viernes, junio 21, 2024
Por el mundo

China en el viento del Este

“Al obrero, arroz.

Al campesino, tierra.

El poder, a los soviets.

Muerte, al Kuomitang.”

 A Jiang le gustaba esa canción. Y le gustaba Nankín.

Por Jorge Montero/El Furgón –

Él había nacido en Nankín, cerca del puerto. Tenía treinta y tres años y una liviana camisa blanca que le ondeaba sobre la piel descubierta del pecho. El invierno estaba aún en el aire, pero él, con su camisa blanca, era feliz. Cualquiera, pensó, puede ser feliz; cualquiera que, habiendo nacido en Nankín, a orillas del río Yangtsé, tuviera treinta y tres años.

Hace mucho ya me despedí de mis padres. Les dije que deseaba vivir, no llorar no arrastrarme ante el señor como un pordiosero. Ellos prepararon una cena con cereales y cada uno de nosotros bebió dos tazas de sopa con las que la gente de la aldea, agolpada en la puerta de nuestra casa para despedirme, nos había agasajado. Les dije a todos: “Volveré”.

En el invierno de 1934, llegamos a la provincia de Suchuán. Allí se inició la Gran Marcha. Cada uno de nosotros, jóvenes del Ejército Rojo, preparó un rollo de cereales. Nos explicaron que íbamos a cruzar montañas cubiertas de nieves eternas, donde pisaríamos con cuidado las huellas de quienes nos precedían; pantanos y desiertos que pie de hombre alguno en la tierra exploró. Reímos: para nosotros, mil montañas, diez mil ríos, cinco cordilleras no eran nada. Éramos jóvenes, nuestros jefes eran jóvenes. La verdad estaba de nuestro lado.

Muchos de los nuestros perecieron. Rodaban hacia un infierno de hielo y piedra gritando que no temían a la muerte; que no nos entregáramos; que prosiguiéramos la Marcha. Y después quedaba sólo el eco de sus gritos hasta que el viento los dispersaba en la llanura. Llegamos a las praderas; dimos con el enemigo. Derrotarlo era también comer. Éramos jóvenes, teníamos hambre. Peleamos. Me había quemado la nieve, había derramado mi sangre y la ajena; no ignoraba que la victoria exige un precio, y que vale la pena pagarlo.

No, no basta, diría Jiang preguntándose por qué estaba vivo, ahí, en esa habitación, él, que alzado sobre los hombros de su gente, sobre los capotes raídos y el humo de los cigarrillos, entre el oleaje de las pálidas bayonetas, había anunciado, en la primera de las tres noches de la Comuna: Vamos a pelear. Sépanlo. Tomar el cielo por asalto: eso es lo que vamos a hacer.

Al obrero, arroz. Y no más discusiones. Es la hora de la batalla. Al campesino, tierra. Los que queden vivos sabrán cómo debió ser todo. Muerte al Kuomitang. Y lo harán mejor que nosotros. Y combatiremos en la noche, al grito de muerte al enemigo, las bayonetas hacia adelante, el grito de muerte hacia adelante. El poder a los soviets, los ojos hacia adelante, los labios secos y rígidos, muerte, la canción perdiéndose en el humo de los incendios, muerte.

No, no basta, diría Jiang. Y con calma añadiría: Debemos limpiarnos la sangre, enterrar a los caídos y volver a combatir.

Al Este se elevaba el sol. El horizonte era una delgada línea de fuego.