido en la guerra más larga jamás emprendida por los Estados Unidos, donde a pesar de sus largos dieciséis años de presencia y las infinitas marchas y contramarchas, ni Estados Unidos ni el gobierno títere de Kabul -encabezado por un cada vez más desdibujado Ashraf Ghani, quien desde que asumió la presidencia en septiembre de 2014 no ha hecho otra cosa que ver como la presencia del talibán se imponía en cada una de las 34 provincias, dominado en la actualidad casi el 50 por ciento del país- pudieron detener que sus soldados y policías sean masacrados en atentados y emboscados por las tropas de mullah Hibatullah Akhundzada, actual jefe de la organización.

El general John W. Nicholson Jr, comandante de la misión de respaldo de la OTAN y de las Fuerzas estadounidenses-afganas, acaba de declarar que se necesitaran al menos dos años solo para hacer retroceder a los talibanes. Asumiendo que jamás lograrían derrotarlos, la pretensión de Washington es reducirlos lo suficiente para sentarlos en una mesa de diálogo para la reconciliación nacional o reducirlos a áreas remotas hasta que el movimiento se diluya solo. Hoy esta es una idea tan disparatada como utópica.

El Inspector General Especial para la Reconstrucción de Afganistán (SIGAR), John F. Sopko, informó a principio de este mes al Congreso norteamericano de “los esfuerzos de Estados Unidos para fortalecer la Fuerza de Seguridad y Defensa Nacional Afgana (ANDSF). A pesar de gastar de los más de 70 mil millones de dólares en asistencia del sector de la seguridad, desde 2002, los afganos aún son incapaces de asegurar su propia nación”.

Según Sopko, las ANDSF han estado plagadas de un amplio conjunto de problemas, que van desde la corrupción, el analfabetismo, la traición y el desgaste y la tensión debida a los constantes éxitos del talibán.

Trump había anunciado en agosto que daría autorización a las fuerzas armadas estadounidenses para combatir “a las redes terroristas y criminales que siembran la violencia y el caos en todo Afganistán”. Y agregó que ya había levantado las restricciones que la administración Obama le impuso “a nuestros combatientes” para dar  batalla al enemigo, aunque a cuatro meses de la declaración nada se ha hecho.

Llevar más tropas a el interior afgano significará que muchos civiles, como ya ha sucedido en contadas oportunidades, sufran los abusos “imperiales”, por lo cual intentarán sumarse a la fuerza insurgente ya sea el talibán o el Daesh, para vengar las afrentas. Más allá de la larga presencia en el país, Estados Unidos parece no conocer la idiosincrasia de resistencia y orgullo del pueblo afgano, al punto de que se acaba de conocer un informe de Naciones Unidas que dice que muchos de los terroristas que optan por convertirse en suicidas lo eligen tras haber permanecido en prisión, donde padecieron incontables situaciones de tortura y vejámenes, que los lleva a avergonzarse al punto de no poder soportar seguir vivos.

Estados Unidos no ha logrado nada para poder revertir la situación y la resistencia a su presencia. Se calcula que solo en la provincia de Helmand siguen funcionando unas dos mil escuelas coránicas o madrassas, donde se imparte la versión más integrista del Corán, el wahabismo, que da sustento filosófico a los grupos fundamentalistas no solo de Afganistán, sino de donde sea que este tipo de grupos tengan presencia, desde Nigeria al Sudeste Asiático.

Apenas tres días atrás, el viernes 15 de diciembre, fueron asesinados unos quince hombres de las fuerzas de seguridad, en un ataque contra un check-point próximo a Lashkar-Gah, la capital provincial de Helmand, lo que sin duda se repetirá una y otra vez.

El Talibán combate también con un importante grado de nacionalismo, por lo cual se opone, como los afganos lo han hecho históricamente, a la presencia de cualquier extranjero, desde Iskander (Alejandro Magno) y Gengis Khan en adelante, sin olvidar a los británicos en su momento de mayor gloria y a la Unión Soviética, cuya derrota selló para siempre su destino. Hoy los Estados Unidos libran en Afganistán la misma guerra que desde hace siglo todavía nadie ha podido ganar.

*Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.