viernes, junio 21, 2024
Cultura

Un acto de justicia, un hecho igualador

Por Flavio Zalazar, desde Rosario/El Furgón

Hace noventa y cuatro años, Leopoldo Lugones mandaba a los talleres gráficos de La Nación el artículo titulado, “El Hermano Luminoso”. En él prodigaba elogios hacia una poética pasada de moda frente a la estudiantina vanguardista del grupo Florida de Girondo y Borges, pero maravillosa en sencillez y claridad. Así José Pedroni, un humilde hijo de trabajadores rurales, saltaba a la escena grande de la literatura nacional

Los Trovadores cantan a José Pedroni

Nacido a finales del siglo XIX en la localidad de Gálvez, Departamento de San Jerónimo -plena “pampa gringa” santafesina- y luego de casado, asentado en la ciudad de Esperanza, Pedroni, de las numerosas distinciones y premios que obtuvo, se destaca el Segundo Premio Nacional de Letras, otorgado en el año 1924. Y de este modo lo festejaba el considerado “poeta nacional” Leopoldo Lugones en las páginas del diario La Nación dos años después, exactamente, la mañana del 13 de junio de 1926:

“… Desde Esperanza la santafesina, valeroso nombre que esclarece la decisión y el vigor de los primeros colonos de la tierra, en rendimiento infatigable del trigal, vino con su libro titulado Gracia Plena, José Pedroni su autor. Místico a la manera pagana de las églogas, es decir, por la tierna exaltación ante el bien y la hermosura de la vida, cuya animación sensibilizada así en el amor humano, trasciende a la forma religiosa del panteísmo, el libro de este poeta canta como ningún otro de los argentinos, las albricias del país. Su frescura generosa, su sana sencillez, su sincero alborozo ante todos los amores fecundos que embellecen la vida en gracia y en fortaleza, resulta la expresión misma del pueblo joven, que en la caricia temprana del sol, cree en la dicha y trabaja cantando. Todo entero lo anima, vuelo y trino a la vez sobre la renaciente maravilla que es cada amanecer, el regocijo matinal de la golondrina. Así la belleza del mundo se descubre a sí misma, renovada sin cesar en la emoción de cada poeta verdadero. No hay color local en el libro de Pedroni. Hay algo mejor, y es la mucha alma de patria joven, dichosa y fuerte. Eso se engendró al soplo del gran viento rural, en la tierra argentina preñada de siembra. Salió del amor de la mujer pura, del hijo bien habido, de la madre honrada, del esfuerzo probo, del trabajo duro pero sano como el propio músculo que templa, de la belleza natural disfrutada por nativa aptitud, como el agua, la luz y el aire. Todo poeta que en un país como el nuestro ennoblezca por el canto el sano amor, la dicha familiar, la gloria del esfuerzo, la santidad de la vida amada por buena y por hermosa, la fraternidad de las cosas sencillas y primordiales: así la tierra, lozana como una joven madre, en las mejillas de la fruta y en el aseo de la hierba peinada; así el agua, tan limpia de conducta, que al mismo lodo que la enturbió, lo va lavando; así la luz en la flor de oro del sol; así el aire en el ala fresca del viento: un poeta digo, que eso sepa cantar, merece el bien de la patria.”

César Isella canta a José Pedroni

Halagadoras líneas, una verdadera confirmación literaria al santafesino. Es que el consagrado leía a los jóvenes, estaba al tanto de todo lo que sucedía. Leopoldo Lugones era sinónimo de escritor, y un texto crítico suyo abría las puertas del prestigio, y el año 1926 era especialmente prolífico, con títulos como Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes y El juguete rabioso, de Roberto Arlt, nada que él valorara por cierto. Sí lo hacía en cambio, con la poesía de Baldomero Fernandez Moreno, de aristas similares a las de Pedroni:“Fernandez Moreno es un espíritu de piedad, sencillez y dulzura”. Su actitud también describía el desencuentro con los “nenes bien” de la vanguardia afincados en la calle Florida de la ciudad de Buenos Aires, además de la custodia a los valores tradicionales de la literatura.

En tanto el galvense, lejos de estas especulaciones, edificaba su obra, como reflexionara el poeta e investigador Jorge Isaías: “hombre poco afecto a las actitudes rimbombantes, la iconoclasia o la megalomanía autorreferente, logró concitar sobre sus versos más adhesión que muchos que se preocuparon tanto sin conseguirlo. Pareciera que su tono menor tan poco afecto a los excesos hubiera milagrosamente conservado la fuerza de una escritura sin grandes pretensiones pero que apunta a preocupaciones siempre presentes en el hombre”. Y como muestra asistimos a: “Nuestro amor”:

De sencillo

es hoy una antigualla

cae una hoja, y calla,

como el grillo.