jueves, julio 18, 2024
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“La Mala…”, un thriller urbano de nuestros días

El Furgón – “La Mala. Novela Negra”, es el nuevo libro del escritor Demian Konfino, publicado por Ediciones Ciccus y que se presentará el próximo lunes 6 de noviembre a las 17.30 horas en el Salón Auditorio AEFIP, en Perón 1485, ciudad de Buenos Aires.

En “La Mala…”, se relata una intensa relación entre dos jóvenes villeros que mezcla ternura y furia, mientras la marginalidad acecha. En su novela, Konfino se mete de lleno en el narco y la corrupción policial, actores de este denominado “thriller urbano”.

Konfino, nacido en 1982 en Quilmes, es abogado y militante popular, y entre obra se destacan “Hasta el amanecer de Tupacamaria”, “Villa 31. Historia de un amor invisible” y “Patria Villera. Villa 31 y Teófilo Tapia: Historia de una lucha”.

En el Furgón presentamos un adelanto de “La Mala…”.

Once corchazos. Los escuché a todos. Uno por uno. El primero partió la noche en dos. El último iniciaría una agonía, una esperanza y una búsqueda tan dolorosa como jodida. Temí que fuera lo que yo pensaba. Sabía que lo era.

Salté de la cama, abrí la ventana de mi habitación, saqué la cabeza y miré rauda en dirección a la casa de Leo. Una moto alta y negra me respiró en la cara, como una ráfaga. Casi me arrancó el cogote. Me distrajo y giré para putearlo. A la distancia divisé sobre la moto una espalda ancha, envuelta en un camperón oscuro, azul o negro, con el inconfundible logo de Adidas en blanco, y la nuca de un casco claro con llamas de fuego pintadas en naranja, rojo y amarillo.

Me sobresalté, más todavía. Venía por Calle 13. Del lado de lo de Leo. Parecía iniciar la carrera de una fuga. Me perseguí, en ese momento. La puta madre. Me puse la última campera que me había regalado Leo. Cacé unas llantas que andaban tiradas al pie de la cama y salí. No les dije nada a mis viejos. Pero por el ruido, involuntario, que me mandé al cerrar, al poco tiempo me enteraría de que los había despertado.

Pegué un pique de olimpiada para recorrer los, ¿qué sé yo?, ciento cuarenta metros que separan mi rancho del de Leo. Porque en el barrio no se mide en cuadras como el resto de la ciudad. Tenés que calcular los metros a ojo. Cada manzana mide diferente.

Fui esquivando los charcos de la lluvia de la semana anterior, según se dejaron adivinar por algún foquito aislado. Parece que estamos condenados al barro. No sé por qué, pero aunque no llueva en todo el mes, en mi barrio siempre hay tramos de barro en las calles y los pasillos.

Me agité y sentí fuerte los latidos de mi corazón. Cuando estaba por llegar, a unos veinte metros, adiviné la espalda de Marcelo, el papá de Leo, arrodillado, como agarrando algo hacia adelante. O a alguien.

La concha de su madre. Me quise cortar las tetas. No tuve dudas. Lo que estaba agarrando Marcelo era el cuerpo ensangrentado de Leo, su hijo, el amor de mi vida.

Creo que trastabillé o intenté desmayarme. La cosa es que comí barro pero me paré enseguida y me arrodillé. Por puro instinto junté las palmas de la mano y me puse a rezar. Fueron segundos. La virgencita de Caacupé andaba en la suya y yo me sentí ridícula. Mi pibe ahí tirado y yo quieta como una pelotuda. Me puse a llorar. Desconsoladamente. Me agarré la cabeza y me tapé la cara.

—¡Leo! –Gritó mi alma, sin pedir permiso.

Marcelo torció el cuello y me hizo un gesto raro. Como que me acercara entendí. Levanté la jeta y vi varias cabezas que se asomaban desde los primeros, segundos y hasta terceros pisos levantados por sus propios dueños. Insinuaban consternación. O eso comprendí yo.

La noche ya no era silencio. Un murmullo empezó a colmar la zona. Algunos vecinos se animaron y salieron de las puertas de chapa de sus casas sin revoque y se acercaron a donde yo debía llegar.

Me volví a incorporar y enfilé, decidida aunque lenta. Se me hizo interminable. Metí una gamba en el medio de un charco profundo, hasta el fondo, y casi vuelvo a caerme. No me importó.

Llegué, como pude. Y lo vi.