lunes, abril 22, 2024
Cultura

La Patagonia de Bayer: una anécdota

Guillermo Saccomanno/El Furgón – Fue hace unos años. Viajábamos con unos compañeros de la CTA Neuquén a Chos Malal con motivo del Día de la Memoria. El Nano, Joaquín, Fabián y yo salimos de Neuquén a las seis de la tarde de ese jueves. Encaramos hacia el norte de la provincia. Todavía pegaban el sol y el calor. Las ventanillas cerradas por el polvo. Cada tanto, los recordatorios del Gauchito Gil. Cerca de un puente hay uno menos mágico y más realista, el de Fuentealba, el maestro asesinado en un corte. Como años antes lo había sido Teresa Rodríguez. Esos dos nombres, tan Neuquén. Pronto va a atardecer en la planicie. Pasamos por Plaza Huincul y Cutral Có. Ciudades con historia petrolera. Cuando la ruta se hizo avenida, al cruzarla, una vidriera: “Escuela de Baile del Petrolero”, decía. Seguro que pertenecía a una época arcádica, cuando el petróleo era todavía nuestro. Joaquín me indicó, no lejos, un campamento abandonado. “El campamento uno”, aclaró. Fabián sacó una foto. Anochecía cuando hicimos un alto en una YPF polvorienta a la salida de Zapala. Viajábamos a Chos Malal para dar una charla. El Nano, maestro militante, hablaría de su pasado como detenido desaparecido. No se consideraba, no se considera, una víctima. “La memoria es siempre una proyección de futuro”, repite a quien quiera escucharlo.

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Sorprendía encontrarse con militantes sindicales como el Nano, Joaquín y Fabián, militantes de “clase” en un tiempo de sindicalistas empresarios y terratenientes. En la ruta, entrando en la noche, pasamos Las Lajas y, cruzando el paisaje estepario, el puente sobre el Río Agrio; y al costado, parajes como Churriaca. Joaquín señaló, a lo lejos, unas lucecitas: una comunidad mapu. Teníamos todavía un buen trecho hasta Chos Malal. Los faros iluminaron un ensanche de la ruta cruzando la nada oscura. La ruta se transformó en pista de aterrizaje. “De la época de los milicos”, dijo Joaquín. “La ensancharon para usarla como pista”. Eran casi las once de la noche cuando llegamos a Chos Malal, Corral Amarillo en lengua mapuche. Debe su nombre a los radales y maitenes que la rodean. En su origen, paso cordillerano fronterizo obligado del arreo, el comercio y el contrabando, fue la primera capital de Neuquén. Al entrar al pueblo, que se modernizó apenas, se veían las casas de adobe y el agua fluyendo suavecita por las acequias. Pero se oían nítidos los pasos en las calles de tierra y piedra. Esa noche tibia de marzo se tenía la sensación de que no pasaba nada. Sin embargo, pasaba. Porque desde 2004 la Liga Estudiantil del Norte, que reúne jóvenes de aquí pero también de Buta Ranquil, Andacollo y otras localidades del norte de Neuquén, había empezado a generar una nueva conciencia reclamándole a la Universidad del Comahue un asentamiento permanente en la zona norte. Y ahora, también por esto vinimos, Chos Malal se preparaba para celebrar la semana de la memoria. Nos esperaban charlas y debates recordando el golpe del 24 de marzo. Y no hacía falta decir el año. Porque al decir 24 de marzo siempre es 1976. Trágicamente siempre. En la casa de la CTA nos recibió la compañera Mari. Orgullosa y contenta nos mostró la casa nueva. Me llamó la atención una pared blanca con una sola foto: Osvaldo Bayer en la puerta de esa misma casa, recién estrenada. “Bayer estuvo acá el año pasado y otra vez hace unos días”, dijo Mari; lo que no me sorprendió. A Bayer lo he encontrado más de una vez en Aeroparque o en una Terminal de ómnibus. El destino: la Patagonia. Cada vez que viajo a la Patagonia –y lo hago al menos dos o tres veces al año–, me entero de que Bayer anda cerca. Ahora, en Chos Malal, se repetía la anécdota de un encuentro cercano. Porque aunque no estuviera ahí, su presencia se hacía sentir. Unos días antes, un profesor de literatura había programado La Patagonia Rebelde como lectura obligatoria. Después de un diálogo con una audiencia nutrida, las pibas y los pibes se abalanzaron a pedirle que les firmara sus libros. Antes de firmar y dedicar, Bayer les preguntaba a los pibes qué habían leído, hasta qué parte habían llegado. Un compañero lo interrumpió a Bayer: lo esperaba un asado. Pero al escritor no le importaba tanto el agasajo como hablar con los jóvenes, escucharlos, averiguar qué pensaban, cambiar ideas. Me demoro ante esa foto de Bayer. No hay pueblo de la Patagonia por donde uno pase en el que antes no haya estado Bayer. Pienso en Tolstoi: quería ser recordado antes como autor de libros de lectura que como el autor de Ana Karenina y Guerra y Paz. No creo equivocarme: hay algo tolstoiano en Bayer. Mientras en los ámbitos tilingos de lo académico y lo palermitano se discute el sentido de la literatura, sin hacer alharaca, Bayer recorre la Patagonia, anda por los pueblos más chicos, conversa con sus lectores y prueba que la literatura puede ser otra cosa: una causa. No es poco.

*Guillermo Saccomanno, escritor, colaborador de Página/12 desde hace años. Algunas de sus novelas son 77 (2008) y El oficinista (2010) – Artículo publicado en revista Sudestada N° 108 – Fotos: Julieta Gómez Bindondo y Mariana Berger