lunes, junio 17, 2024
Cultura

Melisa Papillo, poeta: “En medio de la desesperanza se tiene la palabra que se puede”

Por Patricia Verón/El Furgón –

En los poemas de Melisa Papillo todo está allí y no. Hay algo más. Es el descubrimiento de lo próximo y -lo prójimo- la sospecha de que no alcanzamos a develarnos y sin embargo casi nos roza la caricia del ser. Considera que “a veces los poemas surgen porque unx ‘se lo sacó de encima’, no porque un poema sea eso, una simple exteriorización de sensaciones, sino porque a partir de eso se llega a otro estadio de la palabra, hay que sacar la palabra, abrazarla, para pasar otro día”.

El Furgón: – La poesía asociada al concepto de ¿superficie?, ¿profundidad?, ¿verdad?, ¿ficción?

Melisa Papillo: – Creo que al ser conceptos tan amplios es fácil encontrar algo de cada uno de ellos en la poesía. Hay poemas que parecen estar en la superficie de las cosas y sin embargo, al hurgar, caes en la profundidad, en una densidad que no se veía al principio, por ejemplo, en la primera lectura. Hay otros que intentan ser profundos y a veces es muy difícil transmitir la complejidad que está dentro de la cabeza de unx en el poema, y entonces no se logra y ese poema ahí también cae. No creo tampoco que haya que perseguir un equilibrio en el poema, pero sí ser sincerx. Cuando los poemas no son sinceros, se nota, y por más que funcionen en la superficie o en lo profundo, esos poemas no tienen alma. En cuanto a la verdad y la ficción, me gusta pensar que todo lo que leo pudo ser real, pudo haber pasado. Mi primera reacción ante muchas situaciones de la vida es pensar en una catástrofe, después sereno; entonces como lectora y también como escritora, me surge eso: la explosión primero de “lo real” que puede ser hermoso, armonioso, claro, y no catastrófico. Pero aún así busco alguna palabra que me haga pensar en otro tono, otro color de las cosas. Tengo una necesidad de comprobar que algo de eso existió.

Melisa Papillo. Foto: eltresdé

E.F: – Al leer tu poesía recordé una respuesta que dio Jean Luc Nancy en una entrevista: “No se trata de esperar un fin lejano sino de abrir, cada día, un momento, el ‘Reino Feliz’, incluso en medio de la desesperanza. Tenemos el habla precisamente para eso: para hacerla palabra pesada o ligera, fuerte o blanda, oscura o luminosa.” ¿Qué opinas?

M.P: – Es muy linda la cita, me gusta eso de no esperar nada y a la vez sí, porque por algo el intento diario, ¿no? El concepto “reino feliz” me llevó a pensar en cuentos maravillosos, directamente, los narrados por Charles Perrault, por ejemplo, antes que Disney los edulcorara. Ni en esos cuentos hay bienestar total al final muchas veces, ni las palabras mágicas ni los elementos sobrenaturales pueden contra algunas adversidades. En medio de la desesperanza se tiene la palabra que se puede, no sé para qué está el habla, pero sé que la usamos para no morir con ella adentro. Me gusta ver en medio de la catástrofe lo luminoso y en medio de lo luminoso la catástrofe. Pienso que a veces los poemas surgen porque unx “se lo sacó de encima”, no porque un poema sea eso, una simple exteriorización de sensaciones, sino porque a partir de eso se llega a otro estadio de la palabra, hay que sacar la palabra, abrazarla, para pasar otro día.

E.F:  – ¿Cuál es tu primer recuerdo o idea asociado a la palabra “piedra”?

M.P: – El primer recuerdo que tengo de una piedra lo escribí en un poema: “De niña diseccioné/ un escarabajo vivo en la playa./ Con una piedra bisturí saqué sus alitas (…)”. Tengo el recuerdo de manipular una piedra como si fuera un bisturí para diseccionar el escarabajo. Después elegí otra más plana para apoyarlo ahí mientras separaba sus partes. Es terrible lo que estoy diciendo, pero hice eso en un afán de ver qué tenía adentro el bicho, que, a todo esto, estaba vivo.

E.F: – ¿En qué proyectos participás?

M.P: – Estoy participando muy felizmente en varias cosas, que me/nos inyectan de una fuerza hermosa. Por un lado, formo parte de la coordinación de El Tresdé, medio de comunicación digital autogestivo y feminista del conurbano oeste. Lo llevamos adelante desde hace más de un año, junto a las genias Lara Barneto, Pamela Neme Scheij y Nieves Hilaire. El medio abarca diferentes secciones, como literatura, artes visuales, política, Derechos humanos, feminismos, comunidades. Le ponemos mucha garra, convicción y amor. También formo parte de la colectiva de artistas del conurbano, Mutágenas, este año sacamos nuestro primer libro objeto colectivo, que reúne trabajos de poetas y artistas visuales de la zona.

Y también, en torno a la escritura más individual, terminé un libro y me gustaría publicarlo pronto.

Melisa Papillo. Foto: eltresdé

E.F: – Un/a poetaargentinx desde el ’60 al -90; unx actual. ¿Por qué?

M.P: – Es muy difícil nombrar poco de ambas categorías, pero pienso en Juan Gelman y Juana Bignozzi, como poetas del ’60 al ’90. En primer lugar, porque disfruto su poesía. En sus lecturas levanto la cabeza más de una vez porque muchos versos son tremendos o porque eso que está ahí escrito me hizo ver, me identifiqué o me sorprendió. Y también porque sus poemas arrojan una incomodidad, con los vastos temas que tienen cada unx y sus estilos diferentes: hay una incomodidad con la vida, una entrega y un reproche, luces y sombras, y el debate poético sobre la palabra misma, sobre la poesía.

Una poeta actual, Rosa Lesca, por varios motivos. Primero porque me parece una poeta magnífica, su hondura, su versificación. Y segundo, porque hace muchos años, cuando cursábamos el CBC y yo tenía 18 años le mostré un poema mío y me dijo algo que siempre recuerdo: “después de todo, las personas tenemos el mismo abanico de sentimientos que nos une”. Sin saberlo ella, en nuestras charlas con mate en esa época, fue una de las personas que amplió mi campo de la poesía, me mostró autores, formas de ver las cosas.

 —

El viaje de la tortuga

Parece el ruido de un ciclón y es sólo un poco de viento

estrellándose contra el vidrio.

Salió el sol en Buenos Aires después de varias semanas de lluvia

y hay algo más que luz en los rayos que se filtran

por las hojas de los árboles.

Una fotosíntesis de otro orden

que intenta procesar en mí.

Cruzo la plaza y entro al café. Mi recreo semanal

-bebé duerme en nuestra cama-.

Alimentarse, crecer, desarrolarse.

Me oriento hacia la luz, creo estar absorbiendo algo.

Levanto la vista del libro y en la mesa de adelante

está el viejo de la otra cuadra. Deja sus muletas sobre la pared

y lo miro, poco disimulada. Lee el diario.

Se vistió de camisa para salir al bar.

Tan enjuto repasa las noticias

como mira a través de las rejas de su porche.

Lo incomodo: cambia de postura.

Se yergue, retoca el cuello de su camisa y ahora

lee asintiendo con toda la cabeza. ¿Estamos hablando?

Después toma las muletas y se va

con toda su joroba caparazón. Un esfuerzo por un café,

por hacer la fotosíntesis.

No soy la única planta en mi especie.

La mesera cambia de canal.

Ahora un partido de fútbol sintoniza la mañana.

Huracán va arriba, 1 a 0.

***

Algunas obsesiones

Tengo el privilegio de la vista

panorámica desde la terraza.

A lo lejos, una nube de eucaliptus se alza

entre casas bajas: el oasis del barrio.

Inclino la cabeza como alguien que no tiene vértigo,

de cara al piso, para ver bien,

y el viejo aparece otra vez, son las 14.30.

Una muchacha despeinada todos los días lo empuja

en su silla de ruedas hasta los bancos de la plaza.

Sacan una bolsita con alimento, una radio portátil

y las palomas los rodean.

Desdentado, él saluda y contempla

un racimo de aves que lo huelen,

le revolotean y lo aman.

No hay don de la palabra.

Los miro mientras se ríen de las palomas,

de lo que dice la locutora,

de lo fácil que es ahí que los quieran.

***

Desde la punta del árbol aquel caen

finalmente cinco seis cotorras

que molestaban ya hace un rato.

No tienen canto, sólo un murmullo

constante, trueno desafinado.

Tampoco grácil vuelo,

sino un bravo golpeteo de alas.

Su verde mostaza se confunde

con manchones en el cielo. Su afán emprendedor

es ensuciar lo ya opaco, decorar el gris.

El manjar de los dioses está para ellas

en las hileras de bolsas apiladas.

Las oigo tramar desde el alba

lo que van a hacer por la tarde.

Tienen un plan, no hay lugar para el rechazo.

Se trata de comer en nuestras caras lo que creímos basura

de saber estar en el desperdicio.

La belleza del paisaje acá

son bolsas negras picadas

por aves que no cantan, gritan, en cada vuelo:

vecino, esto es para siempre,

venimos de a montones a quedarnos.

***

Sobre el espacio oblicuo del bajo escalera

resalta una lagartija del tamaño de un corcho.

La señalo, mi hijo y yo la miramos.

Mi dedo recorre el camino que ahora emprende

o la guía hasta la luz

más brillante del pasillo para que podamos verla mejor.

Es una cosita maravillosa, digo,

y esa cosita ya se esfuma para nosotros.

 

Más tarde la encontramos en un rincón

tiene menos rapidez, menos gracia.

Volvemos a mirarla.

Esta vez estamos sobre ella

y la señalamos desde arriba.

Como respuesta

se oculta detrás de la estufa.

 

La mañana me encuentra sola. Abro la canilla,

lavo una taza. El agua de la pileta

se va escurriendo poco a poco

y brilla el acero de la bacha. En el fondo duerme algo.

En el fondo está lo que señalamos.

Levanto la lagartija, blanda, húmeda.

Sus patas conservan la flacidez de un cabello.

Tiene un ojo sí y un ojo no.

Le hago un ataúd con una hoja de diario.

Con dudas, la apoyo en la bolsa de basura,

así envuelta prolijamente.

Después, cuando cuente esta historia

voy a decir que la enterré.

***

Tengo treinta y tres años

y estoy tratando de dominar el volante.

Constantemente. Dejo y retomo.

Cuando tenía nueve, once, quince

soñaba que conducía un Falcon gris

y nunca frenaba.

Tomaba Maestra Baldini derecho y no frenaba.

Pasaba mi casa materna y no frenaba.

Durante las clases mi instructora repite

“no pensés, esto es automático”.

¿Por qué sueño que manejo?

Me despierto y busco en yahoo respuestas:

que estoy intentanto dominar mi destino,

que necesito tomar el control de mi vida,

imprudencia, falta de consciencia.

Cuando me levanté esta mañana

sólo quería manejar con la ventanilla baja.

Casi me anoto en un taller para descifrar sueños.

La ruta onírica. Eso que soñás te está diciendo algo.

Eso que soñás, sos.

Dicen que podés cambiarte el nombre:

si alguna vez soñaste que eras, por ejemplo, pantera,

te llamás Pantera

porque sos pantera.

Debe ser más complejo que como lo explico.

Debe ser más perturbador que como lo entiendo.

Hay otra forma de resolver los sueños recurrentes:

apostando. Una sola vez lo hice y gané setenta pesos.

Ahora no sé si debo cambiarme el nombre o hacer plata.

Últimamente salgo con GPS activado.

No es tan sencillo

cada tanto grita ruta desconocida.

A veces no entiendo muy bien los cruces, las líneas

y hago todo mal. Confundo caminos.

Mientras busco excusas para frenar

y poner balizas.

Me encantaría ser de esas personas

que siguen orientadas cuando giran el mapa.

Voy a dejarme el pelo largo

así el viento que entra por la ventanilla

lo tire todo

para atrás.

Quizá use un pañuelo como vincha

y ponga la radio con el volumen bajo.

Si algún día logro agarrar el volante

con una sola mano, con la otra

voy a saludar con ese gesto de “chau”:

no ondeando el brazo de un lado a otro

sino levantando y bajando la mano rápido

como quien dice presente desde un banco de escuela

y sigue en lo suyo.

***

A los quince años tiré una piedra al mar

y pedí deseos. No recuerdo qué dije

pero confié.

 

Agarré la piedra bien fuerte, exprimí sus poros

mojados un poco por la bruma.

Me sentí mágica adentro de un cielo gris

en el atardecer quinceañero que también pedía

esos deseos que se enuncian sin saber

para dónde irá la vida.

Recuerdo unos jeans arremangados,

la playa en Parque Camet mojaba fría y despareja.

Ojalá, piedrita, me hayas dado mucho más.

***

Dejo flotar por la casa las piedras que traigo.

Una con forma de barco

que antes fue corazón del Quilpo

ahora es mi pie en su orilla

la tarde de un febrero.

Lamento, piedra, haberte sacado de tu agua en movimiento

pero necesito lo poroso y compacto como recuerdo:

ese día fui una chica

a la que le picó una abeja en el pie,

río abajo con una piedra pesada en su mochila caminó

renga y feliz.

***

Cuando estaba a punto de parir

caminaba todo el día el pasillo del hospital.

Un túnel iluminado, puro blanco.

Hacia el final había una puerta que daba

a una escalera de emergencia.

Estuve tres días internada

antes del parto, la dulce espera.

Vi colgar carteles con nombres

en las puertas de las habitaciones a cada rato.

Nuestro momento no llegaba

y durante las idas y vueltas tuve

muchos pensamientos negativos.

Otras mujeres lloraban

por algo malo que había pasado,

no había gritos. Bebés con minutos de vida

se hacían escuchar.

Todo lo pude ver en camisón, caminando

bajo una luz blanca.

Ese fue

mi último confesionario.

***

Unos desconocidos le hablan a mi hijo en la playa.

Se agachan, le sonríen. La capelina que traen

se va a volar si siguen distraídos.

Él, lleno de arena hecho

milanesa

convencido de descubrirles

el mundo, señala el mar

y les dice seriamente:

esto es agua.

No es poco tener

claridad, sencillez,

lenguaje sin vueltas de cordón.

La pareja se ríe y camina

hacia la orilla.

Cuando logran el fondo perfecto

sacan una selfie para no perder

de vista nunca lo que les acaban de revelar.

***

Como se lanzan una a una las piedras

al borde de un lago, recorro

el mapa de la vida.

No es una tarea difícil, sino meticulosa

desarmar y armar recorridos sólo

para entender los pasos dados.

 

De niña diseccioné

un escarabajo vivo en la playa.

Con una piedra bisturí saqué sus alitas,

las patas, por último sus cuernos. Apoyé sus partes

sobre una roca plana, un plato servido a la mirada

perpleja de quien quiere, necesita

entender a costa de la oscuridad.

 

Hace poco colgué un mapamundi

en el cuarto de mi hijo, le dije bajito

importa saber dónde están los lugares, qué hay

atrás del océano. Las aguas bailan enmarañadas y seducen.

Quedate un rato observando, pedí y atravesalas

con la fuerza que se pueda.

 

Aquella tarde, después de terminar mi disección

escuché por un largo rato con los ojos cerrados

ese ruido rastrillero que hacen las piedras y caracoles

cuando la ola se aleja.

Melisa Papillo (Buenos Aires, 1984). Creció en Caseros, donde vive. Estudió letras en la Universidad de Buenos Aires y la diplomatura en Literatura infantil y juvenil en la Universidad de San Martín. Es mamá de Vicente, se dedica a la enseñanza y es librera. Integra la redacción de El Tresdé, medio digital autogestivo y feminista. Publicó su primer poemario, La mecánica de los días, por Editorial Simulcoop (2012). Sus poemas fueron publicados en medios digitales como op.cit. y El cielo del mes. 

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