viernes, junio 21, 2024
Cultura

Martín Di Lisio: “Con el paso del tiempo empecé a escribir más desde lo íntimo”

Por Marvel Aguilera/El Furgón –

El autor de los libros de cuentos Hacerse agua, Distancias y Pictografías debuta en la novela con Paraguay, una historia nocturna que lidia entre el acecho de la muerte, la rutina y los recuerdos de infancia, un relato donde la memoria es el punto de partida para afrontar el presente.

Es una tarde nubosa y fría de viernes en el bar de Arévalo y Gorriti, en Palermo. La mesera insiste en acercar la carta, pero las opciones de café exuberan presunción y finura. Hay un clima de pereza que rebota entre las caras desganadas de los que alrededor hablan de la oferta “progre” de un barrio transformado en brillantina. “Estaciono y voy”, dice Martín Di Lisio que está hace pocos días en la Ciudad y que en unas horas leerá en el ciclo Siga al conejo blanco. Su primera novela, Paraguay (Alto Pogo), ya fue presentada en Tandil, la localidad donde vive desde hace un tiempo, a instancias de la feria del libro “Minga”. Uno de los tantos eventos literarios que buscan llevar el trabajo de las editoriales pequeñas fuera del circuito porteño. Di Lisio cuenta que la experiencia lo sorprendió gratamente, más allá de las apuradas en presentar su libro junto a Luciana Strauss, al ver que los lectores conocían el material, ya sea por las redes sociales o los talleres literarios que allá funcionan.

La oscuridad te estruja hacia dentro, quedás aislado del mundo y la imaginación se apodera de todo, dice Al Alvarez en La noche. No es un axioma, pero hay una sensación intuitiva: la libertad creativa está asociada al silencio nocturno, yuxtapuesta al lapso en que los sueños emergen. Paraguay es una novela que transcurre en seis noches. Las horas en vela de Cáceres, que espera el despertar de su hermano en la pieza de un hospital, se convierten en la entrada a una realidad alternativa, una que rompe la monotonía de una rutina gris donde la pesadumbre carcome los recuerdos. Un taller mecánico conurbano y un puñado de marginados liderados por Molina pasaran a ocupar el espacio vacío de Cáceres: a llenar de emoción y de deseo el transcurso de su existencia, a generarle desafíos, a hacerle preguntar por su lugar en el mundo. En esa reconversión, donde el presente adquiere una impronta de misterio, Cáceres se verá envuelto en una discusión con sus orígenes, con el desalojo de su familia en Asunción y la distancia con su hermano. Un planteo necesario para entender que la realidad se construye desde lo colectivo y que, en todo caso, el interrogante es sobre el lugar que estamos dispuestos a ocupar en la vida de los demás.

Martín Di Lisio. Foto: Dante Fernández

El Furgón: – Si bien Paraguay es una novela puede ser leída como un cuento largo, ¿en dónde crees que radicó la diferencia para la elección?

Martín Di Lisio: – Yo vengo del cuento, tengo dos libros editados. Pero en un momento empezaron a aparecer historias que se hicieron mucho más largas, y con un desarrollo de personajes. Además de capítulos muy claros. Generalmente no suelo escribir más de cien páginas, justamente lo que estoy escribiendo ahora también va en esa línea. El hecho de pensar  Paraguay como novela tiene que ver con que se me vino a la cabeza cierta subtrama, no había una unidad de efecto como en la vieja escuela. El cuento para mí es una pared de ladrillo muy sólida. La novela, en un principio, no tenía nombre, eran las seis noches del personaje saliendo del hospital, faltaba un marco. Después de unos años la volví a agarrar, y el formato novela me permitió meterle otro presente que no tenía y una historia alternativa que marcó el recuerdo en la infancia y adolescencia del protagonista.

E.F: – Es cierto que la historia no gira en torno al destierro, pero hay un punto de partida que él vive recordando, el exilio tras el desalojo en Asunción.

M.D.L: – Hay una lectura que yo hice después, posterior a la escritura, donde veo que, si bien no es la historia de un migrante (aunque la fuera, no es el centro) esa poca conexión que hay con el hermano es lo que lo conecta a su propia historia: la de los abuelos y el desalojo de su casa, la de vivir en pensiones hacinadas. No quise hacer una novela sobre el migrante en problemas, pero tampoco una novela hospitalaria. Me sirvieron de puntapié y de base para darle entidad al personaje, para que pise, para su pasado y presente.

E.F: – ¿Hay una crítica implícita a la rutina y la imposibilidad de romper lo previsible?

M.D.L: – Está bueno eso de la rutina. Hay una pregunta que me surge, ¿qué pasa con él durante el día? Porque lo que se sabe es de las noches, que son algo rutinarias, y se cortan a partir de que tiene que ir al hospital para curar a su hermano. Eso es lo novedoso. Yo como escritor me dije que si no me importaban los días del personaje menos le iban a interesar al lector. Los días se pueden contar con un puñado de frases, no hay nada. Tiene un laburo más rutinario que el de las noches, pero a pesar de las repeticiones esa comunidad con la que se encuentra de sorpresa tenía, aún desde la marginalidad y el frío, ciertas normas, creencias e incluso un arte que le dan un poco de vida y rompen con ese tipo de noches. Hay un escape ahí. En esa rutina él encuentra una escapatoria, algo para hacer.

E.F: – Y un punto de llegada en ese encuentro con una familia alternativa que lo adopta.

M.D.L: – Es como un refugio. Y pasa todo en seis noches, donde él va integrando esa especie de comunidad, y a su vez está tratando de entender. Me pasó de empezar a escribir la novela en primera persona y tener dificultades, porque Cáceres es un tipo muy callado y parco. Me chocaba contra las paredes. Entonces, con Molina logré esa tercera persona y conseguí que Cáceres fuera entrando de a poco. Molina es un tipo que junta al barrio, que junta a la gente: al sobrino, al senegalés. Es una segunda familia, lejana pero que está. De hecho él va y vuelve a pesar de lo que le pasa. Lo que yo me preguntaba en un principio era qué gancho podía tener Cáceres para ir, qué lo puede atraer. Podía llegar a ser la mujer que aparece, pero en realidad pasa mucho por el aburrimiento, la rutina de estar en un pieza con cuatro enfermos y un hermano que no despierta.

Tapa de “Paraguay”

E.F: – ¿Cuán impregnada está la novela del temor a la muerte?

M.D.L: – La muerte en la novela está todo el tiempo, pero no es el gran drama, más allá de la apatía por la vida. Está en el hermano, el gitano. Le pasa por el costado, también por el mandato familiar y la conexión con el Paraguay. Él no sé si está muerto en vida, pero su presente empieza a tener mucho pasado, tiene que recordar. La muerte es uno de los grandes temas. Cáceres en un tipo con poca iniciativa pero no sé si por la depresión, diría que está en un plano distinto, no es alguien que se aburre por no hacer nada.

E.F: – Hay una referencia ineludible a lo místico y las creencias populares, ¿por qué?

M.D.L: – La creencia popular se puso un poco de moda en la literatura, pero a mí siempre me interesó. Hice un poco de la carrera de antropología y tal vez de ahí venga esa lectura de lo mítico. Me llamó la atención que las sociedades más chicas, en otras culturas, de lejos parece que están en medio de la nada, pero son sociedades más normadas que la nuestra: con reglas firmes, donde uno no se puede juntar con cualquiera, que tienen estipulado qué hacer en tal parte del año. No hay improvisación. El día está normado por horarios o por la puesta del sol. Y acá me parecía que necesitaba una creencia más allá del grupo que marcara la sociedad del taller, tan normada, donde no es que cada uno hace lo que quiere. La virgen, que se ve en óxido del capot, le da  ese algo místico. Es la virgen pero no lo es. Esa cosa cercana uno la busca. En otro nivel, la tumba de Pablo Escobar está llena de flores todos los días. O acá a San La Muerte. También porque se abre la posibilidad de pedir cosas que no son buenas, que tal vez con los santos católicos no se puede. Hay una empatía de la cercanidad.

Martín Di Lisio. Foto: Dante Fernández

E.F: – ¿Cambió algo en tu escritura el mudarte a una ciudad como Tandil?

M.D.L: – Mi temática tiene mucho de lo bonaerense: del pueblito, de la estancia. Mis últimos cuentos fueron escritos en Tandil. Por alguna razón siempre son once -puede que tenga que ver con el fútbol- pero el primero y el segundo fueron de once cuentos, y este tercero que estoy escribiendo también. No sé si cambia escribir desde allá. Trabajo en Tandil en informática, para la Federación de Cooperativas Eléctricas que está en Azul. Entonces, yo suelo viajar a los pueblitos, como Pigüe o La colina que está entre Lamadrid y Coronel Suarez, repletos de caminos de tierra. Y cuando me quedo a dormir en esos pueblos suelo ir a comer al único bar o club que hay ahí. Y siempre aparecen historias. Se juntan dos ideas. Puedo hacer un viaje y aparece una historia o hasta una frase que completa un cuento. No sé si tuvo que ver la mudanza. Me parece que la escritura tiene que ver con algo parecido a la evolución. Uno al principio quiere impresionar. Pero ahora, estas historias son más íntimas, hay un diálogo. Tiene que ver con lo que uno va buscando a cierta edad.

E.F: – ¿Qué recordás de tus primeras aproximaciones a la identificación como escritor?

M.D.L: – Me acuerdo que en la primaria me decían que había que hacer una redacción de dos páginas y yo hacía ocho. Ya me gustaba situar personajes, crear una idea. Hará quince años hice un taller con Marcelo Di Marco, los sábados. Yo llegué escribiendo textos de una página, bastante simbólicos, de una idea. Y después de un año y medio cambié mucho, Pude darles forma y salí escribiendo cuentos. Pero ningún taller es para siempre. Eso ya me definió como escritor. No es un hobby por mas que no pueda vivir de esto. Me terminó de dar los puntapies del estilo, por ahí no sabía qué escribir pero si cómo. Hoy leo mi primer libro, que se editó en 2011, y me gusta, todavía me reconozco ahi, en Hacerse agua. Además, yo no tenía ningún amigo en el campo de la escritura, Con el taller conocí gente que venía de la misma, con muchas ganas. Un año después sacamos la revista Axolotl, una revista online donde sacábamos un anuario en papel, publicábamos cuentos, hacíamos lecturas y un cierre a fin de año con música y poesía. Y ahí conocés gente y te vas armando, también empezás a leer otras cosas. No sé si eso es evolución pero en quince años uno cambia.

Fotos: Dante Fernández