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“Coronavirus: Salvar a los mercados es la prioridad de los estados europeos”, por Martin Orange

Por Martin Orange/ para Mediapart, Francia

13- 03- 2020.-

Traducción Luis Brunetto

El BCE tiene las prioridades equivocadas

Muchos generales tienen la costumbre de volver a combatir como en la última guerra. Y ante el coronavirus, las autoridades políticas y monetarias dan la impresión de que están cayendo en la misma trampa. En sus mentes, están lidiando con una crisis financiera comparable a la de 2008, cuando lo que realmente estamos pasando es una crisis de salud pública sin precedentes, que golpea el corazón de la economía real. Y ni la salud pública ni la economía real necesitan las mismas respuestas que los mercados.

Durante semanas las autoridades políticas y monetarias han concentrado toda su atención en los mercados financieros. Es cierto, ha habido un colapso impresionante. Dos veces en una semana, los interruptores automáticos se activaron para tratar de evitar que las bolsas de valores cayeran espectacularmente tan pronto como abrieran. Pero fue en vano. El jueves, las bolsas de valores de París, Frankfurt, Londres, Milán y Nueva York perdieron entre el 10 y el 16 por ciento de su valor. Fue la peor caída diria de cotización de Wall Street desde 1987, cuando cayó un 26 por ciento. Desde el 20 de febrero, cuando el mundo financiero se despertó con los peligros de COVID-19, los diversos mercados han perdido entre 26 y 35 por ciento. Se han eliminado más de U$S 9 billones de valor.

No se ha ahorrado nada al tratar de salvar del colapso y restaurar la confianza de los mercados bursátiles y financieros. Ya la semana pasada, la FED usó su arma monetaria y redujo su tasa de referencia en un 0,5 por ciento. En un nuevo intento por tranquilizar a las finanzas, inyectó una liquidez enormemente mayor en el mercado de dinero (Repos), que ha mostrado signos crecientes de dificultades desde septiembre. La FED ha aumentado sus inyecciones de liquidez de U$S 100 mil millones a más de U$S 150 mil millones por día.

Inmediatamente después de esto, el Banco de Japón anunció que también reanudaría su política de flexibilización cuantitativa y comenzaría a comprar valores de bonos en los mercados. El Banco de Inglaterra hizo lo mismo, reduciendo su tasa base en un 0,5 por ciento el 11 de marzo.

En ese clima, había mucha expectativa en torno a la decisión del Banco Central Europeo este jueves 12 de marzo. De hecho, esto fue considerado como un bautismo de fuego para Christine Lagarde, quien se convirtió en presidenta del BCE en noviembre. Ella tiró con la “bazooka” monetaria que todos esperaban, y si bien el BCE no cambió su tasa de referencia (ya negativa) de menos 0.5 por ciento, recurrió a otras herramientas disponibles. Su política de compra de bonos (es decir, flexibilización cuantitativa), que anteriormente ascendía a € 20 mil millones al mes, se incrementará en otros € 120 mil millones para fines de 2020. Los bancos, que ya disfrutan de condiciones excepcionales de refinanciación, recibirán más ayuda a través Programa TLTRO III (operaciones de refinanciamiento a largo plazo), con el fin de proporcionar al sistema financiero una liquidez ilimitada.

Gracias a estas circunstancias excepcionales, el mundo de las finanzas finalmente obtuvo lo que siempre había pedido. Las restricciones prudenciales y regulatorias que se habían establecido después de la crisis de 2008 ahora se van a relajar, para alentar a los bancos a prestar.

Buscando aumentar el impacto de estas medidas, Christine Lagarde pidió a los gobiernos que implementen una “respuesta de política fiscal ambiciosa y coordinada”. Sensibles a las críticas sobre el fracaso de su política después de la crisis financiera de 2008 y la posterior crisis de la eurozona, los funcionarios europeos han prometido que no repetirán los mismos errores. Esta vez, dijeron, están listos para actuar juntos y usar “todas las herramientas posibles” para enfrentar la epidemia y el colapso económico. En Europa, entonces, la política monetaria y la política presupuestaria van a marchar de la mano.

El próximo lunes, los ministros de finanzas de Europa delinearán un enfoque común para contrarrestar el daño causado por la epidemia de coronavirus. Incluso antes de esta reunión, el 11 de marzo, Angela Merkel anunció su intención de revisar la regla de déficit cero de Alemania, grabada en mármol en su Constitución y considerada uno de los principales obstáculos para un estímulo fiscal a la economía europea. “Pondremos el dinero necesario para combatir la epidemia, y luego veremos el déficit”, indicó el canciller alemán.

Todo esto debería haber complacido o al menos tranquilizado a los círculos financieros, restaurando la confianza. Sin embargo, después de los anuncios del BCE, los mercados europeos, los únicos abiertos en ese momento, cayeron aún más. Fue exactamente lo que sucedió cuando la FED bajó sus tasas la semana pasada o cuando el Banco de Inglaterra lo hizo el miércoles. El índice DAX alemán, que ya había bajado bastante, perdió más del 2 por ciento a los pocos minutos de los anuncios del BCE.

Algunos analistas explicaron estas reacciones señalando que las intervenciones del BCE se consideraron insuficientes. Otros explicaron que las acciones de los banqueros centrales estaban alimentando las preocupaciones de los inversores, ya intensificadas por las decisiones tomadas por Donald Trump. Pero el malestar sin duda es más profundo. Muchos reconocen que los bancos centrales hoy en día son impotentes frente al coronavirus. No pueden responder si cinco años de planes de estímulo o exenciones de impuestos para las empresas pueden resolver la parálisis que se ha apoderado de la economía mundial.

El aeropuerto Marco Polo de Venecia vacío, durante el último carnaval

La necesidad de políticas públicas

Recordando que la política macroeconómica no puede hacer todo, el economista Barry Eichengreen explicó:

“La política monetaria no puede reparar las cadenas de suministro rotas. . . . El presidente de la FED, Jerome Powell, no puede reabrir fábricas cerradas por la cuarentena. . . La política monetaria no hará que los compradores vuelvan a los centros comerciales o que los viajeros vuelvan a los aviones, en la medida en que sus preocupaciones se centren en la seguridad, no en el costo. Los recortes de tasas no pueden perjudicar, dado que la inflación, ya moderada, va hacia abajo; pero no debe esperarse mucho estímulo económico real de esas medidas. Lo mismo es cierto, desafortunadamente, para la política fiscal. Los créditos fiscales no reiniciarán la producción cuando las empresas están preocupadas por la salud de sus trabajadores y por el riesgo de propagar enfermedades. Los recortes de impuestos sobre la nómina no aumentarán el gasto discrecional cuando los consumidores están preocupados por la seguridad de su cadena de comida rápida favorita”.

Eichengreen es muy liberal. Pero este académico, como muchos economistas (por ejemplo, los del grupo de expertos Bruegel), reconoce que la prioridad es liberar todos los medios posibles para tratar a los enfermos, detener la epidemia y apoyar los sistemas de salud. En una palabra, la prioridad son las políticas públicas orientadas hacia la atención de la salud y hacer que el estado tome las medidas adecuadas.

Para ellos, esta es la única respuesta apropiada en lo inmediato. Después de todo, cuanto más se propague la epidemia, más durará y más se dañará la economía mundial. Pero dado que el coronavirus ya se ha extendido por los países occidentales, lo más llamativo ha sido la falta de respuesta de las autoridades públicas. Sin duda, esto es lo que está causando pánico en el mundo financiero: la creciente parálisis de toda actividad, la falta de respuestas estatales suficientes y el riesgo de que esto provoque un colapso general, tanto más violento y devastador dado que el sistema ha acumulado montañas de deudas (y otros males) en la última década.

A excepción de Italia, que ha aceptado que tiene que poner en segundo plano su economía para contener la epidemia, la principal preocupación de los líderes europeos ha sido mantener la actividad económica, apoyar a las empresas, garantizar que todo continúe como antes, y no preparar la situación ni los medios necesarios para hacer frente a esta crisis de salud pública. A excepción de Italia, que ha destinado varios miles de millones de euros a combatir la epidemia, comprar medicamentos y materiales y reclutar personal de atención, los otros estados europeos no han anunciado nada. La Comisión Europea anunció el 7 de marzo que adoptaría un enfoque de “comprensión” hacia Italia, incluso si no respetaba por completo sus objetivos de déficit presupuestario. Esto demostró una vez más el dogmatismo de la Comisión, y su incapacidad para identificar cuáles son las prioridades reales.

En esta crisis de COVID-19, la solidaridad europea ha vuelto a mostrar sus verdaderos colores. Lejos de llevar ayuda a Italia en esta crisis sin precedentes, todos han preferido quedarse con sus medicamentos y material (países como Francia y Alemania han prohibido la exportación de máscaras). Es China, no los socios europeos de Italia, la que ha proporcionado al país respiradores, medicamentos y otra ayuda.

¿Quién necesita gastos en salud?

La Comisión explica, en su defensa, que las políticas de salud son un asunto de cada estado individual. Pero la Comisión ha interferido en este campo en los últimos años. De hecho, durante la última década, la atención médica y el gasto hospitalario han sido el objetivo número uno de los programas europeos de austeridad. Los presupuestos de investigación han sido destruídos, desde Italia hasta España, Francia, Grecia e Irlanda. En cada semestre europeo (cuando se revisa el presupuesto de la UE), los tecnócratas encargados de revisar los presupuestos de los estados miembros han exigido nuevos recortes en el personal de atención médica y en los recursos asignados a los hospitales. Tal gasto se considera superfluo o incluso un lujo a la luz de las mayores demandas del sacrosanto techo europeo de déficit del 3 por ciento.

Y el enfoque adoptado hacia la atención médica se aplicó por igual a la energía, la industria y otros campos: toda política pública se consideraba una distorsión de la mano invisible del mercado. Por lo tanto, en nombre de la “racionalidad” económica, tener camas de hospital sobrantes se consideraba un mero desperdicio. Así, en los últimos años en Francia, se han eliminado diez mil camas, junto con el personal correspondiente. Sin embargo, esas son diez mil camas con las que podríamos contar hoy.

La epidemia de coronavirus muestra cuán dañina es esta política. Todos los países europeos están decientemente equipados para hacer frente a la crisis de salud pública que ha provocado. Todos los sistemas de atención médica muestran signos de que han alcanzado el punto de quiebre, y esto antes de que la epidemia llegue a su punto máximo. Durante once meses, el personal hospitalario en Francia ha estado realizando huelgas para denunciar la destrucción de los servicios de salud pública y la falta de recursos humanos, materiales y financieros.

Debido a la ceguera y el dogmatismo, los funcionarios europeos no han mostrado ninguna señal de que tengan la intención de cambiar el rumbo y de que las políticas públicas formen parte de sus planes. Las decisiones del BCE lo demuestran. En su nuevo programa de recompra de acciones, el BCE indicó que primero compraría acciones en empresas privadas, no en bonos estatales.

Pero debería estar haciendo las cosas al revés. En estos tiempos de incertidumbre, el BCE debería tomar partido por los estados de Europa, ayudándoles a construir sus protecciones contra la epidemia, ayudándoles a financiar la atención de salud pública. Porque esa es la tarea urgente que tenemos entre manos. Incluso podríamos imaginar que, en estas circunstancias excepcionales, el BCE podría cancelar todos los bonos estatales que ha comprado en los últimos años, como parte de su política de flexibilización cuantitativa, para dar alivio a los estados y proporcionarles más márgenes financieros. Por una vez, el dinero iría a la gente y no a los bancos.

Pero toda la evidencia muestra que estamos muy lejos de que el BCE tome una decisión tan audaz. En su conferencia de prensa, Lagarde dio un paso en falso muy revelador de su incapacidad para cambiar de enfoque y comprender cuán excepcional es realmente esta situación. Explicó que el BCE “no está aquí para cerrar los diferenciales” (es decir, nivelar los costos de endeudamiento entre los estados al apoyar a las economías más vulnerables). En resumen, esto significa que el BCE no considera que su tarea pase por disminuir las crecientes divergencias entre los tipos de bonos alemanes e italianos y garantizar la cohesión de la eurozona. Esto, incluso si tal política significa paralizar a Italia, la tercera economía más grande de la UE, y su sistema de atención médica, que se encuentra bajo el máximo estrés.

Los mercados financieros concluyeron inmediatamente de esto que el BCE no respalda a Italia. De hecho, inmediatamente después de que Lagarde hizo estos comentarios, los bonos italianos fueron golpeados. En unas pocas horas, sus tasas de bonos a diez años se dispararon del 1.26 por ciento al 1.76 por ciento. Y la señal negativa de Lagarde podría tener más consecuencias importantes. En momentos de tensión como estos, no se necesitaría mucho para encender nuevamente la ardiente crisis de Europa. Y esta vez, enfrentaría la furia total de la opinión pública, después de haber demostrado que es incapaz de responder a los problemas de prioridad real.