viernes, junio 21, 2024
Cultura

Juan Rulfo, el escritor del silencio

“Hacía tantos años que no alzaba la cara, que me olvidé del cielo”.

El 7 de enero de 1986 una voz se callaba en la ciudad de México. Una de las voces más profundas de América Latina, la de un escritor entre todos. La voz de un hombre sencillo, taciturno, de pocas palabras. En verdad, fueron pocas las que necesitó para contar las historias de su pueblo. Hace unas siete décadas, dos pequeños libros, de algo más de un centenar de páginas cada uno, le dieron notoriedad. En uno de ellos, la novela ‘Pedro Páramo’, se oyen murmullos, voces que cada lector va descifrando lentamente, como cuando se oye, en la rueda de mate, un suceso sorprendente. “Un día quise leer ‘Pedro Páramo’. Fui a buscarlo entre los otros libros, en los estantes de la librería de mi casa, y no estaba. No lo encontré. Por eso tuve que escribir ‘Pedro Páramo’, para poder leerlo”.¿Qué cuenta Rulfo a su gente, a los hombres de Jalisco, de México o del mundo? Una historia sencilla, la de un hombre de pueblo, que quiere saber quién es, para qué vive, y que dialoga con los vivos y los muertos. Con pocas palabras. Las justas, las indispensables.

Hay, en México, pueblos abandonados, pueblos de fantasmas. Quien los haya recorrido, sabe que Rulfo los pintó a todos en su pueblo inventado: calles polvorientas, paredes, que pueden ser las de su Comala. Rulfo, además un excelente fotógrafo, tomó algunas de esas fotos que nos recuerdan al cine mexicano de Emilio ‘El Indio’ Fernández y Gabriel Figueroa: mujeres en sus rebozos, niños y perros vagabundos, un nopal a lo lejos, la luz incierta de los atardeceres. “La realidad no me dice nada literariamente aunque pueda decírmelo fotográficamente. Admiro a los que pueden escribir acerca de lo que oyen y ven directamente, yo no puedo penetrar la realidad, es misteriosa”.

Juan Rulfo, fotógrafo.

Por ahí pasaron los hombres de la Revolución Mexicana. En pueblos así vivieron, pelearon, murieron por “Tierra y Libertad”, la consigna de los desposeídos, esos hombres y mujeres que pinta Rulfo en sus historias, en los cuentos de ‘El llano en llamas’. Terminada la Revolución, algunos de los sobrevivientes, los que cambiaron la carabina 30-30 por el arado, la muerte por la vida, caminan por el desierto hacia la tierra prometida. Y el engaño, otra vez. La tierra árida que, como una burla, es el único premio al sacrificio. Pero caen algunos goterones de agua. La esperanza como una gota de agua. Para esos hombres callados, pacientes como Rulfo.

Todavía hoy, cuentan, se pueden ver por las calles a los sobrevivientes de la Revolución. Son muy viejos. Los han visto en Cuernavaca, con sus ropas blancas, sus grandes sombreros, en el Palacio de Cortés, mirando unas imágenes de ellos mismos. Allí los viejos y viejas, los grandes derrotados, mirándose en las fotos como en un espejo, sabiendo o intuyendo que eran la Historia.

Juan Rulfo es, entre otras cosas, uno de los últimos escritores de esa epopeya, de los novelistas que escribieron el ciclo de la Revolución Mexicana. Más joven que muchos de ellos vivió los coletazos de la gran conmoción, de la Guerra Cristera en la que asesinaron a su padre y a sus tíos. Cuando Rulfo cuenta una muerte, un fusilamiento, el lector se estremece, porque siente el temblor de ese chico que fue Rulfo cuando vivió aquel tiempo, cuando comenzó a imaginar historias.

Juan Rulfo, fotógrafo.

Él decía que su tío Celerino le contaba esas historias. Y que dejó de escribir, cuando su tío murió. Su amigo, su discípulo Eraclio Zepeda, el ‘cuentero’, el que interpretó dos veces a Pancho Villa por su parecido físico, aseguraba que don Juan había oído los cuentos de ‘El llano en llamas’, asomándose al pozo de un aljibe. Las voces le venían de lo hondo. “¿No es cierto, don Juan?” -preguntaba-. Juan Rulfo sonreía. Hombre de pocas palabras.

Poco tiempo después, con el novelista mexicano José Revueltas -el precoz prisionero de las Islas Marías, el veterano escritor preso en Lecumberri, el militante comunista, el gran desconocido aún hoy de la narrativa latinoamericana- y con Eraclio Zepeda, su paisano, con el ecuatoriano Miguel Donoso Pareja y con nuestros Pedro Orgambide y Julio Cortázar, fundaron la revista ‘Cambio’. José Revueltas murió poco después. Rulfo estaba muy triste. Hablaba de él largamente. Conocía su obra, página a página. A Cortázar lo quería como a un hermano y andaba preparando un libro para homenajearlo: ‘Queremos tanto a Julio’, se llamaría.

Soy de los que quieren tanto a Rulfo. No sé quién se lo supo decir cuando estaba en vida. Soy de los que quieren su mesura, su sencillez. Y también su palabra solidaria con los pueblos latinoamericanos. Quiero sus silencios, su afición a la fotografía y a la música.

Juan Rulfo, fotógrafo.

Un modestísimo trabajo en el Instituto Nacional Indigenista, editando obras de antropología social, era su medio de vida. Entre tanto, sus libros iban por el mundo. Los que leerán los hijos de los hijos de esos campesinos de ropas blancas y anchos sombreros, los que cambiaron la carabina por el arado, los que un día tendrán, para siempre, tierra y libertad.

“La gente se muere dondequiera. Los problemas humanos son iguales en todas partes. No son temas nuevos el amor, la muerte, la injusticia, el sufrimiento, que están sugeridos en Pedro Páramo. Me han dicho que es ‘una novela de amor a los desamparados’. Yo no sé. Yo narro la búsqueda de un padre, como una esperanza. Como quien busca su infancia y trata de recuperar sus mejores días, y en esa búsqueda no encuentra sino decepción y desengaño. Y al final se derrumba su esperanza como un montón de piedras”.