lunes, junio 17, 2024
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Sobre el arte del engaño en el fútbol

Por Cesar R. Torres*/Especial para El Furgón – Los argentinos Mauricio Pochettino y Eduardo Coudet son, respectivamente, los actuales entrenadores del Tottenham Hotspur Football Club de Londres y del Racing Club de Avellaneda.  Además de ser colegas comparten algunas ideas básicas en su concepción del fútbol.  No es casual que ambos sean loados por promover un estilo de juego vistoso y ofensivo.  Sin embargo, ambos también defienden una conceptualización problemática, aunque aparentemente bastante extendida en la comunidad de practicantes, de la función que el engaño debería tener en el fútbol.

Rechazando el uso del sistema de videoarbitraje, conocido como VAR por sus siglas en inglés (video assistant referee), Pochettino declaró en febrero de este año que décadas atrás “se felicitaba al futbolista que había engañado al árbitro” y confesó con nostalgia que “[e]se es el fútbol del que me enamoré cuando era chico”.  Reasegurando su posición afirmó: “[e]n el fútbol hay que intentar engañar al contrario. ¿Sí o no?”.  Al mes siguiente, en otra crítica al VAR, Coudet se manifestó en el mismo sentido.  Dijo que “el fútbol es un deporte en el que vivís del engaño”.

“Calciatori”, de Giuseppe Montanari.

Es indudable que el engaño, entendido como el acto de hacer creer que algo falso es verdadero, es una faceta importante del fútbol.  Ya decía el periodista argentino Dante Panzeri en 1967 que el fútbol “[e]xige dominar el arte de engañar” y que su ley básica establece que “gana el que mejor engaña”.  Panzeri no dilucidó qué forma del engaño es aceptable aunque dio una pista al respecto aclarando que se refería al mismo “[e]n un sentido grato, en una forma placentera, ingeniosa, pero que no por eso altera el sentido mismo de la actitud de engañar”.

Messi engaña a los rivales

Escribiendo pocos años después que Panzeri, la filósofa estadounidense Kathleen M. Pearson precisó la cuestión.  Si bien coincidió en su importancia, sostuvo que el engaño del rival no es un fenómeno simple y unitario.  Pearson distinguió entre el “engaño estratégico” y el “engaño concluyente”.  Aquel involucra el acto de hacer creer que una intención falsa es verdadera dentro de lo estipulado por las reglas del deporte.  En este tipo de engaño se intenta despistar al rival para obtener una ventaja competitiva lícita a través de las habilidades propias del deporte en cuestión.  Como ilustró Pearson, se insinúa al rival que se irá por la derecha cuando el propósito es ir por la izquierda.  En el fútbol, la gambeta constituye un perspicuo ejemplo de engaño estratégico o “intralúdico”.  Se podría sostener que este es el tipo de engaño que Panzeri tuvo en mente cuando propuso que “el fútbol bien jugado es lo imprevisible”.  De hecho, en el fútbol, para ser imprevisiblemente bueno hay que cultivar sostenidamente las diferentes formas de engaño estratégico que lo definen.

Por el contrario, el segundo tipo de engaño identificado por Pearson, el concluyente, involucra el acto de aparentar conformidad con lo estipulado por las reglas del deporte para eximirse de las mismas cuando hacerlo es considerado conveniente en términos del resultado.  En este tipo de engaño se intenta despistar principalmente al árbitro para obtener una ventaja competitiva ilícita a través de habilidades que son foráneas al deporte en cuestión.  Su carácter es concluyente precisamente porque da por finalizada o precluye, aunque más no sea temporalmente, la contienda de habilidades propias de tal deporte.  En el fútbol, simular haber sido víctima de una infracción en el área rival para obtener un penal inmerecido o fingir una lesión para detener el partido son perspicuos ejemplos de engaño concluyente o “extralúdico”.  Las reglas del fútbol caracterizan a estos actos como conductas antideportivas y especifican que son sancionables con amonestación.  El fútbol no propone constatar, ni requiere desarrollar, pericia en dejarse caer simulando infracciones, en fingir lesiones o en otras formas de engaño concluyente.  Incluso se suele considerar a todos estos actos como casos de trampa.

“La mano de Dios”, el gol de Maradona a los ingleses en 1986

La distinción entre el engaño estratégico y el engaño concluyente, así como sus implicaciones para el deporte, son provechosas para abordar la postura representada por Pochettino y Coudet.  Por un lado, confirman que en el fútbol hay que engañar al rival, pero precisan que solo es admisible hacerlo a través del engaño estratégico.  Por el otro, sugieren que en el fútbol se debería vivir por y de este tipo de engaño.  De no ser así, se socava, o por lo menos se contradice, el distintivo quehacer de los futbolistas.  De la misma manera, felicitar al jugador que engaña al árbitro denota una defensa del engaño concluyente, una faceta impropia y espuria del juego.  Uno debería apartarse de ese tipo de engaño y enamorarse del fútbol en el que florecen las habilidades específicas que son la base de sus modelos de excelencia y lo caracterizan.  En ese fútbol se reprueba la trampa y se realza el arte del engaño estratégico.  Ese fútbol necesita que se generen espacios, como requería el escritor uruguayo Eduardo Galeano, que faciliten “la improvisación y la espontaneidad creadora”, aspectos íntimamente ligados a este tipo de engaño.  Empeñarse en ello sería un espléndido camino para renovar el amor por el fútbol.

* Doctor en filosofía e historia del deporte.  Docente en la Universidad del Estado de Nueva York (Brockport)

Foto de portada: http://www.as.com