lunes, junio 17, 2024
Nacionales

En 1995 el béisbol argentino fue pasión de multitudes

Por César R. Torres*/El Furgón

De acuerdo a la evidencia disponible, el béisbol comenzó a difundirse en Argentina en 1888 con la creación del Buenos Aires Baseball Club (BABC), integrado principalmente por expatriados estadounidenses.  Pareciera que el BABC tuvo una larga vida de, al menos, casi treinta años.  A fin de 1915, la revista Caras y Caretas publicó una fotografía del BABC, cuyo epígrafe explicaba que su “actuación en la presente temporada ha sido muy celebrada”.  El año anterior, quizá en una de las primeras incursiones internacionales del béisbol argentino, el BABC había viajado a Uruguay a medirse con el Club Montevideo.

Artículo de la revista “El Gráfico”.

A pesar de los esfuerzos del BABC, el béisbol no fue favorecido por la población nativa.  En 1905, un dirigente de la Asociación Cristiana de Jóvenes de Buenos Aires observó que el béisbol no se encontraba entre los intereses de los jóvenes argentinos.  Seis años más tarde, el estadounidense Nevin O. Winter remarcó que el fútbol se había convertido en el juego nacional de Argentina y coincidió en que el béisbol aún no se había popularizado.  Quizá teniendo en cuenta que varias empresas estadounidenses radicadas en el país organizaban equipos y partidos, en 1917 un periodista predijo: “Seguramente no está lejano el día cuando […] circulen los tranvías repletos de entusiastas en dirección al ‘field’ [de béisbol] donde luchan por la supremacía Rosario y Buenos Aires, o Mercedes versus Chivilcoy”.

El béisbol creció.  En 1925 se estableció la Asociación Argentina de Baseball para organizar y regular el deporte en el país.  Tres décadas más tarde, cuando ya existía la Liga Argentina de Béisbol, en funcionamiento desde 1932 y que eventualmente se transformaría en la Federación Argentina de Béisbol (FAB), el deporte transitó su etapa más lucida.  La competencia porteña contaba con tres categorías, descensos y ascensos incluidos, y también había competencia en las provincias de Santa Fe y Salta.  A pesar de su crecimiento y de su posterior estancamiento, el béisbol nunca atrajo las multitudes predichas en 1917 ni figuró en los títulos periodísticos.

Nota de “The New York Times”.

Esa situación cambió, por un breve y fulgurante trecho hace veinticinco años, cuando la selección argentina de béisbol logró que el país dirigiese su atención a ese deporte que le resultaba –y le resulta– extravagante.  Fue en marzo de 1995, durante los Juegos Panamericanos de Mar del Plata, aunque el torneo de béisbol se disputó en el Estadio Nacional de Béisbol, en la subsede Buenos Aires.  El principio lo marcó el triunfo ante Estados Unidos por 6 a 4 en el debut del equipo en el torneo.  Fue noticia en todo el continente.  El Nuevo Herald, de Miami, tituló la sección deportes del día siguiente al partido: “Argentina humilla a EU en béisbol”.  El Meridiano, de Caracas, calificó al triunfo como “histórico” al igual que El Gráfico y Clarín.  Por su parte, el New York Times, resaltando que Argentina nunca le había ganado a Estados Unidos en béisbol y que el deporte estaba en estado embrionario en el país, comentó que la victoria fue escandalosa.

En el segundo partido de la fase de grupos, Argentina le ganó a Puerto Rico por 4-3, confirmando, como expuso Clarín, “el excelente nivel de su equipo de béisbol”.  La Nación comentó que en el partido “los argentinos jugaron con aplomo y soltura” y resaltó que “todos [los jugadores] se sienten iguales entre sí, sin vedetismos ni celos”.  En Argentina y Estados Unidos describieron la victoria como “otro milagro” y “hazaña II”.  El Gráfico se refirió a las dos primeras victorias en el torneo como las más importantes de la historia del béisbol nacional y rotuló su nota al respecto “Batecazo”, en alusión al particular implemento con que se golpea la pelota y al impactante logro del equipo, que, agregó, “no tiene precedentes”.  Argentina perdió posteriormente con México (6-18) y le ganó a Guatemala (7 a 2), “dos equipos con importante tradición en el béisbol” y se clasificó para la ronda final del torneo.

Para entonces, desde el Washington Post hasta el presidente de la Confederación Panamericana de Béisbol hablaban del sorpresivo o inesperado rendimiento del equipo.  Para muchos podía ser sorpresivo, pero decididamente no era casual.  A comienzo de 1990, la FAB había aprobado un plan a largo plazo, presentado por Carlos Siffredi, bajo la consigna “Cinco años por una medalla”, que se extendía hasta los Juegos Panamericanos de 1995.  El extraordinario rendimiento en ese evento era el fruto de un lustro de preparación tan sistemática como intensa.  Siffredi gestionó el plan desempeñándose como entrenador principal del equipo.  El cuerpo técnico alistaba a los entrenadores asistentes Eduardo Breque y Mario Corba.  En 1994, a ese núcleo se sumó el experimentado entrenador cubano Eduardo Martín Saura, gracias a la gestión de Juan Repetto, electo presidente de la FAB el mismo año, y pilar, junto a sus colaboradores, en brindar estabilidad y continuidad al plan.  Al momento de debutar en los Juegos Panamericanos, el equipo había participado en varios torneos internacionales en los que obtuvo numerosas victorias resonantes, por ejemplo, ante México (1992), Aruba, Guatemala y Venezuela (1994) y Brasil (1995).  Esos torneos junto a esas victorias, que pasaron mayormente desapercibidas en el país, pulieron al equipo y lo prepararon para el desafío de los Juegos Panamericanos.

El plantel argentino de béisbol en los Panamericanos 1995.

El equipo era joven, tenía un promedio de edad de 23 años.  Sin embargo, el entrenador principal del equipo de Estados Unidos señaló: “Son un equipo con buenos fundamentos, sólido y juegan agresivo.  Puedes ver que saben lo que hacen.  [Y] no cometen muchos errores”.  Era un equipo federal, al menos tan federal como lo permitía el estado del béisbol nacional.  Había jugadores santafesinos, cordobeses, salteños, bonaerenses y porteños.  Era un equipo socialmente diverso: muchos eran estudiantes, unos pocos comerciantes, había un policía y también un enfermero, así como algunos empleados y otros desempleados.  Ninguno vivía del béisbol, pero todos vivían para el béisbol, que en aquellos años significó un hacer que le dio profundo sentido a sus vidas.  Algo los caracterizaba: eran soñadores y perseguían apasionadamente la excelencia beisbolística.  Por todo ello, en aquel período, decidieron postergar otros proyectos de vida y dedicarse plenamente a esa actividad que el escritor Sergio Ramírez, ex vicepresidente de Nicaragua, identificó en uno de sus cuentos como el “deporte rey”, en el que “todos se conocen en las graderías, aunque nunca se hayan visto en la vida”.  En marzo de 1994, como explicó un diario porteño, se inició “una concentración [en Buenos Aires] de un año de duración con vistas a los Juegos Panamericanos”.  Breque indicó: “Todos los jugadores hicieron bastante por este sueño, ya que, además de dejar trabajos y estudio, muchos vinieron del interior”.  Ninguno parece haberse arrepentido.

La gradería del Estadio Nacional de Béisbol (Ramírez dixit), siguió agolpada en la ronda final del torneo.  No sólo para alentar al equipo argentino, sino también para disfrutar de las pericias de los compatriotas de Ramírez y de las estrellas cubanas.  Argentina volvió a perder con México (3-6). No obstante, Clarín manifestó que el equipo “dejó una imagen positiva […] ante una multitud que colmo el estadio y que aplaudió al equipo al finalizar el cotejo, mostrándose satisfecha con el nivel demostrado”.  Siffredi declaró: “Le hemos dado batalla a una selección de gran tradición en el béisbol, con un pitcheo y labor de campo sobresalientes.  Solo nos faltó mayor agresividad en el bateo”.  El equipo luego perdió con Cuba (0-10), que sería el campeón del torneo, y con Panamá (0-2), en un partido ceñido.  A posteriori le ganó nuevamente a Puerto Rico (3-2), que se quedaría con el tercer puesto, en un partido de soberbio final; y perdió con Nicaragua (0-1), que se clasificaría subcampeón, en otro excelente partido.  Argentina ocupó el quinto puesto junto a Panamá con la misma cantidad de partidos ganados.  Si bien no obtuvo una medalla, fue, y sigue siendo, el mejor desempeño de la selección argentina de béisbol.

Tres meses después, el periodista argentino Mariano Ryan escribió: “Aquellas jornadas de marzo son inolvidables”.  Además, calificó de “formidable [la] actuación de los ‘peloteros’ argentinos en los Juegos Panamericanos, cuando en menos de dos semanas obtuvieron sus primeras cuatro victorias en el historial de 44 años de esta competencia”.  Aunque sin la estridencia de 1995, pero con el mismo entusiasmo, el equipo se rearmó hace dos años para participar en un torneo de veteranos organizado en Salta desde 2010.  Salió victorioso.  El Tribuno, en reconocimiento a su doble formidable actuación, título la nota que informaba sobre el reciente campeón: “La camada del 95, campeona +40”.  Al final, esa camada tuvo su medalla.  De todos modos, los integrantes de aquel equipo, orgullosos de haber logrado en marzo de 1995 que el país dirigiese momentáneamente su atención al béisbol, coinciden en que la amistad que forjaron entonces es su legado más valioso y duradero.  Esto hubiese reconfortado al filósofo del deporte estadounidense Drew Hyland, para quien la amistad es parte del telos de la competencia deportiva.

El diario “Nuevo Herald” sobre el triunfo argentino en béisbol durante los Panamericanos 1995.

Tuve la dicha de trabajar con ese equipo desde el comienzo del plan “Cinco años por una medalla” en 1990 hasta poco después de los Juegos Panamericanos de 1995.  Agradezco a aquellos jugadores, al cuerpo técnico –especialmente a Siffredi– y a la dirigencia de la FAB por haberme permitido ser parte de ese proceso tan enriquecedor.  A partir del mismo, comencé a preguntarme seriamente –y quizá a entender– cómo y porqué el béisbol –y el deporte en general– puede ser parte central de una vida significativa.  Es, en gran medida por ellos, que también encaré un camino ligado a pensar la naturaleza y el valor del deporte.  Es también por ellos que hoy no me es tan ajeno percibir lo que implica la descripción de Ramírez de lo que siente un “pelotero” en la cancha:

Desde el fondo del campo, el golpe de la bola contra el guante del catcher se escucha muy lejanamente, casi sin sentirse.  Pero cuando alguien conecta, el golpe seco del bate estalla en el oído y todos los sentidos se aguzan para esperar la bola.  Y si el batazo es de aire y viene a mis manos, voy esperándola con amor, con paciencia, bailando debajo de ella hasta que llega a mí y poniendo las manos a la altura de mi pecho la aguardo como para hacerle un nido.

El béisbol no se habrá aún popularizado en Argentina, pero, hace veinticinco años, el equipo de los Juegos Panamericanos hizo estallar oídos con el golpe seco del bate y bailó debajo de la bola mientras la esperaba con amor y paciencia en el Estado Nacional de Béisbol.  Muchas personas recordaron o aprendieron a estallar y bailar en modo beisbolístico de la mano de ese talentoso equipo.  Por dos semanas, logró materializar lo que aquel periodista predijo hace más de cien años: las muchedumbres “de entusiastas [se encaminaron] en dirección al ‘field’ [de béisbol]”.  No es poco.

*Doctor en filosofía e historia del deporte.  Docente en la Universidad del Estado de Nueva York (Brockport).