lunes, abril 22, 2024
Nacionales

De Gapón a Francisco

Luis Brunetto/El Furgón – El 9 de enero de 1905 las tropas del zar Nicolás II abrieron fuego contra una manifestación de obreros de Petrogrado que, frente al Palacio de Invierno, persignados y con la cabeza gacha, solicitaban respetuosamente al “padrecito Zar” una serie de concesiones, por otra parte, bastante moderadas. Con el zar ausente, convenientemente fugado el día anterior junto a su familia, luego de haber dejado la orden de desatar la masacre, entre 500 y 2 mil obreros hombres, mujeres y niños, fueron salvajemente asesinados. Fue el Domingo Sangriento, que abrió el proceso de la finalmente derrotada revolución de 1905 y, más ampliamente, el de la revolución rusa, que culminaría con el triunfo bolchevique de 1917.

Los masacrados no eran de ninguna manera un hato de ingenuos que creyeran en el zar per se, por razones místicas o lo que fuera, sino una masa obrera que experimentaba una táctica política moderada, opuesta a la que promovían los recién formados bolcheviques. Se trata de algo bastante lógico: cuando las masas se ponen en movimiento, lo hacen con dudas, esperando además que la lucha cueste la menor cantidad de sacrificios. Será la experiencia política la que las irá educando en los rigores de la sociedad capitalista.

Domingo Sangriento

Esa táctica moderada, negociadora, que termina chocando con el hecho de que el Estado es una organización de la clase dominante y no un “regulador” de los intereses de clase que limita los abusos de los ricos y redistribuye las riquezas es, sin embargo, la manifestación práctica de determinadas ideas políticas. Es la manifestación práctica del reformismo, en cualquiera de sus variantes, del menchevismo ruso al decadente kirchnerismo actual: la idea de que se puede reformar la sociedad sin apoderarse del poder del Estado para convertirlo en órgano del poder de las masas trabajadoras, expulsando a las clases propietarias.

Como cualquier idea política, el reformismo tiene sus líderes y dirigentes, que son los que llevan esas ideas a las masas. En el caso del Domingo Sangriento, ese papel lo ejercía el pope (cura en la Iglesia Ortodoxa rusa) Giorgy Gapón, quien había organizado en connivencia con la Ojrana (la policía política zarista) los sindicatos de la Asociación de Trabajadores Industriales de Petersburgo, con más de 100 mil miembros. La masacre provocó la crisis de su táctica, y condujo directamente al estallido de la revolución.

La vigencia de estas dos tácticas, metamorfoseadas y revestidas por formas distintas según la época y el país es, sin embargo, de carácter permanente. Inevitablemente, en los períodos de crisis política y de agudización de los conflictos sociales, la táctica reformista predomina al principio. Eso es inevitable pues cuenta con el visto bueno y la asistencia del Estado para la cual es, frente a la táctica revolucionaria, el mal menor. Ofrece además el consuelo de creer que los cambios pueden lograrse más fácilmente, sin luchas difíciles y hasta cruentas. Pero su límite está, ni más ni menos, que en la capacidad del capitalismo para hacer concesiones. Cuando esa capacidad se agota, el reformismo queda descolocado.

Macri CGT 1

La política económica del macrismo es la expresión de esa incapacidad: ya no hay nada para ofrecer. La economía capitalista argentina es inviable sin inversión extranjera, pero esa inversión (ya de por sí difícil de obtener, fuera del volátil “capital golondrina” o del endeudamiento estatal improductivo con el que Macri reemplazó a la maquinita kirchnerista) exige una monstruosa reforma laboral, capaz de hacer “competitiva” a nuestra clase trabajadora con el trabajador semiesclavo de China o Bangladesh.

En esas condiciones, el reformismo queda herido de muerte. Es por eso que la táctica negociadora frente al macrismo ha fracasado y fracasará. Apenas unos meses después del pacto del macrismo con la dirección cegetista y los movimientos sociales negociadores, la burocracia sindical debió finalmente llamar a la lucha, aunque a largo plazo y en cuentagotas. Las mojadas de oreja fueron demasiadas y la más notable fue la ola de despidos con que los burgueses violaron el pacto antidespidos que habían firmado.

Es que, a pesar del fracaso secular del proyecto revolucionario socialista inaugurado por el Octubre ruso, algo hemos aprendido, y no estamos en el mismo lugar. Al lado de la táctica moderada y componedora, apadrinada también en este caso por un religioso, nada menos que el papa Francisco, se desarrolla otra combativa, mucho más acorde con las necesidades de la lucha contra el macrismo. Es la táctica desplegada por los obreros de AGR-Clarín, de Mascardi, del grupo Canale, de Tenaris, de los petroleros que resisten el convenio firmado por el traidor Pereyra en Vaca Muerta, y que contrasta con el conciliadorismo liderado por la Iglesia del “progresista” Bergoglio. Pero, así como contrasta con la política de negociación permanente, la táctica combativa presiona sobre ella, porque las bases obreras también miden a sus dirigentes, traidores y combativos. Y empuja a la burocracia a pisar el terreno que menos le conviene: el de la lucha y la movilización. Por eso es que el pacto promovido por la Iglesia no podía más que fracasar.

La marcha del 7 de marzo, aunque no va a terminar en masacre como el Domingo Sangriento, marcará el principio del declive progresivo de la táctica conciliadora. En el contexto de una ofensiva contra los trabajadores que incluye despidos en masa, reforma laboral y techo a las paritarias, resultará muy difícil a la burocracia desmontar su moderadísimo “plan de lucha” que incluye, recordemos, una promesa de paro para fin de marzo. Y, aunque los burócratas todavía pueden sorprendernos con una nueva agachada, el margen de maniobra cada vez es menor. Cada día que pasa se suman descontento y desprestigio entre las bases, y lo saben perfectamente. El paro y la movilización les permitirán recuperar provisoriamente el centro de la escena, aunque apoyados en el peligroso poder de las masas movilizadas.