jueves, julio 18, 2024
Cultura

Semana Andrés Rivera: Escribir con una tijera en la mano

Gustavo Grazioli/El Furgón – ¿Cuál es el deber de la literatura? Es una pregunta que surge después de leer algunos libros. En este caso, el libro que pone en vela esta inquietud es una de las obras de Andrés Rivera que se titula El amigo de Baudelaire, (1991) porque traza, desde la ficción, un profundo análisis de la historia argentina. Su escritura lacónica deja impresa algunas acepciones que, hasta el momento, venían formando parte de un ejército de significados que cuidaba muy bien el discurso oficial. Saul Bedoya es el personaje clave de este libro. Es un narrador que forma parte de la burguesía agro-ganadera y que desde el sarcasmo va narrando cómo era la política antes de la creación del Estado nacional. Este trabajo se puede resaltar con frases claves o citas que definen de forma clara la presencia de Domingo Faustino Sarmiento y Charles Baudelaire, y sentenciar así la postura tanto del prócer como la del poeta francés. En la magia de la ficción ambos conviven bajo el trazo del autor. Pero como declaratoria de principios la cita pertinente es el comienzo de este libro.

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Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros hombres, miente. Yo, que escribo para mí, no me oculto la verdad. Digo: no temo descubrir, ante mí, lo que oculto a los demás.

Me atengo a una sola ley: no hay comercio entre lo que escribo y yo. Nadie vende, nadie miente. Nadie compra, nadie es engañado.

No afronto, tampoco, y no voy a olvidarlo, el miedo que devasta, frente a la hoja en blanco, al que escribe para los otros. No corro el riesgo de que alguien me reproche mis faltas de buen gusto y mis atentados, si los hay, a la ortodoxia de la prosa castellana. Ni que me asalte el anhelo (dicen que es irreprimible) de sustituir a Dios, que suele terminar en una boutade tan torpe y patética y expiatoria como la que se le escuchó a M. Flaubert cuando le preguntaron quién era Mme. Bovary.

Este inicio se centra como clave de lectura. Es el hallazgo de lo que es Rivera como autor, su sinceridad por encima de cualquier pirotecnia para escandalizar y estar en boca de críticos que no asumen que la ideología es una pata más de la literatura. Por fuera de todo postmodernismo y ante la extenuación de bancarse ser un hombre de izquierda, su literatura no engalana a nadie. Lo primero que se destierra es el culto a la personalidad.

Pero lo que no me perdona la Francia burguesa es que haya gastado treinta y cinco mil francos en un mes. La Francia burguesa detesta, aún, el despilfarro. Se lo permite a sus príncipes, a sus banqueros, a sus propietarios rurales. Pero les exige, a cambio, asilos para huérfanos y viejos, hospitales para las colonias, cárceles

Dice en otro pasaje del libro con un tono similar a los que se podría leer en cualquier parte del libro Viaje al fin de la noche de Celine. Una prosa seca que deja ver los entretejidos de una burguesía europea que se va a encontrar con otra totalmente distinta y en proceso de formación en Argentina. Saul Bedoya habla de los años de despilfarre y de conocer a Baudelaire, pero no pierde de vista a esos políticos que eran capaces de vender a su familia por más poder. Bedoya relata el nacimiento de una Argentina moderna.

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Pero, sí. Todo esto es una excusa para poder hablar de un escritor que trabajó en función de las expectativas de su ideología primero y de la literatura más pura después. Basta leer El Precio o Los que no mueren para dar en el blanco de esa cabeza militante que recién empezaba sus pasos en la escritura. Posteriormente, cuando ya pudo leer a Borges y dejar atrás los prejuicios instaurados que se presentaron en su tiempo de militancia en el Partido Comunista, la literatura, la suya, avanzó hacia una prosa que sin perder la lucidez ni la crítica, fue apoltronando un estilo que culminó con una de sus mejores obras: La revolución es un sueño eterno. Bah, agregaría El Farmer también.  Este estilo, ya intrínseco en Rivera, de escribir casi con una tijera en la mano, de la economía de las palabras para decir muchas cosas es una tarea de múltiples dificultades pero que se resuelven muy bien en los trabajos de este autor. Como narrador es imprescindible para poder conocer muchos puntos de la historia argentina. Su agregado, aparte de la revisión histórica, son las historias que se van tejiendo en el medio como pasa con El amigo de Baudelaire.