lunes, junio 17, 2024
Cultura

La cocina de “Leyendo al Celta de Vigo”

El Furgón* – Ariel Scher es autor del libro Deportivo Saer que reúne relatos que enlazan el deporte y la literatura. No sólo de fútbol viven sus cuentos, también del boxeo, el básquet, el polo, el automovilismo y el rugby que se mezclan con los escritores Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Juan José Saer, Roberto Fontanarrosa, Eduardo Sacheri, Eduardo Galeano, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano, Adolfo Bioy Casares y Juan Sasturain, entre otros.

Este periodista y docente argentino es, además, una referencia ineludible a la hora de analizar el fenómeno deportivo y su relación con la sociedad. Tras la celebrada aparición de Contar el juego. Literatura y deporte en la Argentina (2014), este trabajo publicado por el sello Club House reúne los textos que Scher escribe desde la pasión y la convicción de saber que la vida es mucho más que un resultado.

En primera persona, Scher relata para El Furgón cómo nació el relato “Leyendo al Celta de Vigo”.

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El Topo López era dueño de doce teorías sobre la evolución del fútbol en España, de un vaivén corto en la mano derecha con el que dibujaba jugadas de fútbol en el aire sin terminar de dibujarlas, de una sonrisa buena que casi no interrumpía y de dos ojos oscuros con los que miraba como se mira cuando en los ojos y también en la garganta hay algo importante para decir. Lo importante que el Topo López me quería decir, de paso en un bar que sólo servía para estar de paso, era que en el fútbol de España había más cosas para ver que la película perfecta del Barcelona de Guardiola. “Al menos -me indicaba el Topo López (y lo de indicar es exactísimo porque los dibujos de jugadas de fútbol en el aire los hacía con el índice- prestá atención a lo que hacen los otros equipos cuando juegan contra el Barcelona”. Luego de asegurarme eso, de nuevo sonrió.

Le di la razón al Topo López. Un poco porque, de verdad, tenía razón. Y otro poco porque, contracara del mundo y quizás de ciertas prácticas de muchas personas, el Topo López nunca tenía razón para tener razón sino para que la razón y la vida de los demás fueran mejores.

Me concentré en los rivales del Barcelona (el de Guardiola y todos los Barcelona siguientes) desde entonces, y después de entonces, e inclusive en la porción del después que transcurrió y transcurre a partir de que una fulereada de la existencia nos privó de continuar recibiendo la mirada de los dos ojos oscuros del Topo López. Y, durante una tarde, esa concentración desembocó en un cuento.

La tarde y el cuento surgieron luego de que el Celta de Vigo le diera a uno de los Barcelona siguientes una lección de fútbol. Consistía en una lección que no cabía en mis equívocos cálculos, pero sí en los del cuerpo técnico del Celta de Vigo, encabezado por Eduardo Berizzo, que es un buen lector de cuentos, y asistido por Roberto Bonano, que es un buen escritor de historias y además otro buen lector de cuentos. Enseguida, se me vinieron encima, pormenorizadas e irrefutables, las doce teorías del Topo López y, con modestia, añadí una: si el Celta de Vigo había desparramado por los suelos del fútbol al Barcelona, eso era porque el fútbol posibilita los cuentos o porque el Celta de Vigo poseía arraigos literarios, inclusive unos cuantos de sello argentino, más acá y más allá de Berizzo y de Bonano. O, inclusive, de Gustavo López, otro futbolista argentino capaz de enhebrar un buen cuento, que brilló en el Celta de Vigo.

Las ganas de escribir, la actuación del Celta de Vigo y la memoria de otra charla con el Topo López sobre Borges provocaron el resto. Junté todo eso, repasé quiénes y cuándo le habían hecho espacio al Celta de Vigo en sus textos y salió el cuento: “Leyendo al Celta de Vigo”.

Ahora está publicado entre los cuentos de deporte y literatura de un libro al que llamamos Deportivo Saer. Con esta dedicatoria: “Para el Topo López, experto en recordarnos dos cosas: que miráramos el fútbol de España y que siempre hay un motivo para la sonrisa”.

Cuando me encuentre con Berizzo, con Bonano y con Gustavo López voy a mostrarles que ellos aparecen en el cuento. Y voy a repetirles, detalle por detalle, las teorías del fútbol de España que le debo al Topo López.

Ni dudarlo, gracias Topo: voy a hacerlo con una sonrisa.

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Fragmento de Leyendo al Celta de Vigo

Para el Topo López, experto en recordarnos dos cosas: que miráramos el fútbol de España y que siempre hay un motivo para la sonrisa.

Ella, nuestra amiga, extraordinaria profe de Letras II, tenía la boca organizada para hablar de Borges. Ellos, sus alumnos, desparejos estudiantes de Letras II, la esperaban con los labios desorganizados pero desatados para hablar del Celta de Vigo. Lógico: el Celta de Vigo le había metido cuatro goles al Barcelona y si eso no era literatura, ficción y realidad al mismo tiempo, la imaginación llevada al arte, ¿qué otra cosa era?

—Borges —arrancó ella, dueña de una biografía larga en las aulas de Buenos Aires, propietaria de unos oídos entrenados en registrar cada resonancia y cada mudez de uno o de mil estudiantes. Ella, extraordinaria, de verdad extraordinaria, que, gracias a esa biografía larga y a esos oídos entrenados, percibió a la perfección la atmósfera de ese instante en el que sus interlocutores ansiaban conversar sobre el Celta de Vigo y no escuchar de Borges.

—Borges —repitió. Repitió y asombró:

—Borges consiguió un empleo en 1938. Entró a la Biblioteca Miguel Cané, en el barrio de Boedo, la biblioteca que, por ubicación geográfica, es razón suficiente como para que la gente de San Lorenzo reivindique a Borges como hincha propio. El que lo había instalado en la Miguel Cané era Francisco Luis Bernárdez. Conocen a Bernárdez, el de “porque después de todo he comprendido/ que lo que el árbol tiene de florido/ vive de lo que tiene sepultado”. Sí, lo conocen: Bernárdez, el que vio al Celta de Vigo.

Ella, nuestra amiga, extraordinaria profe de Letras II, no necesitó recurrir ni a su larga biografía ni a sus oídos entrenados para estar segura de que había provocado un impacto. Sí se valió de ese  bagaje, en cambio, para resolver lo que todo buen docente domina: tras producir el impacto, hay que aprovecharlo. Así que fue por más.

Bernárdez, según aclaró nuestra amiga, fue poeta y argentino pero residió en España y tejió lazos  potentísimos con la cultura de Galicia. Y es difícil que un lazo potentísimo excluya al fútbol. Profe de Letras II no porque sí, profe de las que entiende por qué vale la pena ser profe, sacó entonces de un cuaderno un recorte viejo pero legible de la revista Mundo Deportivo en el que la firma de Bernárdez figuraba debajo del título “La pasión por el fútbol”. El artículo había sido publicado en 1956 y el escritor, luego de evocar sus experiencias como hincha de River y como seguidor de la Selección Argentina, anotaba una memoria suya de 1924: “Hallándome yo en Vigo, tuve ocasión de presenciar el partido en que el equipo nacional uruguayo (recién desembarcado allí para seguir por tierra hasta Francia) consiguió su primera victoria europea al superar ampliamente al conjunto del Club Celta”.

La palabra “extraordinaria” debería usarse sólo en ocasiones extraordinarias porque pocas cosas lo son. Nuestra amiga era una profe extraordinaria y eso sintieron y pronunciaron sus alumnos de esa vez. Sin embargo, ella, de nuevo, experta en su oficio, fue por más.

—Borges —se largó.

Un murmullo parecido a la decepción recubrió las paredes del lugar. ¿Por qué regresar a Borges? ¿Por qué abandonar al Celta de Vigo?

—Borges —insistió ella, imparablemente extraordinaria‒ debió ganar el Premio Nobel. Quién sabe si no se lo dieron porque le faltó incorporar al Celta de Vigo a su obra.

Otro cachetazo rompió el aire. Campeona de las profes de Letras II, nuestra amiga midió que no era momento para detenerse. Por un segundo, inclusive, se permitió confirmar que no hay fugacidad mayor de magia en la enseñanza que los rostros encendidos de personas que quieren saber. No obstante, el vértigo de la circunstancia y su propio entusiasmo le impidieron extender esa reflexión.

“Pregunto”, enunció. Y, en efecto, preguntó:

—Los muchachos que le dieron el Nobel al español Camilo José Cela en 1989, ¿no habrán considerado en su determinación los versos que ese hombre le dedicó al Celta de Vigo?

Respuestas no hubo, pero ella, extraordinaria, recitó la estrofa de cierre de “Viaje a USA”, del premiadísimo Cela: “¡Viva España y La Coruña,/ y los pimientos de Padrón!/ ¡Que viva el Celta de Vigo/ y don Jorge Guasintón!”.

Desde luego, esos versos no hubieran funcionado como una novedad en un colegio de Vigo, pero en un recinto porteño añadían impacto al impacto. Por eso ella siguió.

—Borges —recargó, con un tono idéntico al de tantas horas de Letras II, idéntico, además, al de las otras veces en las que había mencionado a Borges en esa misma clase.

Nadie en ese espacio le hubiera cuestionado ya nada, aunque, más tenue que estridente, la  vocación por ocuparse de la hazaña del Celta de Vigo se mantenía como una tentación muy superior a la obligación de referirse a Borges.

*Producción del artículo: Marcelo Massarino