lunes, junio 17, 2024
Cultura

Pasolini por Leonardo Sciascia: Un desvío a la razón

El italiano Leonardo Sciascia erigió toda su obra bajo la lógica irreductible de la unidad. Un bloque racionalista que encontró su punto de fuga en la admiración por su colega,  Pier Paolo Pasolini.

Nacido en la pequeña ciudad de Recalmuto (sur de Sicilia),  Sciascia trabajó a lo largo del siglo XX la realidad de su país de manera metafórica-la ficción-, con las publicaciones de títulos tales como Las parroquias de Regalpetra o los relatos de Los tíos de Sicilia (vinculadas más bien a la tradición neorrealista  meridional desde el rincón siciliano);  o en línea directa a su opinión, el ensayismo. Pero su voz toma una sonoridad significativa en lo que podríamos denominar la novela-ensayo.

Es aquí, en esta suerte de género híbrido, donde el siciliano muestra toda su genialidad. Basado en la pérdida de la razón que ocasionó el fascismo, y la asunción de las mafias al poder político, financiero y comunicacional, escribió libros de la altura de El contexto, Todo modo, Cándido o un sueño siciliano. También de denuncia, como las crónicas sobre el caso Moro (sobre el secuestro de las Brigadas Rojas del presidente de la Democracia Cristiana).

Leonardo Sciascia sobre Pasolini

Su militancia política -fue parlamentario por el Partido Radical, una deriva del PC italiano- no le quitó tiempo a la escritura de exquisitos ensayos. Entre ellos cabría mencionar los relativos a la muerte de Raymond Roussel, que se suicidó en Palermo en 1933, Los navajeros, sobre un complot urdido en el año 1862 en la isla; o los relatos cortos de tono policíacos basados en la extraña desaparición del físico Majorana. Sus últimas obras importantes fueron 1912 más 1 y El caballero y la muerte, basado en un grabado de Durero y donde, a modo de testamento, analiza la experiencia de la muerte.

Y precisamente, luego de la muerte del escritor, acaecida en 1989, su viuda entre papeles recobra un texto íntimo dedicado a la memoria de Pasolini. Se denomina Adorable. Allí, si se quiere, Leonardo Sciascia deja traslucir un costado desconocido, más relacionado a lo íntimo que a la iluminación de las realidades colectivas.

“Anoche, mientras estaba de paseo vi una luciérnaga en la hendidura de un muro. Hace por lo menos cuarenta años que no las veía por estos campos: mi primera sensación fue que se trataba de una saltadura de revoque con el que se habían amurado las piedras o de una escama de espejo; y que la luz de la luna, como un bordado entre las ramas, provocaba esos reflejos verdosos. No pude pensar enseguida en que las luciérnagas habían vuelto, tantos años después de que hubieran desaparecido. Sólo eran un recuerdo de infancia, por aquel entonces atenta a las pequeñas de la naturaleza, a las que sabía convertir en juego y en alegría. Llamábamos a las luciérnagas “cannileddi di picuraru”, como le decían los campesinos. Consideraban tan dura la vida del ovejero, esas noches cuidando al rebaño, que le ofrendaban las luciérnagas como reliquia o recuerdo de luz dentro de la aterradora oscuridad. Aterradora por los frecuentes abigeatos. Aterradora porque en general eran niños los que dejaban al cuidado de las ovejas. Las velitas del ovejero, pues. Cada tanto capturábamos alguna, teníamos esa fosforescencia esmeralda encerrada delicadamente en el puño para luego abrirlo como una sorpresa, para los más pequeños de entre nosotros.

Pier Paolo Pasolini

Se trataba realmente de una luciérnaga en la hendidura del muro. Sentí una alegría inmensa. Como si fuese doble. Y además, desdoblada. La alegría de un tiempo recobrado -la infancia, los recuerdos, este mismo sitio ahora silencioso, lleno de voces y juego- y de un tiempo para encontrar, para inventar. Con Pasolini. Para Pasolini. Pasolini ahora alejado del tiempo pero aún no, en este terrible país en el que se ha convertido Italia, alterado en sí mismo. Pasolini es fraternal y lejano para mí. De una fraternidad sin confidencias, cubierta de pudor, y creo, de recíprocas intolerancias. Por mi lado, yo sentía que había una palabra que nos separaba como un muro, una palabra que él amaba, una palabra clave en su vida: la palabra “adorable”. Puede bien ser que esta palabra yo la haya escrito alguna vez, y por cierto, más de una vez la haya pensado: pero para una sola mujer y para un solo escritor.”

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