Venezuela: Entre la solidaridad de clase y el imperialismo del desastre
“Con qué facilidad en los poemas de antes hablábamos
del polvo, la ceniza, el desastre y la muerte.
Ahora que están aquí ya no hay palabras
capaces de expresar qué significan
el polvo, la ceniza, el desastre y la muerte”.
José Emilio Pacheco
La tarde que la tierra tembló. Dos potentes terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 en la escala Richter, con apenas 39 segundos de diferencia, sacudieron Venezuela el miércoles 24 de junio, provocando graves daños en Caracas y La Guaira, así como afectaciones, derrumbes e interrupciones de servicios en Miranda, Aragua, Carabobo y Falcón, con reportes adicionales en Yaracuy y Trujillo. Mientras continúan las labores de rescate, la magnitud de la emergencia se dispara.
Los pobladores cuentan que la tierra rugió desde lo profundo, un estruendo sordo poco después de las seis de la tarde, en un día festivo, cuando las familias obreras estaban reunidas en sus casas o compartiendo cachapas en la calle con sus vecinos.
Celebraban la batalla de Carabobo de 1821, el momento cumbre en el que el ejército patriota liderado por Simón Bolívar derrotó definitivamente a las tropas coloniales españolas, sellando la independencia de la nación, cuando se abatió el cataclismo.
La coincidencia temporal añade una carga emotiva inmensa, pero también devela la rapidez de la respuesta organizada: el espíritu de Carabobo, para nada apagado durante esta fase de retirada estratégica bajo chantaje, se tradujo inmediatamente, en el lapso de pocos minutos, del plano de la memoria histórica al de la movilización de protección civil y solidaridad de clase en las calles desventradas de La Guaira y Caracas.
Mientras tanto, desde el exterior, la extrema derecha del ex candidato Edmundo González y la Nobel Corina Machado, emitían comunicados de pillaje para denunciar las “culpas” del gobierno en el desastre, como si años de “sanciones” pedidas a gritos a los Estados Unidos no hubieran significado nada. Acusaciones que ningún medio argentino dejó de reproducir hasta el hartazgo.
Como si el análisis de una catástrofe natural pudiera desvincularse de las condiciones materiales y estructurales en las que se consuma. Esos barrios, esa misma Caracas expandida sobre las laderas de las montañas, lleva las marcas urbanísticas de la vieja especulación inmobiliaria de la IV República, en los años cincuenta y sesenta, cuando el beneficio privado determinaba dónde y cómo debía hacinarse el proletariado urbano. A esto se suma el impacto criminal de años de sanciones y bloqueo económico unilateral orquestado por Washington.
Las medidas coercitivas que afectaron a la compañía estatal PDVSA y a la industria petrolera no son abstracciones diplomáticas: significan la imposibilidad sistemática de importar piezas de repuesto para la maquinaria pesada, limitaciones en la renovación tecnológica de las infraestructuras y un asedio financiero orientado a estrangular la planificación urbana del Estado. Y junto a ello, sin dudas, desacertadas políticas gubernamentales -principalmente a partir de 2018-, que ningún chavista omite en sus testimonios.
Sin embargo, precisamente en el momento del mayor dolor, se activa la inmensa maquinaria de la solidaridad de clase y del poder popular organizado. Son los propios ciudadanos, los miembros de los consejos comunales, las brigadas médicas cubanas —inmediato el pronunciamiento del presidente Miguel Díaz-Canel—, y los más de 500 rescatistas de la Protección Civil quienes forman cadenas humanas. Nada describe mejor la prospectiva del chavismo, que no se resigna a dispersarse en el individualismo atomizado, sino que se organiza colectivamente para distribuir cuerdas, remover escombros y defender la vida.
La dialéctica geopolítica de esta emergencia devela además la profunda hipocresía de las potencias imperialistas. Mientras Donald Trump y su secretario de Estado Marco Rubio se apresuran a declarar en las redes sociales que los Estados Unidos “están listos y equipados” para enviar ayuda —no sin antes lanzar sus habituales balandronadas “Somos el país más caliente del mundo. Tenemos el Ejército más fuerte. Tomamos Venezuela en menos de un día, el petróleo está fluyendo y nos estamos llevando muy bien con ellos”—, los compañeros desde Caracas no olvidan la ferocidad del sincronismo político: esta repentina filantropía llega por parte de quienes reivindicaron con orgullo “la captura” del presidente Nicolás Maduro, violando la soberanía nacional e intentando imponer un cambio de régimen en este momento complicado y resbaladizo. Es la doctrina del shock aplicada a la desventura: el imperialismo ofrece equipos de rescate con una mano mientras mantiene el lazo al cuello de la economía venezolana con la otra.
El pueblo venezolano no es una víctima inerme de la naturaleza o del imperio; es una comunidad política que demuestra, una vez más, que solo el pueblo salva al pueblo y que la camaradería colectiva e internacionalista es la única respuesta posible ante la barbarie del capital.
Otra luz elemental surge de las ruinas: la solidaridad humana.
“Con piedras de las ruinas, ¿vamos a hacer
otra ciudad, otro país, otra vida?
De otra manera seguirá el derrumbe.”
José Emilio Pacheco
