martes, julio 16, 2024
Cultura

“Cuando la denuncia social se vuelve más importante que la trama ahí estás cometiendo un error”

Gustavo Grazioli/El Furgón* – En la escritura puede mencionarse la palabra perseverancia, corrección, lectura y creatividad, entre otras. Aunque todo esto no garantice nada para la obra, sí delimita la cancha y deja en claro que la escritura es un trabajo de todos los días. Y esta introducción quizás es una pilcha que le queda bien al escritor y periodista Horacio Convertini, que después de haber probado con varias actividades laborales finalmente pudo dar en el blanco, mediante trabajar mucho sus textos, y convencerse de que ahí había algo que lo relacionaba con la literatura.

Leer a Convertini es pararse dentro del campo de la literatura negra pero sin necesariamente determinarlo exclusivamente en ese género, porque sus trabajos también son capaces de meterse en otros terrenos donde intervienen elementos que no tienen relación con el delito o la violencia social. Lo que sí es cierto es que este escritor comanda muy bien el territorio de los bajos fondos y la traición. Muchas veces parece estar escribiendo dentro de una cámara oscura y desde allí formar la cartografía de esos personajes sublevados ante toda mirada civilizatoria. “La mina era una lady todo el día, allá abajo, en su mundo de ricachones, pero a la noche empastillaba al marido y subía a garchar conmigo, la perra”, dice el capítulo “Mina de oro” en su novela New Pompey, para clarificar toda descripción posible de su obra. En ese trazo conviven el amor y la derrota, pero en una línea delgada que se recuesta en los derroteros que saben ser fracasos, que fueron bien acomodados en el taller de Pablo Ramos.

Convertini vive hace más de 20 años del periodismo, es editor de la revista dominical Viva que sale en el diario Clarín. En su carrera de escritor recibió múltiples premios muy importantes, como a su novela La soledad del mal que recibió el galardón Azabache y el premio Silverio Cañadas en la Semana Negra de Gijón. Además publicó un libro de trece relatos titulado Aguante (Notanpuan), los cuales varios de ellos han sido premiados por separado.

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-Tu intimidad con la palabra escrita se sabe que está presente por tu trabajo en el periodismo. Pero, ¿cómo surge esa relación con la literatura y cuál es el disparador que te llevó a publicar?

-En el algún momento me di cuenta que tenía una necesidad, entre veinte comillas, de tipo creativa, que el periodismo no terminaba de darme. Me gusta mucho la profesión, el oficio de periodista es un lugar donde me muevo con soltura, pero mi carrera había tomado un rumbo que se separaba de algunas necesidades internas que tenía. Fui buscando alternativas de todos los modos: escribía cuentos en casa y, en general, lo que hacía era ser bastante críticos con ellos y los rompía una y otra vez. Paralelamente, en algún momento intenté escribir guiones de cine, de hecho tengo un par de guiones escritos que traté de mover. En la prehistoria, al comienzo de mi labor como periodista, probé con guiones de historieta, pero siempre dándole una gran preponderancia al trabajo porque era el que me permitía pagar las cuentas. Hasta que finalmente, más o menos hace diez años, empecé a no romper los cuentos porque entendía que tenían un poco de valor y se los mostraba a compañeros que escribían. A Alejandro Caravario, por ejemplo, que es un extraordinario escritor. Las buenas respuestas me fueron entusiasmando, aunque todavía tenía bastante miedo escénico. Ya no era un pibe, tenía 45 años. Es decir, cuando tenes 20 podés probar cualquier cosa (vendí helados en Mar de Ajo, tuve una galletería en Once) y no te importa fracasar, pero cuando son cuarenta y pico el miedo es mayor. De todas formas, en esa búsqueda de tratar de seguir por ese camino que había encontrado, aparecieron dos canales que fueron simultáneos y muy productivos para mí: uno fue el taller de Pablo Ramos y el otro los concursos literarios.

-¿Y entre los trabajos que tuviste primero, de tipo emprendedor, donde aparece el periodismo?

-El periodismo surge, también, como consecuencia de fracasos previos. La realidad, si bien en mi casa se leían diarios, es que de pibe ya me gustaba escribir. Cuando voy a dar charlas a los primarios siempre cuento que la tarea que más me gustaba era algo que se llamaba composición. El problema es que yo no relacionaba que ese gusto estaba enlazado con la literatura. Leía, sí. En casa, también, se compraban libros, revistas. Era un tipo lector pero no veía esa relación más que como un pasatiempo. En la secundaria tenía una presión familiar por seguir una carrera tradicional. Mi hermana mayor se recibió en Medicina en tiempo récord, con medallas de oro y qué sé yo, y había un poco de presión para que vaya para ese lado, pero la verdad es que era bastante tiro el aire, no tenía una vocación. Me gustaba ir a bailar, salir con chicas, jugar al fútbol y todas esas cosas. Entonces en cuarto año, sin tener la menor idea qué estudiar, tuve una profesora de psicología que daba la materia como si fuera un cuentito, cerraba todo, y dije: “Voy a estudiar psicología”. Fue una manera de satisfacer a mis viejos y a mí mismo. Pero cuando estaba en quinto año, un profesor que había tenido en geografía se metió en el aula y nos dejó a todos un volante que decía: “¿Te gusta el periodismo? Podes estudiarlo en el Instituto Grafotécnico…”. Fue la primera vez en mi vida que me di cuenta que los diarios y revistas que leía, como El Gráfico, Gol, Clarín o Humor, los hacía alguien, que no salían por generación espontánea. Ahí había un oficio. Un oficio chico, que no estaba de moda, que nadie conocía muy bien (incluso mis padres, amigos) y lo registré, pero en ese momento quedó varado porque empecé a estudiar psicología. Estudié dos años y al primer bochazo que tuve abandoné. Ahí volví a recordar el volante sobre periodismo e hice el ingreso en el Círculo de Periodistas Deportivos, y al toque ya supe que eso era lo mío. Me puse a producir notas con los compañeros y trabajé ad honoren para una revista de handball. Me iba a cubrir partidos a lugares lejísimos.

-En la composición de los personajes de tus historias se notan ciertos hilos que tiene que ver con buscar un lugar de pertenencia. Por ejemplo, el personaje Cali de tu novela New Pompey.

-En ese caso, puntualmente en New Pompey, hay una construcción que está muy cercana a los personajes que me rodearon en la adolescencia. Trabajé más que nunca con escenarios que tienen que ver con mi vida: la casa de Cali es mi casa, el club que aparece es adonde yo iba, pero no deja de ser una construcción deformada. Hay mucho del folklore de la fantasía y de los valores del barrio donde vivía a fines de los setenta. Esa cosa machista, futbolera, de degradación del otro y, al mismo tiempo, de fuerte compañerismo, de sacar la cara por vos. Es esa mezcla extraña que por un lado te beneficia y por otro te puede llegar a perjudicar.

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-¿Fue una especie de deuda relatar el territorio donde creciste?

-Por ahí no funciona conscientemente como una deuda, como una operación para saldar una deuda del pasado, pero en algún plano eso se termina expresando. Particularmente estoy muy vinculado a ese barrio, a esas calles. Ahora es un barrio totalmente diferente, muchos de mis amigos ya se han ido y dentro de eso, un poco, fui uno de los primeros que se fue y queda como un hilo que no termina de cortarse con esa historia.

-¿Lo sentís como un abandono?

-No, pero sí es cierto que no volví más ni quiero volver, pero al mismo tiempo sé que me dio un lugar de pertenencia, un orgullo. Ser de Pompeya me diferenciaba de otra gente, no me hacía mejor y probablemente muchas de las cosas que aprendí en el barrio no eran para hacerme mejor. Pero es cierto que me sentí incluido en un momento donde era muy difícil sentirse parte, vamos a decir, de un colectivo. Y tuve una preciosa adolescencia, con todo lo que eso significa. Cuando me acuerdo cosas de esa parte de mi vida, digo: hoy estaría en TN o C5N catalogado como un niño bestial por ciertas cosas que hacíamos (risas).

-Con respecto a los premios literarios, ¿qué importancia crees que tienen en la formación de un escritor? ¿Son necesarios?

convertini-4-En mi formación tuvo mucha importancia porque me dio confianza. No me permitía, interiormente, fracasar de nuevo. No había podido avanzar en las historietas, porque cuando había construido un personaje, lo había escrito, y lo tenía que llevar a Editorial Columba –era en esa época–, pero me había salido otro trabajo en un diario y no fui a la entrevista con la editorial. Aposté todo al laburo. Y con el cine pasó algo similar, además de que me encontré con que es una industria muy complicada para acceder. Más allá de que el guión podía estar bien y que había actores que querían filmarlo, era meterse en una especie de túnel que no llega a ningún lado. Por eso en la literatura no quería eso. Sabía que necesitaba interiormente algo, necesitaba focalizarme porque me sentía grande y fuera del palo. No era un tipo que había estudiado literatura o que tuviera amigos escritores. No conocía a nadie. Necesitaba probarme, ir confrontando para ver si estaban las agallas, la técnica, la fuerza y la perseverancia. Por eso decidí que los premios literarios eran una forma muy cómoda y anónima de afrontar el rechazo, porque si rechazaban el cuento era de alguien que escribió con un seudónimo y no mío. Estaba mediatizando la posibilidad de fracaso. Lo que pasó es que empecé a tener resultados rápidamente y fue una motivación. También fueron una forma de trabajar los textos, porque muchas veces a los que no eran seleccionados los agarraba y los volvía a ver para tratar de ubicar lo que faltaba. Era una zanahoria para trabajar permanentemente con una enjundia extraordinaria. Me levantaba a las cuatro de la mañana a escribir, era un torbellino de laburo. Gran parte de lo que tengo publicado nace en esa época de participar en los concursos. El primer texto que va a salir publicado, que no tiene que ver con ese comienzo turbulento y que tiene que ver con mi actualidad, va a salir el año que viene por Alfaguara. Es una novela que se llama Los que duermen en el polvo y es un trabajo de esta nueva etapa, donde la furia creativa ya no depende de los tiempos de concurso.

-¿Que te asocien con cierta literatura negra o policial te estructura para trabajar?

-No, me llevo bien porque ese fue un mundo, un club, el de la literatura negra, que a mí me arropó sin que fuera nadie. Me dio un lugar y ese tipo de reconocimiento fue fundamental. Le debo lealtad a la troupe de escritores negros porque me dieron una identidad que no tenía.

-¿Por qué pensás que eso se dio así?

-Leía literatura negra como leía cualquier cosa y yo no tenía registrado que escribía literatura negra, o que podían encuadrarse dentro de ese género. Con mi novela La soledad del mal, que era un texto que ya estaba a punto de detonar y desarmarla porque veía que no funcionaba, aparece la convocatoria del premio Azabache y dije: “Me voy a tirar un lance acá”. La trabajé para ese concurso y ganó. Al ganar empezaron aparecer invitaciones a festivales de novela negra, conocí escritores de ese palo. Esa novela, al año siguiente gana un premio en La Semana Negra de Gijón. En poco tiempo empieza a aparecer de todo, pero no me considero un escritor de policiales estrictamente. Sí soy un escritor que aborda la violencia, el delito, pero como circunstancia de una vida en concreto, es decir de ese personaje.

-Puede verse muchas veces como un espejo de las miserias sociales…

-Con eso hay que tener un poco de cuidado, porque en los encuentros negros todos repetimos: “La literatura policial es la literatura política o, del genero, lo más político que hay porque es una literatura social. Denuncia los arrabales más podridos de la sociedad capitalista, etc”. Entonces, digo, hay que tener cuidado con eso para no transformarnos en lo que se transforman algunos músicos, cuando les hacen creer que sus canciones son como crónicas de las realidad. Cuando esa denuncia social se vuelve más importante que la trama y que el texto, ahí estás cometiendo un error. Por eso, el riesgo es cuando se cree que la literatura negra tiene un deber denunciante o tiene un deber de señalar las inequidades de la sociedad, porque se corre el riesgo de olvidar lo literario. Además hay géneros específicos para trabajar eso. Existe el periodismo narrativo que está tan de moda. Las crónicas te van a decir con datos concretos de la realidad y con investigaciones.

*Fotos: Julieta Gómez Bidondo