jueves, julio 18, 2024
Cultura

Verano 1993: La desesperanza

  • El estreno de esta notable película catalana nos permite visitar la infancia de una niña que siente la muerte de sus padres como un abandono.

Por Fernando Chiappussi/El Furgón – Ganadora de varios premios internacionales en festivales como la Berlinale y nuestro BAFICI, Estiú 1993 -su título original, ya que es hablada en catalán- cuenta un momento crucial en la vida de una niña de seis años de edad, Frida, que acaba de perder a sus padres y debe irse a vivir al campo con unos tíos.  La película no se molesta en esas clásicas escenas introductorias donde los personajes hablan para orientar al espectador: acá entramos directamente al meollo, presenciando conversaciones entre personajes cuyo parentesco y situación debemos inferir de a poco, como los testigos de un drama callejero.  Desde la primera escena, esa realidad nos chupa y nos transmite un desamparo semejante al de Frida, su protagonista. Como ella, no sabemos lo que va a pasar ni podemos hacer nada por cambiar los acontecimientos.

Laia Artigas en la piel de Frida

Frida es subida al auto de los tíos y éstos se alejan de Barcelona, hacia el pueblito donde viven.  Con el correr de los minutos sabremos que la madre de Frida estaba infectada con el virus HIV y, probablemente, su padre corrió la misma suerte.  Así, de un día para otro, la nena comienza a regañadientes una nueva vida, junto a una primita que es menor que ella y está contenta de tener una nueva compañera para jugar. Las reacciones ambivalentes de Frida ante los demás, una combinación de enojo, fastidio y secreta curiosidad, se desprenden lógicamente de la desolación que siente por perder a su familia. Verano 1993 contará, desde su mirada de niña, el progresivo acomodamiento a esa nueva realidad.

A pesar de la desinformación inicial, no cuesta nada entrar en el mundo de Frida ni en la película, contada con una atención al detalle y una naturalidad tales, que resulta fácil olvidar que estamos ante actores y vivir la película como si fuera un documental. Dado que los niños son los protagonistas, algo de eso hay; pero uno no deja de preguntarse cómo la protagonista, Laia Artigas, puede interpretar una situación semejante a tan corta edad (pasa con algunas películas memorables con actores infantiles, como Ponette, Mi vida es mi vida o Los cuatrocientos golpes, el gran referente del género). Parte del secreto está en que Carla Simón, la debutante directora y guionista, está contando un suceso de su propia vida e incluso filmó en la casa adonde fue a vivir cuando sus padres murieron de SIDA a comienzos de los años noventa.

Carla Simón (directora), primera desde la izquierda, durante el rodaje

Pero no hace falta tener estos datos para disfrutar de una pequeña pero enorme película.  Alcanza con haber pasado de niño unas vacaciones lejos de los padres para entender todas y cada una de las reacciones de Frida; su tristeza y su orgullo -ella no quiere llorar ni ser compadecida- no dejan de conmovernos.  Pero al mismo tiempo entendemos la preocupación y el ingenio de los padres sustitutos, que han tenido que arreglarse con una situación que ellos tampoco querían, y atender a la niña y soportar sus desplantes sin dejar de quererla, preguntándose qué les depara el futuro, aunque deban simular para ella que no hay incertidumbre y que conocen todas las respuestas.

Escena de “Verano 1993”

Hace tiempo que Barcelona está criando jóvenes e interesantes cineastas.  Carla Simón, nacida en 1986, es el último ejemplo de una elástica generación que incluye a Isaki Lacuesta (La leyenda del tiempo), Albert Serra (La muerte de Luis XIV), Pere Vilà i Barceló (Pas a nivell) y los más mayores Cesc Gay (Ficció) y José Luis Guerín (La academia de las musas). Sus películas, mayormente en catalán por lo que deben verse con subtítulos, tienen un rigor narrativo y de puesta en escena inusuales, bien alejados del cine industrial de la península, ese de Almodóvar y las comedias de “apellidos”. Acá la pauta es la sencillez y casi no hay travellings ni grandes artificios.  Se trata sólo del nada fácil cometido de representar la realidad, hasta hacernos olvidar que estamos frente a una representación.  En ese estado de suspensión la realidad de las imágenes se siente, se vive y emociona, como si uno fuera niño.