sábado, mayo 18, 2024
Cultura

De El río a Batán: la literatura de Débora Mundani

Juan Bautista Duizeide/El Furgón – Honoré de Balzac, la bestia que creó la Comedia Humana en intensos insomnios regados por hectolitros de café (de máxima pureza), aseguraba escribir a la luz de dos verdades eternas: la monarquía y el catolicismo. Y sin embargo, más allá de sus intenciones y convicciones, tal era su fuerza visionaria, tal la vida de sus criaturas, que Marx y Engels señalaron que es mejor leer a Balzac que a los historiadores y demás catedráticos para estudiar el alma burguesa (creo que no usaron esta palabra sólo por un prejuicio positivista de época).

el-rioSospecho que Débora Mundani no escribe a la luz de ninguna verdad eterna. De lo que estoy seguro es que las verdades de las ciencias de la comunicación aportaron bastante para construir su narrativa, pero sin dejarla caer en los platonismos de la estadística. Ni el isleño de la novela El río ni la familia de Batán son promedios de nada. Esa tentación sociologista que ahoga la alteridad, la unicidad, la poesía sin las cuales no hay narrativa que levante vuelo. Precisamente que sobre sus personajes no pese ninguna sobre determinación es una de las razones por las cuales sus novelas logran hablar acerca de lo real con un sesgo único. Con lo cual, además, reactualizan la cuestión del realismo. Que no es unívoco, y que por supuesto no se define por una mera relación con el referente (como si se pretendiera definir al surrealismo, por ejemplo, sólo a partir de su relación con lo onírico dejando de lado sus procedimientos).

batanEn el caso de Mundani, creo, se trata de un realismo sensible. De raíz contiana. Obvia en el caso de su primera novela El río que se abre con un acápite del cuento Marcado: “El río es memoria”, y transcurre en el territorio por excelencia del primer Conti. En su segunda novela, Batán, es menos evidente esa influencia, pero está. Bien asimilada, profunda. Nunca como guiño o jactancia, sino como necesidad. Esa historia de una familia argentina entre la guerra de Malvinas y los inicios del siglo XXI, contiene pasajes que bien podrían figurar en Sudeste. Como cuando se refiere al Gordo -hermano drogón, siempre fugitivo, rockero y luego cumbiero, de la narradora-: “Como si sus pocas cosas fueran símbolo de algo. Con el tiempo, él mismo se había ido transformando en esas pocas cosas. Nada tenía para llevar de un lugar a otro sino ese constante malestar, esa sensación de vivir fuera de foco…”. Desde que leí eso, nadie me saca de la cabeza que El Gordo es el Boga perdido en la ciudad de la furia.

Encima, Batán tiene uno de los inicios de novela más entradores de los últimos años: “Mi viejo se hundió el mismo día que el Belgrano”.