lunes, junio 17, 2024
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Roberto Santoro, sin dar tregua

“Soy un escritor surrealista, es decir, realista del sur. (…) no creo en el tercer mundo, ni en la tercera posición, ni en el tercer sexo, ni en el tercer ojo. Los hijos de puta están en un lado y los oprimidos en el otro. No puede haber conciliación. Que los consoladores los usen los que no saben ni pueden usar otra cosa. Tengo la conciencia armada para no usar solamente la lengua.”

Por Jorge Montero/El Furgón

Dicen que Roberto Santoro era un hombre de bigotes enormes, ojos chispeantes, siempre de buen humor, voz ronca. Habitualmente llevaba boina. Que fue, además de poeta, editor de libros y revistas, tipógrafo, pintor de brocha gorda, puestero en un mercadito, vendedor de artículos de bazar, preceptor en una escuela secundaria, periodista…

Nació el 17 de abril de 1939 en Villa Crespo, en la calle Warnes. Se crió en Chacarita. Y un buen día se casó. La tarjeta de bodas dio que hablar. Junto al dibujo de dos palomas posadas sobre una victrola y varios corazones desparramados, se leía: “Gran Casamiento. El 16 de diciembre se casarán el Roberto Santoro y la Dolores Méndez en la muy conocida ciudad de Buenos Aires. Después de la ceremonia habrá suelta de palomas. Venga y diviértase. Entrada libre”.

Roberto Santoro y una obra de Pedro Gaeta

Paulita, su hija, cuenta que de chico a Santoro le encantaban las tortas fritas y las aceitunas, jugar al truco, al rango, cazar mariposas y estar en la calle. Odiaba el queso de rallar. Amaba el fútbol. Era hincha de Racing. Le gustaban los bares. “El bar es un refugio. Se lee mejor el diario. El café tiene otro gusto. Se habla siempre de mujeres y de fútbol. Nadie prohíbe nada. Las ordenanzas de tan amarillas ni se ven… El bar es una caja donde cada uno guarda lo que quiere. El bar es una casa, o mejor, el fondo de una casa, una casa repleta de macetas. Una tarde cualquiera, pero otra tarde”.

Lector empedernido de Antonio Machado, de León Felipe, de César Vallejo, de Ray Bradbury, entre tantos otros. Disfrutaba con Troilo y Gardel. Siempre se consideró un obrero de la cultura. “Yo no escribo poesía, sino cosas que tienen que ver con la poesía”.

Pedro Gaeta, Luis Luchi y Roberto Santoro

Con humor, Santoro decía de sí mismo: “Soy un escritor surrealista, es decir, realista del sur”. Amaba Buenos Aires, sus boliches, su música. Lo seducía San Telmo. Quizá por tanto amor, un día decidió recorrer los barrios porteños ofreciendo su arte. Entonces juntó a sus amigos, el artista plástico Pedro Gaeta, el poeta Luis Luchi, el músico Eduardo Rovira, y fundó el grupo Gente de Buenos Aires y llevaron su arte a las barriadas y entablaron allí un diálogo directo entre público y artistas. Al cabo, él y sus compañeros de viaje realizaron exposiciones, recitales, ciclos de lecturas, “ejercitando un arte para todos, en una tarea continuada con sentido popular”, recordaba Paulita.

Roberto era un humanista convencido que no separó su actividad artística de su compromiso, primero, y de su militancia, después. El tipo que supo declarar: “Lo más importante es ser uno cuando se vive y ser el mismo cuando se escribe”.

Oficio desesperado es el título del primer libro que publicó en 1962. También el mismo año De tango y lo demás, cuya versión completa es de 1964. El último tranvía -cinco poemas acompañados por xilografías de Miguel Ángel Rozzisi– es de 1963, así como Nacimiento en la tierra. Un año después Pedradas con mi patria, con dibujos de Oscar Smoje, recopilación de sus poemas escritos entre 1959 y 1962.

“Cuatro canciones y un vuelo”. Poemas y tintas, por Roberto Santoro y Pedro Gaeta

Ya en 1971 publica Literatura de la pelota, una conmovedora antología de 334 páginas que compila cantos de hinchadas, notas periodísticas, cuentos y poemas que, conjuntamente, desnudan los endebles argumentos de quienes atacan el fútbol definiéndolo como un juego en el que veintidós sujetos corren detrás de una pelota, y nada más. De este mismo año es A ras del suelo, ocho poemas con ocho dibujos realizados por artistas plásticos amigos. Al año siguiente editó Uno más uno humanidad y Desafío, con ilustraciones de Pedro Gaeta.

El 17 de noviembre de 1972 se estrena su tragedia musical En esta tierra lo que mata es la humedad, musicalizada por Raúl Parentella y puesta en escena por Lorenzo Quinteros. El sello musical Music Hall editó un LP con diez canciones, nueve de las cuales tienen letras de Santoro.

También ilustró Gaeta los poemas de Cuatro canciones y un vuelo, de 1973. Ese mismo año también se conocieron Las cosas claras y Poesía en general. El proyecto de Lo que veo no lo creo, con sus poesías musicalizadas por Jorge Cutello, quedó inconcluso y la grabación no se realizó. El único texto publicado de esa serie fue Mi ciudad es un gran bache, que salió en el último número de la revista Barrilete. Hasta llegar a la publicación de No negociable de 1975, desde donde aguijonea: “quédese en el molde / no reaccione / no se meta / moraleja: / seguro que le toca el cielo / cuando se muera”.

Revista “Barrilete”

La experiencia colectiva que condensa la evolución artística y política de Roberto Santoro y de un grupo de poetas en las décadas del ’60 y ’70 fue, sin duda alguna, Barrilete, que comenzó a remontarse de su mano en mayo de 1963. En pocos meses, la iniciativa artesanal y casera motorizada por Santoro pasó a ser una tarea colectiva a la que se sumaron Daniel Barros, Ramón Plaza, Miguel Ángel Rozzini, Horacio Salas, Marcos Silber, Rafael Alberto Vásquez. La premisa era sencilla, la poesía tenía que dejar de ser de las y los privilegiados y salir: “sacar al poema de la intimidad / y echarlo a la calle”.

Pronto Barrilete pega un salto y tras su sexto número se moderniza la gráfica, se sostiene una frecuencia bimestral, se añaden secciones, algunas de las cuales están destinadas a acercar la revista a lectores menos propensos a la poesía. Siempre la poesía como consumo popular, pero sin sectarismos: desde poetas primerizos a Louis Aragón, de Joaquín Gianuzzi a Allen Ginsberg, de Nicolás Olivari a homenajear a Tristán Tzara. También hay espacio para los escritores de América Latina, para el teatro, el cine y para el debate.

En la foto de arriba: Santoro, Gaeta y Luchi. En la foto de abajo: Roberto Santoro, Paula Santoro y Dolores Méndez

Barrilete se posicionó cada vez más respecto de acontecimientos políticos; su último número, no sólo se abre con el epígrafe “El hecho cultural por excelencia es la revolución”, sino que reproduce en términos formales su propuesta: ese número es un sobre del cual se extraen poemas, grabados y folletos.

Además de ser una importante revista cultural de aquellos años febriles, Barrilete edita informes -veinte títulos que publica como editorial-, o el disco de poesía Buenos Aires vuelta y vuelta. El primer informe, publicado antes aún que el primer número de la revista, fue dedicado a Alejandro Lavorante, el boxeador mendocino que quedó inconsciente tras un combate con Johnny Riggins realizado en Estados Unidos. Entre la pelea y su muerte un año más tarde, aparecieron esos poemas en un pequeño folleto, de bajo costo.

Los informes posteriores se editaron en paralelo a la salida de la revista. Eran tomas de posición, poemas urgentes escritos en el fragor de los acontecimientos. En conjunto componen un mapa de compromisos propios de los años sesenta y setenta en Argentina: el desocupado, la esperanza, Discépolo, el tango, la invasión yanqui a Santo Domingo, el país. El último informe de Barrilete es del 22 de agosto de 1974, dedicado a la masacre de Trelew, ocurrida dos años antes. Fue un trabajo conjunto entre poetas y artistas del grupo y la Comisión de Familiares de Presos Políticos, Estudiantiles y Gremiales (COFAPPEG). Apenas alcanzó a distribuirse y la tirada fue retirada de todos los quioscos por orden de la Triple A, que se enseñoreaba en el país.

“Roberto Santoro”, óleo de Pedro Gaeta

“Hay poetas y poetas. Hay compromisos y casamientos, reformas y revoluciones. Hay quien está comprometido con la literatura, con la belleza o con las formas de la métrica. Pero sólo con ellas. Hay también otros que conociendo la necesidad de profundizar en el nada fácil oficio de la palabra, comprometen su vida, tratando de sumar a las luchas del pueblo una palabra caliente, que se necesita, que sirva, que sea revolucionaria (…) ante el terror, ante el fascismo, la escalada represiva, el infundio a combatientes, la mentira, el hambre, la mortalidad infantil, la desocupación y demás pequeñeces a que nos tienen acostumbrados, se hace necesario tomar definitiva conciencia de que: o todo para cambiar la sociedad, o todo para nada”.

Santoro se une a las filas del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y aporta a experiencias -únicas en la historia del país- como el Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS) y el Frente Antiimperialista de Trabajadores de la Cultura (FATRAC). Comparte su militancia con Haroldo Conti y Humberto Costantini. Ya no se trata solo de su voz individual desahogándose en soledad, sino de la responsabilidad de ser la palabra de una generación que se levanta: “La poesía es una escopeta / de dos caños / uno apunta a la verdad / el otro a la belleza / dispare”.

Aviso en el diario Página/12 con el poema “Recurso de amparo”

El 1° de junio de 1977 Roberto Santoro pasó la mañana junto a su hija Paula, ayudándole con los deberes escolares. Luego almorzó y se fue a su trabajo en la Escuela Nacional de Educación Técnica N°25, en el barrio de Once. Hacía allí dos turnos, de tarde y de noche, como preceptor. Aquel día, alrededor de las 20, tres individuos vestidos de civil esgrimiendo armas lo secuestraron. En medio de los gritos y la desesperación de los presentes, lo arrastraron hacia el auto que los esperaba. Esta fue la última vez que se supo algo de él.

“A mi país se le han perdido muchos habitantes / y dicen que algún cuerpo de ejército los tiene / ¿yo señor? / sí señor / no señor / ¿pues entonces quién los tiene? / la policía / ¿yo señor? / sí señor / no señor / ¿pues entonces quien los tiene? / la cámara del terror / ¿yo señor? / sí señor / no señor / ¿pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / ¿yo señor? / sí señor / no señor / ¿pues entonces quién los tiene? / ¿pues entonces quién los tiene? / ¿pues entonces quién los tiene?”.

Santoro junto a sus compañeros de “Gente de Buenos Aires”.

Apenas veinte días antes de ser secuestrado, Santoro había escrito a su amigo José Antonio Cedrón, quien residía por ese entonces en Venezuela: “Qué desgracia que no alcance el tiempo y uno tenga que remar como un esclavo en medio de este trabajo que no da ni para llegar a fin de mes, sabiendo encima que existe la posibilidad de caer en cualquier momento y por cualquier cosa. El ruido de las sirenas lo tenemos de música de fondo. Dale que dale, como un organito represor y desesperado. Oh, el mundo occidental y cristiano. Un día florecerá la vida y el sol tendrá el color que se merece. (…) Cada día se necesita más aliento. Vivir se ha puesto al rojo vivo, así dice Blas de Otero. Vale. Están todos presentes. También los otros. El recuerdo es una aguja permanente que nos está cosiendo y descosiendo el alma. (…) El futuro me acompaña. Es el amor permanente, fiel, que nunca me abandona. No le pienso dar tregua.”

Y no le dio tregua. “Siempre jinete que cabalga en la memoria”, como lo definió el periodista Ariel Scher, Roberto Santoro supo prescindir de los adjetivos empalagosos y de las medias tintas para emocionar o estremecer: “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada”.

En esta tierra rota, los que no llegamos a conocerlo, hace rato que lo estamos extrañando.