Walter Bulacio, campeón de América
En su casa no sobraba la guita. Por eso había empezado a trabajar como caddie en un club de golf. Quería irse a Bariloche de viaje de egresados y pagarse sus salidas sin deberle nada a nadie. Un cachito de esa guita la usó para comprarse un gorro tipo piluso, con las trenzas pintadas de azul y rojo. Se lo puso aquel domingo en el que arrancaron con Martín para la tribuna visitante de Ferro. Gritó el gol con el alma, formando parte de una avalancha que hacía temblar los tablones de madera. Y se lo robaron en esa celebración multitudinaria. Se enojó mucho. Muchísimo. Aunque tenía sólo 17 años, sabía bien cuánto costaba ganarse cada peso.
La boca de Miguel libera las palabras de a poco: “Ese viernes, lo esperamos en la esquina de Castro y Las Casas, donde nos juntábamos habitualmente. Como no vino, pensamos que había decidido ir con la banda de Aldo Bonzi. Vimos el recital y nos volvimos. No había celulares. Recién nos enteramos de lo que había pasado el lunes siguiente en la escuela”. Efectivamente, Walter había ido a Obras con sus amigos del barrio. Antes de entrar, junto a más de 70 jóvenes, fue detenido por policías de la Seccional 35 en el marco de una razzia ordenada por el comisario Miguel Ángel Espósito. Lo golpearon. Lo torturaron. Lo trataron como el Estado de Derecho no permite que se trate a nadie. En el Hospital Pirovano, a donde fue trasladado el sábado a la mañana, le diagnosticaron un severo traumatismo craneano. Murió ante el silencio cínico de sus asesinos.
Los familiares y los amigos marcharon una y otra vez para exigirle justicia a un Poder Judicial que miró para otro lado. “La condena a Espósito fue menor de lo que debía ser y llegó mucho más tarde de lo que debía llegar. El único consuelo fue la prohibición de las razzias, una metodología que arrastrábamos desde la dictadura. Es fundamental que tomemos conciencia de qué cosas no podemos permitir nunca más”, reflexiona Miguel. Tuvieron que pasar muchos años para que los compañeros de colegio de Walter pudieran mirarse a los ojos y hablar de él: primero, una anécdota suelta; luego, una melodía ricotera; después, su chispa para defender a San Lorenzo contra viento y marea.
Por la tenacidad de quienes resisten las invitaciones al olvido, Walter asoma, con su sonrisa luminosa, en cada esquina de cada barrio en la que pibes y pibas siembran vida. Y asoma, porque no podría ser de otra manera, cada vez que San Lorenzo se abraza con la gloria. Su camiseta, la que hoy se calza su amigo Martín, la que flameó en la inolvidable final de la Libertadores, indica, en este día y cada día, que siempre está.
