domingo, abril 21, 2024
Cultura

Ariel Scher y el sentido del fútbol en “Todo mientras Diego”

  • El sábado 28 de abril, a las 16:00, presentación de Todo mientras Diego en la Feria del Libro, Pabellón Azul, stand 224 del Grupo Editorial Sur

Por Ariel Scher, especial para El Furgón – Este es un libro de muchos jugadores y muchas jugadoras de mundiales. Muchos y muchas. Maradona y el Gordo de un bar. Messi y un tipo que planta arbolitos mientras juega Messi. Una Bobe parecida a mil bobes y Carles Puyol. Los mejores holandeses y los muchachos que les dedican una pared naranja. Un tano antifascista y un tano rechazado por unas pibas suecas. Vinicius de Moraes y otro Vinicius, el rey de Holanda y un rey parido en Mataderos, un papá que escribe cuentos y un hijo que escribe cuentos. Los campeones del mundo, los campeones de la cotidianeidad porteña y, claro, también el Topo López, periodista, tierno individuo que siempre será un crack.

Lo mejor de los mundiales es eso mismo: les pertenecen a los bailarines sublimes de las canchas y a los que, a lo sumo, la empatan sobreviendo y viviendo mientras se apretujan en el subte, mientras sudan en el laburo, mientras sueñan en un aula. Por eso los cuentos de este libro, de “Todo mientras Diego (y otros cuentos mundiales)”, tratan de tirar paredes entre la fama y el anonimato, entre la memoria y la esperanza, entre la rutina y lo excepcional. Son ficciones construidas apelando a la magia de individuos reales que encandilan sobre el césped. Son realidades que, de tan reales, sólo pueden resistirse ejerciendo la ficción.

Ariel Scher en su taller de fútbol y literatura
Las gentes de estos cuentos no son Maradona pero lloran a la manera de Maradona en la final del Mundial del 90, no son Marco Tardelli pero gritan la existencia más o menos como Tardelli en su gol en la final del Mundial de 1982, no son ni van a ser jamás Zinedine Zidane pero empujan la pelota y los aires del planeta con la ilusión de parecérsele aunque sea durante un segundo. Seguro que no corresponde definir al fútbol como un espejo del mundo ni al mundo como un espejo del fútbol, pero demasiadas veces la vida se disfraza de fútbol y el fútbol se disfraza de vida. Vez entre esas veces, los mundiales son la expresión mayor de ese disfraz.
Escribir con los mundiales como excusa o como llave no resulta, entonces, otra cosa que un intento más en la larga tentación de capturar un poquito o un poco de la condición humana. En eso, quizás, consiste parte del sentido del fútbol y en eso, acaso, consiste parte de la búsqueda de la literatura. En eso, sobre todo en eso, consisten estos cuentos.

SÓCRATES, UNA VIDA OBLIGATORIA

En sus años malos y muy malos de estudiante, el Gordo Víctor se defendía de cualquier acusación materna o docente con el mejor argumento que cualquier alumno deficitario del mundo encontrará alguna vez: decía que no se ocupaba de la bibliografía obligatoria porque aprendía mucho más de las vidas obligatorias. En esos mismos años, el Gordo Víctor sólo respiraba para jugar al fútbol y sólo abría los ojos para ver fútbol por lo que su único lazo con la bibliografía obligatoria consistía en desconocerla. En cambio, su vínculo con lo que llamaba “vidas obligatorias” era pura actividad. Y entre las vidas obligatorias había una que le agitaba el entusiasmo. La de Sócrates.

Como la práctica y la observación del fútbol le llevaban la mayoría de sus horas, el Gordo Víctor resumía su tesis -su única tesis en ese tiempo- en tres frases: “Hay gente que tiene vidas que enseñan y hay gente que, nada más, tiene vidas. No tengo nada contra nadie, pero me interesan las vidas de los que enseñan. Esas son las vidas obligatorias”. Marcadores de punta barriales que privilegiaban la generosidad de un quite semianónimo a las tentaciones de la fama, arqueros retirados que trabajaban para evitar que sus sucesores les copiaran las equivocaciones, maestros de grado que invitaban a pensar aunque nadie les aumentara el salario por hacerlo: esas eran las vidas obligatorias que lo atrapaban. Y la de Sócrates, desde luego, porque el Gordo Víctor estaba convencido y podía convencer al universo de que la vida de Sócrates era, directamente, un manual abierto. Brasileño en su documento, ciudadano de todas las geografías, Sócrates no jugaba al fútbol como los dioses porque, en verdad, los dioses querían jugar como él: diseñaba goles que parecían esculturas, celebraba con el puño izquierdo erguido, ponía su genio a disposición de las búsquedas colectivas y sabía que el fútbol es un sueño consecutivo de libertad que se ejerce siendo solidario con los otros. En los diciembres en los que una lluvia impertinente de notas bajas inundaba su boletín de calificaciones, el Gordo Víctor no sólo no sufría sino que procuraba evitar que alrededor suyo alguien sufriera. Eso explicaba que durante los exámenes densos en los que lo tomaban por burro, él se fuera reprobado pero indulgente con los profesores que no lograban comprenderlo. Y los saludaba uno por uno con la misma grandeza con la que Sócrates se despedía de sus rivales.

Sócrates nunca cruzó una palabra con el Gordo Víctor pero le dio un equipaje de valores en cada partido, en cada gol y en cada córner. Y también, o más, en la forja de la Democracia Corinthiana, esa avalancha de ideas, de transgresiones y de esperanzas que, con una bofetada de dignidad, rompió por un rato la lógica de poder del fútbol y de más que el fútbol. Ocurrió cuando la década del ochenta avanzaba su primera mitad y Brasil transcurría los años finales de su última dictadura. La Democracia Corinthiana no se acababa en el mérito desafiante de reponerle su sitio a la palabra democracia en los lenguajes cotidianos. Además, funcionaba como una democracia participativa y tangible en la que todos los integrantes del Corinthians eran protagonistas y no testigos de su realidad y descubrían el derecho de decidir sobre cómo jugar, cómo concentrarse o cómo entrenarse, sobre cómo hacer al Corinthians de cada día y no cómo esperar a que otros lo hicieran por ellos. Sócrates, por su gravitación deportiva y por su rechazo explícito a dictadores y dictaduras, representaba una referencia mayor de esa iniciativa. Sin embargo, nunca se arrogó protagonismos ni expandió vanidades. Igual que en la cancha, construyó con los demás y para los demás. Lo advirtió el Gordo Víctor, quien fue capaz de exponerle a una escuela entera, con predominio de caras adversas, que la Democracia Corinthiana -o sea: el acto de armar una democracia- volvía a la vida obligatoria de Sócrates todavía más obligatoria.

Las vidas obligatorias no son vidas perfectas y el Gordo Víctor jamás demandó eso de Sócrates. Le admiró su técnica de futbolista de selección, le elogió que los dones de sus pies no lo corrieran de la ruta para ser médico, le reivindicó la determinación de asumirse de izquierda en un medio como el fútbol que induce a no asumirse como nada y le dio pena que, entre tantas victorias, no hallara el modo de vencer al alcoholismo que le desembocó en una cirrosis sin regreso. Sin embargo, la mayor de las mayores enseñanzas de Sócrates la encontró instalada en un escalón más alto: con virtudes y con defectos, con las conflictos que surcan incluso a los individuos más nobles, fue coherente en las palabras y en los actos, proclamó a la alegría como objetivo de la existencia, hizo flamear al fútbol como una bandera de la belleza y se comprometió en cada movimiento de su cuerpo extenso a proceder reconociendo que el resto de las personas son tan importantes como uno.

Ninguna de las siembras de la aventura humanísima de Sócrates se le escapó de la memoria al Gordo Víctor ni en aquellos días, ahora distantes, de bibliografía obligatoria abandonada ni en los del presente, en los que otras bibliografías consiguieron cautivarlo para agregarle señales a la existencia y hasta para edificar una tesis formal en una universidad. Cuando se enteró de la muerte apurada de Sócrates, un domingo amanecía. Le dolió como duele la pérdida de los símbolos de los años jóvenes y como también duele el adiós de los grandes tipos. Enseguida evocó entre nostalgias a ese crack de muchas cosas y pensó en cuánto sentido tendría que los futbolistas profesionales, los futbolistas que no son profesionales y hasta la gente que no es futbolista estudiaran y aprendieran sobre Sócrates, sobre su fe incorruptible en tratar con amor a la pelota y sobre la experiencia revolucionaria de la Democracia Corinthiana. Quizás suceda o quizás no, se dijo el Gordo Víctor, muy triste al principio, pero no tanto después. Al cabo, Sócrates estará andando, elegante y militante, arriba de los pies que pateen para enaltecer al juego y dentro de cada corazón que lucha para perseguir una justicia que aún no llegó. Así son las vidas obligatorias. Son vidas para siempre.