domingo, abril 21, 2024
Nacionales

Islas Malvinas, un territorio tatuado en la piel

Por Alain Valfré/El Furgón – El tiempo pasa, el mundo cambia y las personas se desarrollan; pueden hacerlo evolutiva o involutivamente, crecer o decrecer.
Parte del crecimiento se da gracias al intercambio de experiencias: escuchar otras voces, ver otras formas de vida, tocar otras tierras, sentir otras almas; generar empatía.
Hace años tengo las Islas Malvinas tatuadas en la espalda y, recién ahora, quizás entiendo el motivo.
Hace años soñaba con conocer esas tierras lejanas y frías, cercanas y calientes.

Vista aérea de las Islas Malvinas. Foto: A.V.

Este año me anoticiaron de que existía la Capital Nacional de la Vigilia y que era en Río Grande, ciudad de Tierra del fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
Estuve una semana en las islas haciéndome emociones y llorando preguntas. Siete días en Malvinas para pensar en 649 y tantos otros que los acompañaron después.
Según el museo que cuenta ‘su historia’, todo pasa desde 1833, que llegaron los británicos. Antes no existía el mundo.
Según Kay, la mujer que me permitió armar la carpa en el jardín de sus duendes, su historia comienza en 1847, que llegaron sus familiares.

El jardín de los duendes. Foto: A.V.

¿Cómo le explicás a esa mujer que las Malvinas son argentinas? Mostrándole un mapa, tal vez, aunque sabemos que los mapas mienten.
Entonces, le contás que éramos colonia española y que superamos las invasiones inglesas y que hubo una revolución y que nos independizamos con toda la angustia que eso debe haber generado y que después llegaron los ingleses nuevamente a unas islas casi desiertas que no conocía nadie y que no se fueron nunca más y que en 1982 un milico borracho mandó al muere a un montón de pibes, mientras las empresas hegemónicas de incomunicación le mentían al pueblo.
Después de ese tendencioso revisionismo histórico, ensayado en un inglés de mierda, la mujer te contesta: yo no soy británica ni argentina; soy de acá. Y se te queman los papeles.
Ahí nomás, la cabeza cambia. Uno crece. Uno llora. Uno no olvida.
En una playa paradisíaca encontrás a deportistas. Son nadadores que completarán el Desafío del Atlántico Sur, 2km en aguas abiertas y frías, en Surf Bay, una de las costas más orientales de nuestro territorio, al este de la Isla Soledad.
Conviven un campeón mundial, un francés que aprendió a nadar para participar, dos veteranos de guerra, 74 días que no pueden olvidar y el único director de deportes de las islas. Todos nadando, todos ‘malvinizando’.
Como es un verbo inventado, hay tantos significados como pensamientos, aunque todos coinciden en la importancia de establecer un diálogo entre isleños, británicos y argentinos; la necesidad de crear un vínculo independientemente de los Estados. Una cuestión humanitaria.

Participantes del “Desafío del Atlántico Sur”. Foto: A.V.

Así se identificaron 90 cuerpos de 121 ‘Soldados argentinos sólo conocidos por Dios’.
Ahí nomás, la cabeza cambia. Uno crece. Uno llora. Uno no olvida.
Llegó el 1° de abril. Me acerco a la Vigilia; muchísima gente. LLuvia. Frío. Llantos. Abrazos. Recuerdos. Vidas. Muertes. Héroes. Villanos.
La costanera con aviones y cañones y banderas y militares. La cuna del Batallón de Infantería Marina N° 5, de Río Grande. A mí no me gustan esos uniformes; me acuerdo de Santiago, que hace ocho meses lo asesinó Gendarmería con complicidad del Estado. Se me aparecen los desconocidos rostros de los pibes que, cada 23 horas, son víctimas del gatillo fácil; se me aparecen los desconocidos rostros de los 649 pibes que fueron víctimas del dictador escabiado.
Las sirenas marcan las 00.00hs y suena ‘Aurora’. Menos mal que nunca la aprendí; no me agradan las marchas militares.
Se disponen a Izar la bandera. Cantan el himno. Un padre sin hijos da una misa. La gente acompaña las oraciones. El cura lamenta las muchísimas vidas que se perdieron en combate; yo pienso en las muchísimas vidas que se pierden en la clandestinidad.
Hablan de la protección de dios. Me pregunto, irónicamente, quién tiene más vacaciones: ¿él o el presidente?
Un referente de los veteranos de guerra lee un discurso. Agradece a los presentes; explica que la lluvia no impide la vigilia porque serán unos minutos, en comparación con los 74 días que aguantaron los soldados. Destaca la presencia de la gobernadora y critica su nula oposición a la desmalvinización del gobierno nacional. Al final, le recuerda que estará a disposición, junto con el pueblo, para reclamar los derechos sobre las islas. Kay no sabe nada de lo que está sucediendo; Mauricio tampoco.

Islas Malvinas, campo de batalla. Foto: A.V.

Las palabras pronunciadas honran la memoria y el coraje de los caídos y heridos en Malvinas; a su vez, reivindica los valores de las fuerzas armadas. Indica que el enemigo es Inglaterra y que Macri está completando el despojo que firmó Carlos Saúl en Madrid, en 1990.
Entonan la Marcha de Malvinas; no las hemos de olvidar.
Vuelvo caminando con lluvia y frío. Hace tres meses me fui de mi casa; estoy a más de 3000km de distancia. Respeto y comparto; reivindico. Respeto y no comparto; entiendo.
Ahi nomás, la cabeza cambia. Uno crece. Uno llora. Uno no olvida.

En el campo de batalla. Foto: A.V.

A los argentinos, nos enseñan que las Malvinas son argentinas; a los isleños, les marcan el pasaporte con el logo de las Falklands, territorio británico de ultramar.
Comprendo que malvinizar no es lo mismo para un veterano de guerra y para otro; no son las mismas formas.
Mi cabeza cambió. Crecí. Lloré. No olvidé.Sostengo el reclamo de soberanía. Siento que las Malvinas son argentinas. Pienso en Kay y los 2500 habitantes de las islas. Recuerdo que hay una base militar con 1500 soldados en un territorio que no es suyo. Repudio la colonización, la guerra, las fuerzas de inseguridad y las empresas hegemónicas de incomunicación.
Admiro al pueblo en la calle.
Estoy ahí porque mi cabeza cambia. Crezco. Lloro. No olvido.

El autor en el cementerio de Malvinas