lunes, junio 17, 2024
Nacionales

Las PASO y una crisis política desatada

 

“Voy a tratar de ir por el mismo camino lo más rápido posible” / Mauricio Macri.

“…pero yo no les quiero mentir a los argentinos: ¿qué puedo hacer yo?” / Alberto Fernández.

Por Jorge Montero/El Furgón –

Poco más de 24 millones de personas votaron en las PASO (Primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias) el domingo 11 de agosto. La inmensa mayoría de la población repudió el gobierno de Mauricio Macri. Pocas horas después un puñado de burgueses encaramados en los fondos de inversión, bancos y financieras, patrones de las agroexportadoras, y de empresas monopólicas de la industria, comercio y servicios, insatisfechos con el resultado electoral, pulverizaron salarios, jubilaciones y planes sociales, encareciendo los productos alimenticios, los medicamentos, los materiales de construcción. Esta es, ni más ni menos, que la expresión de la “democracia” capitalista.

Cuando el presidente Macri nos mandó a dormir el domingo, el salario promedio -según el Indec 20.640 pesos- era de 443 dólares. En el momento en que comenzábamos a desperezarnos el lunes 12, había caído a 360 dólares, una merma del 19 por ciento. El dólar había pegado un salto de 46,50 pesos a  57,30. Los salarios reales llevaban perdido hasta ese momento el 20 por ciento de su valor desde el año 2015. En las condiciones actuales de turbulencia política y económica, se profundiza sin pausa el abaratamiento de la fuerza de trabajo.

Todo esto ocurre mientras se acelera frenéticamente el saqueo del país y la inmensa mayoría de la población se hunde cada día más en la miseria. La vulnerabilidad estructural del capitalismo argentino queda una vez más expuesta, como ocurriera en las grandes crisis que precedieron a la actual: febrero de 1976, mayo de 1989, diciembre-enero de 1989/90, diciembre-enero de 2001/2.

Nuevamente fuga incesante de capitales. Insostenibilidad de la deuda, no sólo con el FMI, que ya ha dado un principio de acuerdo a la extensión de plazos, ya veremos a que costos; sino porque los acreedores ven venir una reestructuración de la deuda privada, obligada por una economía extremadamente frágil que no puede generar recursos para afrontarla. Con una devaluación persistente que no hace más que complicar la situación, ya que el 80 por ciento de la deuda está en moneda extranjera.

Alberto Fernández junto a gobernadores y candidatos provinciales

Otra vez la actividad económica está paralizada. No hay crédito. Se profundiza aún más la recesión. La devaluación se traslada a los precios, con frenéticas remarcaciones y riesgo de desabastecimiento, lo que realimenta la inflación. La resultante: otro severo golpe a los salarios y al conjunto de los ingresos populares.

Ir a una votación general, gastar más de tres mil millones de pesos en ella, y no elegir nada, es sólo un reflejo de la descomposición del sistema político argentino. Las PASO, un artilugio creado en 2009, son sólo una “gran encuesta”, como la ha llamado la prensa comercial, para una elección en la que no hay nada en juego. Donde no se elige presidente, ni gobernadores, ni intendentes o legisladores; votación que recién se efectuará el 27 de octubre. Meses y más meses de aturdimiento para tratar de ocultar, mediante discursos huecos, incalculables gastos en propaganda, viajes y actos de candidatos vociferantes, la gravísima situación social y económica del país, que hoy ha quedado a la intemperie.

La elección popular, principal instrumento de la democracia capitalista, está por completo vacía de contenido. Y refleja con exactitud la decadencia imparable de los partidos políticos tradicionales. En medio de este verdadero fraude político que son las PASO, las grandes mayorías, desesperadas, fueron a votar el 11 de agosto sin otra aspiración que sacarse de encima a la plaga de lumpenburgueses que está asolando al país desde hace casi cuatro años. Más que un resultado electoral, el pasado domingo el régimen político registro un sismo de magnitud, que expresa el nivel de la crisis del sistema.

La fórmula victoriosa, el peronismo que encabezan Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, es un rejunte insostenible de facciones en conflicto, la liga de gobernadores -algunos con sus provincias al borde del estallido social, como el chubutense Mario Arcioni-, intendentes y antiguos barones del conurbano bonaerense, sindicalistas, sectores enrolados en el llamado kirchnerismo, y varios agrupamientos reformistas colgados de esta candidatura.

La defensa a rajatabla del capitalismo por parte de Cristina Fernández (del candidato a presidente no hay mucho por decir, puesto que el mismo se define como liberal capitalista), marcó el carácter de la campaña. Dando pretendida cátedra de economía política afirmó que: “Los buenos capitalistas quieren que la gente gane bien y tenga trabajo, porque si no, ¿quién corno compra las cosas de ellos? Estos (los macristas) se dicen capitalistas y no te podés comprar nada, no podés viajar, no te podés comprar ropa ni ir al supermercado”. Agregando para que no queden dudas: “Yo soy mucho más capitalista que ellos. Conmigo en Argentina había capitalismo y la gente se podía comprar lo que quería. Que no me jodan más con lo del capitalismo ¡Por favor! Conmigo había capitalismo”. Palabras que habrán perturbado por igual al ala kirchnerista y al flanco conservador justicialista.

Sin dejar tiempo para tomar aire, utilizando el falaz informe de Michelle Bachelet como excusa, Alberto y Cristina Fernández la emprendieron contra Venezuela, sosteniendo que en ese país hay un régimen autoritario. Y la ex presidente abundó, en claro gesto electoralista y asociándose a la campaña de calumnias comandada por la Casa Blanca contra la Revolución Bolivariana: “Sorry, en cuestión de alimentos, Argentina está como Venezuela”. Para ganar votos frente a Macri comparó sus resultados con los del gobierno venezolano.

Alberto Fernánez y Cristina Fernández de Kirchner en Rosario

La devaluación forma parte fundamental del programa económico de Alberto Fernández. Lo viene anunciando desde hace tiempo, y tanto él como sus economistas de cabecera lo ratifican en cuanta oportunidad tienen. A tal extremo es así, que el candidato no solo no rechazó la devaluación en curso, sino que criticó al presidente Macri por usar reservas para frenar una mayor caída del peso. No es de extrañar, Fernández pretende que sea Mauricio Macri el que haga el trabajo sucio antes de dejar el cargo. Su estrategia: asumir la presidencia con todo dado para iniciar el “despegue capitalista” sobre la base de los salarios pulverizados; muy parecido al trabajo de Roberto Lavagna en 2002. Ya está preparado el siguiente zarpazo, poner en marcha el “Pacto Social” resucitado por Cristina Fernández en cada una de sus presentaciones multitudinarias a lo largo de la campaña electoral.

“Que los que están intranquilos que no se intranquilicen. Nunca fuimos locos gobernando. Siempre arreglamos los problemas que otros generaron”, fue el mensaje del ungido Alberto Fernández. El peronismo vuelve a actuar como el “partido del orden”, al que la burguesía debió recurrir en 1973 para contener la marcha de la clase obrera y la juventud hacia el socialismo, o tras el levantamiento popular que generó la crisis de 2001.

No por si acaso el columnista del diario La Nación, Carlos Pagni, actuando como vocero de las preocupaciones capitalistas, editorializaba el lunes negro: “Para el Gobierno, es un resultado catastrófico, cuya reversión demandaría, en octubre, una hazaña. El kirchnerismo demostró ayer que está en condiciones de ganar la presidencia en la primera vuelta. A estas incógnitas se agrega, por supuesto, otra: la capacidad del oficialismo para garantizar la gobernabilidad hasta diciembre. Desde anoche, la conducta de Fernández y la relación que con él tenga el Presidente serán claves para el orden general, sobre todo en el aspecto económico. El principal reto de Macri es, desde anoche, conducir un proceso que sigue teniendo la dinámica de una competencia de poder, pero que, al mismo tiempo, ha adquirido los rasgos de una transición hacia otro orden. Para Macri, Fernández es un rival, pero, al mismo tiempo, un socio”.

Finalmente, una vez más, convendría recordar que adoptar tal o cual línea de acción ante una elección no es una cuestión de principios. Es un problema de táctica y de conducta política. El problema, para quienes se asumen antimperialistas y anticapitalistas, es cuando la táctica va en sentido inverso a lo que se proclama como estrategia. Bajo el término de izquierda, candidatos –luchadoras y luchadores esforzados y respetados por su conducta individual– y las organizaciones que los promueven, parecen haber perdido de vista qué significado tienen las elecciones para una fuerza política comprometida con la revolución social. Propuestas tales como “Vote a la izquierda que se une” o “Hay una alternativa vote a …”, sea cual sea la foto que tengan debajo, son ajenas a una perspectiva seria, creíble y viable de lucha por el poder para los trabajadores y el pueblo.

Excepto cuando una propuesta socialista tiene chance cierta de cambiar las relaciones de fuerzas políticas en una elección, las urnas deberían ser para los revolucionarios nada más que una instancia para llegar a las masas con un mensaje educativo, una perspectiva visible para las grandes mayorías y una propuesta de organización realizable. Cuando nada de esto es posible, la participación electoral se transforma en un factor fuertemente negativo, contrario a los objetivos de sembrar conciencia, alentar la organización y avanzar en la acumulación de fuerzas antimperialistas y anticapitalistas.

Quienes sucumben a esa presión, deberían saber que están entrando en el juego de quienes nos arrastran al abismo. Justo ahora, cuando no queda otra alternativa que salir de él. Y con urgencia.