viernes, junio 21, 2024
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Murió José Tejeda, “Tejedita”, el “Negro”

Por Luis Brunetto/El Furgón –

Lo conocí cuando con Daniel López lo entrevistamos para “catorcedoscincuenta”, en 2006. “No sé mucho que contarles”, nos dijo al empezar la entrevista más plagada de “anécdotas” y hechos de todas las que hicimos para el film, y que resumen el proceso de construcción de las Coordinadoras y del Rodrigazo. Comisión Interna de  Terrabusi, José empezó por la marcha al sindicato de la alimentación, de los 2 mil obreros de la fábrica, en los días previos a la semana convulsa del 30 de junio del ‘75, para exigir la huelga general: “Tenían miedo que les quemáramos el sindicato”. Con abrumadora sencillez describe después el modo en que se organizaron las coordinadoras. Y con la misma pasión de, por entonces, 30 años atrás,las conquistas que arrancaron y que quedaron expresadas en el convenio “barra ’75”. Y las vicisitudes de su pasaje del peronismo al marxismo: “Yo la primera vez que fui a un local del PST (Partido Socialista de los Trabajadores), pregunté cuando venía Trotsky, porque habíamos luchado tantos años por el retorno de Perón, que yo creía que Trotsky tenía que venir”.

Desde aquel día de filmación hasta que, ya editado el documental, hicimos una pequeña presentación para los compañeros que habían prestado testimonio. Fue antes del estreno. Pasaron varios meses en los que no volví a ver al Negro. Fue en ese preestreno en que lo vi por segunda vez. Para mí, que con mi compañero Daniel había pasado meses editando sus testimonios, era casi un amigo de toda la vida, pero él no se acordaba mucho de nosotros. Aquella noche fuimos a comer algo después de ver la película,. Charlamos por primera vez de todo. Catorcedoscincuenta se estrenó en el ya desaparecido cine Tita Merello, en la calle Suipacha, que era un Espacio INCAA. Ese día estaba muy contento.

Si hay un rasgo que  destaco del Negro es su inteligencia. Conozco a muchas personas que lo conocían y mucho; seguramente más que yo, pero no he compartido con ellos una relación común, así que nunca he podido o se me ha ocurrido preguntarles sobre eso. Pero mi opinión, desde el momento en que lo conocí, es la de que se trataba de alguien de una inteligencia fuera de lo común. Por supuesto, la cultura de José se apoyaba en la formación partidaria que había recibido como militante del PST en los años ‘70. Tal vez su manera de hablar, su acento cordobés y del interior campesino cordobés, podían hacer pensar a primera vista en una persona limitada. Pero José era, para mí, extremadamente inteligente.

La burocracia enseguida echa el ojo a la gente como José. Primero que nada, para cooptarlos. Por eso, nunca dejo de preguntar a los compañeros que han ocupado posiciones de responsabilidad y que han podido tener acceso a privilegios, porque no se vendieron. Al fin y al cabo, Daer, Barrionuevo, o cualquiera de los burócratas de hoy y de siempre, probablemente hicieron sus primeras armas defendiendo a sus compañeros. Siempre me encuentro con el odio de clase como primera respuesta, pero unido a una especie de capacidad “natural” para generalizar la situación personal, y encuadrarla socialmente.

“Yo conocí mis primeras zapatillas a los doce años, mi vieja nos hacía una especie de ojotas con el cuero de los cabritos”. No lo decía con odio, sino con algo así como lástima, en el sentido de no entender lo que no se puede entender, lo que no tiene explicación, excepto en el terreno del orden social general. Tal vez de esa capacidad de percibir que los problemas tienen raíces más amplias que las que se ven a primera vista, surgió el  valor a la hora de plantarse ante su papá, que le pegaba a la madre cuando se emborrachaba, siendo un niño. Y para afrontar la separación que empeoró económicamente más la situación de su familia.

Sin embargo, no hablaba con rencor de su papá. Tal vez esa profundidad con la que enfocaba los problemas generales le permitía entender que aquel peón rural también era una víctima. Además, siempre repetía una frase de su papá, peronista, en una especie de gesto de gratitud tácito: “Todo lo que conseguimos los obreros lo conseguimos luchando, y lo tenemos que defender luchando”. José decía que, desde chiquito, siempre había pensado en el significado de esas palabras.

Es que ese odio siempre aparece como producto de algún hecho puntual, o de una situación de injusticia irreparable, pero cuando esa experiencia es interpretada en un plano social, el odio se vuelve política obrera, y le abre paso a la indignación hacia la irracionalidad del capitalismo. Basta que alguien te llegue al oído, que te expliquen la plusvalía por ejemplo (cuantos compañeros me han dicho que entender la plusvalía les sirvió a su vez para entender montones de hechos de su vida personal e, incluso, para entenderse a sí mismos), para que ya no haya antídoto, ni sumas millonarias, que puedan comprarte.

Terrabusi lo quiso comprar -creo que con 20 millones de pesos- si renunciaba discretamente. No sé si esa es la cifra, pero me viene ese número a la cabeza. “Eran 6 Ford Fairlaine”, me dijo, el auto más caro de la época. Se lo contó a sus compañeros, indignado. “AgarráTejedita, agarrá”, le dijeron los compañeros, para quienes Tejedita era un líder querido y protegido. “Los compañeros me querían muchísimo, se daban cuenta que esa plata me solucionaba la vida, y creo que lo veían como una especie de retribución a todo lo que, según ellos entendían, yo les había dado, pero que conseguimos con la lucha de todos: ¡Cómo iba a agarrar! Ni lo pensé, y cuando los compañeros tuvieron ese gesto, ¡menos!”. Tejedita no agarró.

Después de irse de Terrabusi para evitar la persecución de la dictadura, sobrevivió de lo que pudo. José tenía el Mal de Chagas; lo había contraído no en el campo en su Córdoba natal, sino en un conventillo de la Boca donde anduvo refugiado clandestinamente por aquellos años. Después ingresó al ferrocarril y sería uno de los protagonistas de las grandes huelgas contra la privatización menemista. En la última década, los esfuerzos de José se concentraron en la construcción del SITRAIC, el sindicato de obreros de la construcción que pretendió desplazar a la UOCRA del ex agente de la inteligencia militar Gerardo Martínez. Su última hazaña, ya a los ’70 y pico, había sido conseguir un premio de, creo, 20 mil pesos, con sus compañeros, al finalizar la construcción del Carrefour de Puente de la Noria.

“El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan”, escribió Marx. José fue un ejemplo práctico perfecto de esa verdad marxista: Un hombre ávido por aprender, mucho más que por acceder a algún tipo de seguridad material. El deseo de saber es algo que, en mi experiencia, caracteriza a la mayoría de los obreros, pero en José esa avidez era notable. A fin del año pasado, nos habíamos vuelto a ver después de bastante tiempo, quería estudiar los clásicos: “Yo leí mucho, pero muy desordenadamente, ahora necesito estudiar con más orden, más sistemáticamente”.

Había sufrido una serie de problemas de cara a una operación que debía realizarse. Los superó perfectamente, y finalmente pudo operarse con éxito. En ese período, lo fui a cuidar dos veces al Policlínico de la UOM en Avellaneda. Le propuse hacerle una entrevista extensa, un resumen de su vida sindical y política. Le había parecido una gran idea. Sobre todo porque, supongo, como cuando abrió la entrevista para catorcedoscincuenta sin saber que decir, no se creía nadie especial.

En la Terapia Intensiva me pasó un informe sobre las opiniones políticas de los otros internados, por lo menos de los que tenía cerca. Conversaba con las enfermeras de política. Ya en la sala común, no se explicaba cómo, un enfermero se le había sincerado y le había dicho que iba a votar a Del Caño. “Creo que fue porque vio tu libro”: yo le había regalado el libro sobre Rosa, lo estaba leyendo y lo tenía en la mesa de luz. Pensaba que el enfermero lo había visto y entonces se había imaginado cuales eran sus opiniones políticas. Pero eso había sido el día anterior, y no había podido todavía volver a hablar con el enfermero para saber cómo se había dado cuenta de que él también era zurdo.

Fue la última vez que lo vi. Era 4 de septiembre, yo venía de la asamblea del ENAM en la que se había resuelto continuar con la toma de la escuela. Hablamos de eso, de la entrevista extensa, del libro sobre Rosa. El 8 de septiembre, después de operarlo, le dieron el alta. No lo fui a ver, pero tenía en la cabeza el momento en que empezara a trabajar en la entrevista, quizás porque no un futuro libro. Pensaba comunicarme para ver cómo hacíamos para empezar. El 21 su hija nos avisó a un grupo de whatsapp que él Negro había fallecido: “¿Cómo? ¿José?”, pregunté. “Si, Luis; no lo puedo creer. Lo llevé de urgencia al hospital, le agarró un paro cardíaco”.

Su muerte no me golpea menos que otras muertes, recientes, y muy cercanas para mí.