viernes, junio 21, 2024
CulturaFicciones

Un matecito

Por Sergio Alvez, desde Misiones/El Furgón

Ramón “Negucho” Sanabria tenía 20 años cuando le llegó la citación para ir a Malvinas. La carta, que leyó más de cien veces pese a lo cortita que era, decía que debía presentarse en el Regimiento de La Tablada. La noticia, estremeció la mansa vida familiar, y circuló pronto entre los pocos vecinos de aquella casi despoblada colonia rural del sur misionero.

Su madre, Gumersinda, lloró varios días seguidos y al despedirlo, sintió el terror de no volverlo a ver. Su padre, Mario, en cambio, permaneció estoico y silencioso. Ambos habían albergado la esperanza de que, el hecho de haber sido Ramón dado de baja del servicio militar el año anterior, pudiera acaso librarlo de la responsabilidad de ir a la guerra. Pero no.

Acostumbrado a los calores intensos, la primera dificultad que tuvo “Negucho” en su travesía, fue el frío. Ya en Río Gallegos, sintió que se congelaba. Nunca había tenido tanto frío en su vida. Por tener los labios morados y temblar, un superior le dio un cachetazo y se burló de él frente a los demás soldados.

En la isla Soledad, se apegó a dos compinches correntinos que hizo en la base. Uno se llamaba Aurelio y el otro Omar. Tenían casi su misma edad. Los tres eran camperos. Podían hablar de varios temas en común. A los tres les gustaba el chamamé. Una madrugada,  hambrientos y arrasados por el pánico en una trinchera, en medio de un bombardeo se pusieron a lanzar tremendos sapucay con todo el potencial de sus pulmones. Era una forma de combatir el miedo.

Fue un milagro la mañana en que, desencajados de hambre, encontraron un poco de yerba y pudieron preparar un mate. Aquel instante fue un remanso en pleno infierno. Rieron, recordando anécdotas de sus pueblos y organizando cosas para hacer juntos al regresar. En eso, llegó el teniente González.

-¿Qué mierda están haciendo manga de pelotudos? – preguntó.

-Un matecito para pasar el frío señor teniente. ¿Quiere uno?- contestó ingenuamente Ramón.

Unos días después, en combate, murieron Omar y Aurelio. Un par de semanas más tardes, la guerra terminó.

Al rendirse, cuando “Negucho” entregó su arma a unos soldados ingleses, éstos se apenaron al ver el estado de ese añejo fusil. Al ver su rostro cadavérico y afiebrado,  le dieron un sándwich y una manta. Era lo primero que le daban de comer en varios días. Pero no pudo tragar ni un bocado.

A la vuelta, el tren paró en Mercedes, Corrientes. Ramón recordó a sus amigos y lloró sobre las vías. Regresó a su casa un sábado. Estaban todos. Familiares y vecinos. Habían matado a un chancho, dos pollos y un ternero. Sonaba chamamé a todo volumen en el tocadiscos de don Mario.

Después de los abrazos, los gritos y los llantos, se sentaron en la larga mesa, dispuesta ahí en el patio, bajo los mangos de petulantes copas y sombra generosa. Todos tenían una pregunta para Ramón. Querían escucharle hablar sobre la guerra. Pero había un problema. “Negucho” no podía hablar.

No sabía lo que tenía. Pero con solo abrir un poco la boca, se desarmaba de dolor. Sentía punzadas feroces en la mandíbula, las encías y los dientes.

Cuando llegó la hora de servir el asado, Ramón le hizo una seña a su padre con el dedo índice, dejando en claro que no podría comer. Gumersinda se lo llevó a la cocina.

-Vamos hijito, te voy a hacer una rica sopa, como a vos te gusta.

Ramón se sentó junto a la mesada. Su madre sacó la tabla y empezó a cortar algunas verduras.

-No te preocupes hijito, en un rato ya va a estar.

En un momento, dejó el cuchillo a un lado, y se le acercó al oído. Le preguntó que le había pasado en la boca.

El muchacho, con inmensa dificultad, arrastrando las palabras lentamente, le contó lo que había ocurrido aquella mañana, cuando el teniente González, enfurecido porque él y sus amigos estaban tomando mate, le metió la bombilla en la boca, para destrozarla por dentro, con violentos movimientos circulares. Le contó que ese día además, el teniente lo dejó atado a unos palos cruzados, hasta la noche siguiente.

Cuando Ramón terminó de hablar, su madre le secó las lágrimas.

-Vas a tomar una rica, rica, sopita. Y mañana mismo vamos a Posadas, a que te vea un médico. Todo va a estar bien mi cambacito, no se preocupe mi hijito.

Gumersinda terminó de cortar las verduras y las arrojó en la olla con agua. Se fregó los ojos y culpó a la cebolla por las lágrimas.