lunes, junio 17, 2024
Cultura

Adelanto de “Dónde caerse muerto”, un libro de Pedro Solans

Dónde caerse muerto, el nuevo libro del escritor chaqueño Pedro Solans forma parte de la colección de narrativa hispanoamericana Iberletras, de la Asociación Cultural Iberoamericana y la editorial Contexto (Argentina). La muerte es el eje transversal de esta novela. Quitilipi, El Espinillo, Machagai, El Che, los bandoleros, los pueblos originarios, la vida en sí, son varios de los temas que atraviesan esta producción. 

CAPÍTULO 4

La muerte de Toño tuvo un antecedente que nadie olvidó en Quitilipi; el crimen del maestro Juan James sigue flotando en la atmósfera del pueblo.

Los vecinos siempre supieron muy bien lo que había pasado y apenas se menciona el hecho ocurrido hace varios años, se revive el asesinato como si hubiese sido ayer. Pero ningún testigo quiere declarar sobre el caso.

La muerte de James forma parte de la tradición oral pueblerina. El asesinato dejó tal herida en la comunidad que ni el tiempo parece cicatrizarla. Supura aún y se la guarda como una reliquia. El cura de la parroquia San Antonio de Padua sermoneó a los feligreses en varias oportunidades, instándolos a dejar de lado la morbosidad.

—Ustedes recuerdan más los episodios de dolor y las pérdidas que los logros obtenidos en tiempos de bienaventuranzas, —expresó desde el púlpito cuantas veces pudo.

Corrían los años en que la dictadura militar fomentaba la violencia y las bravuconadas eran bien vistas. Lucir un arma daba prestigio y cuanto mayor calibre tuviera o más sofisticada fuera, más respeto se lograba entre los parroquianos. Algunos entraban a los bares luciendo los revólveres en la cintura. Se sentaban y los ponían sobre la mesa para ver cuál brillaba más o competían para ver quien tenía la historia más sangrienta para contar. Los inexpertos solían manipular el arma en público o pretendían lustrarla para que alguien les preguntara algo sobre ella. Así se le escapó un tiro al estúpido de Mirko Kungnovich en la confitería La Perla. Había cobrado en la sucursal del Banco Nación un pago de la Cooperativa Agrícola por el algodón entregado, se cruzó a lo de Lencinas y compró un revólver Smith & Wesson calibre 32, que estaba de moda y sin experiencia, pero bien pedante, se fue a tomar un café con el arma en la mano para mostrarla.

En Quitilipi era vox populi el enfrentamiento entre James y el director de la escuela de la Colonia de Aborígenes, Lázaro Tormes. Se solía escuchar en las reuniones: “Estos, algún día nos van a dar un disgusto y se van a matar”.

James había participado en un simposio de cultura popular y educación para los pueblos originarios en Chiapas, donde afianzó sus ideas indigenistas y regresó con un prestigio internacional que lo ubicó como un referente de la pedagogía latinoamericana. Algunos maestros de la Colonia, que no veían con buenos ojos a James, decían que en México lo habían vuelto peronista. Otros se reían y desautorizaban esos comentarios señalando que no existía el peronismo en América del Norte. Él decía que solo luchaba por la justicia social y los derechos de sus hermanos paisanos. Tras una revuelta de la comunidad toba—qom, el gobierno de la provincia no tuvo otra salida que designarlo en la Administración de la Colonia. Cuando asumió su cargo sabía que en la escuela tenía un ferviente opositor. Lázaro Tormes había llegado a la dirección del establecimiento escolar después de pasar por Taco Pozo, adonde se había destacado como un dirigente revoltoso afín al gobierno provincial. Fue premiado con su traslado porque lo acercó a sus campos, ubicados cerca de la Colonia. Se ufanaba presentándose como un militante de la Unión Cívica que había quemado los libros de Crisólogo Larralde y Moisés Lebensohn, sin saber si esos dirigentes habían escrito algo.

En el pueblo circulaba la versión que la disputa entre James y Tormes era por Teresa, una maestra que trabajaba con Lázaro. Pero después se supo la verdad, aunque los vecinos no la aceptaron y siguieron creyendo que los dos tiros que le pegó Tormes a James fueron por la pollera.

El jueves 17 de octubre antes de salir para la escuela, Lázaro recibió en su domicilio una citación del Ministerio de Educación para que se presentara en el despacho del ministro, en Resistencia. Se preocupó. Guardó el telegrama en el bolsillo y salió con su vehículo por la avenida Chaco, para ver si encontraba a Teresa esperando el colectivo. La intención de Lázaro era llevarla hasta la escuela y de paso saber si había alguna denuncia contra él, o si James estaba haciendo algo raro en su contra. La vio en el cruce donde terminaba el pavimento. En la esquina de la calle San Luis frenó su Ford Falcon y se saludaron amistosamente.

Teresa abrió la puerta, se sentó con confianza en la butaca del acompañante y lo saludó:

—Buen día, ¿cómo andás Lázaro? Tenés cara de preocupado.

Lázaro como si no la hubiera escuchado, encendió un cigarrillo, puso en marcha el automóvil y arrancó despacio. Iba molesto y no lo disimulaba.

—Al cabo de unos minutos se decidió a hablar — Sí, estoy bastante embroncado. Este James me tiene repodrido. Recibí una citación del Ministerio y seguro que él está detrás. Decile a ese hijo de puta que no siga jodiendo porque lo voy a matar. En serio. Decile pué’. ¡Lo voy a matar!

— ¿Pero qué pasó? —preguntó asombrada Teresa.

—No sé, pero me la veo venir con este hijo de puta. Me quiere sacar de la Colonia y quiere mi puesto para vos.

—Nooo.

—Sí, te digo que sí. Él mismo me lo dijo. Yo no me meto en los asuntos de ustedes, pero no me jodan Teresa. No me jodan, porque ese hijo de puta va a saber quién soy.

Teresa se puso incómoda y se calló. El Falcon salió del pueblo y encaró el tramo por la Ruta Nacional 16, para hacer el último trecho por la Ruta Provincial 10. Se sentía la cercanía de la Colonia. Hacia la escuela iban niños con guardapolvo; y aborígenes en motocicletas y jardineras se dirigían al pueblo. Teresa apaciguó a Lázaro diciéndole que hablaría con Juan.

En esos días, Juan evitó cruzarse con Lázaro, aunque le restó importancia a las amenazas y tranquilizó a Teresa.

Lázaro estuvo temprano ese lunes en el despacho del ministro Emilio Zaccone. No había dormido bien desde que recibió el telegrama. Esperó un buen tiempo hasta que lo hicieron pasar, se saludaron, hablaron de Taco Pozo, de Quitilipi, de la sequía y tomaron un café, hasta que Zaccone le informó que lo querían sacar de la Colonia:

—Te quieren mover el piso. Enviaron un informe firmado por James donde señalan diversas irregularidades, supuestamente cometidas por vos; por ejemplo, que no se dan clases con regularidad, que pasan varios días sin servirle la taza de mate cocido y la galleta a los chicos. Presentaron una factura de una compra sospechosa y dicen que hubo casos de maltrato, con niños golpeados. Sugiere por el bien de la enseñanza de la comunidad toba que seas removido de tu cargo y en tu lugar propone a una tal Teresa Folgar.

Lázaro hervía. Lagrimeaba de bronca:

—Me la veía venir, ministro.

— ¿Quién es esa tal Teresa Folgar?

—La guaina de él. Trabaja conmigo en la escuela.

— ¡Ahhh! No sabía. Pero no se preocupe. No habrá cambios —le confirmó Zaccone.

Lázaro se paró, le extendió la mano y clavándole la mirada, le dijo:

—Ministro Zaccone, lo invito al funeral de James. —El ministro se rió y lo palmeó.

El regreso fue eterno para Tormes. En noventa minutos pasaron por su cabeza innumerables imágenes que alimentaron el odio. Los latidos de su corazón hicieron explotar varios botones de la camisa larga que llevaba puesta. Tenía tomada la decisión y era irreversible. Llegó a su casa, se cambió, colocó su revólver calibre 38 en la cintura y salió en busca de James. Anduvo dando vueltas y casi al anochecer vio la camioneta de la Colonia frente al taller mecánico de los Osicka y se le fue al humo. Estacionó detrás de la Ford F100 destartalada. James no lo vio, pero fue alertado por su secretario Gigena.

— ¡Ahí viene Lázaro con un revólver!

—No te preocupes Gigenita, perro que ladra no muerde.

Fue lo último que dijo James en su vida.

Las muertes por corazón no siempre son naturales. La de Toño fue una excepción.

Conseguí Dónde caerse muerto en Librería Sudestada, Tucumán 1533, CABA.