jueves, julio 18, 2024
NacionalesRedacción

El fin de la breve hibernación neoliberal

El triunfo de Javier Milei y La Libertad Avanza (LLA) en el balotaje nos obliga a reflexionar sobre el ciclo político que atraviesa la Argentina. El proyecto impulsado por el economista parecería poner fin a la transitoria hibernación del proceso de neoliberalización. Poniendo paños fríos a la agobiante situación, esta nota intenta aportar algunas puntas al análisis.

La segunda vuelta entre Massa y Milei tuvo un claro e inapelable vencedor: el nuevo impulso del proyecto neoliberal. La transversalidad de la victoria de LLA desde Usuhaia a La Quiaca es cuanto menos abrumadora, triunfando en más del 70 por ciento de las mesas escrutadas y dejando sólo tres provincias pintadas mayoritariamente de azul. En estos términos, Javier Milei se sentará en el sillón de Rivadavia (que en realidad es de Julio Argentino Roca) por los próximos cuatro años. Es momento de poner paños fríos a nuestros cuerpos hirviendo y sacar el ojo únicamente de los sujetos individuales para intentar entender qué está pasando. Cuesta, lo sé. Pero es necesario.

No resulta extraño que la mayor parte de los análisis estén atravesados por datos singulares sobre las características físicas y mentales de Milei o de prejuicios sobre las caracterizaciones sobre su electorado. Es verdad sus perros-clones; el contacto con Conan; su hermana; la espiritualidad; su verborragia agresiva y misógina y la forma de vestir son cuanto menos llamativos. Ahora, nada de eso termina por -ni inicia a- explicar cómo llegamos a este punto. El péndulo aparente que parecía destinado a gobernar estos últimos años se rompió: ni el macrismo logró consolidar sus candidatos, ni el peronismo resistir el embate.

El giro neoliberal y contramoderno no es propiedad de Javier Milei y sus seguidores. Más bien deberíamos hablar de una tendencia de características globales y –que aún– tiene mucho por decirnos (y hacernos). Sin embargo, esto lejos está de sentenciar una correspondencia entre voto y derecha. El hartazgo, en este escenario, parecería haber guionado realmente la contienda electoral.

La historia no se puede analizar en trazos cortos ni individuales. Imposible pensar el triunfo de La Libertad Avanza únicamente por su trabajo desde su conformación en 2021 y la fundación del Partido Libertario en 2019. Tampoco por la gestión (o la falta de ella) de Alberto Fernández. Parafraseando a nuestro favor el análisis de Charles Tilly, sólo podremos comprender la realidad social a partir de pensar grandes estructuras atravesadas por procesos amplios. En este punto se encuentra el quid de la cuestión en el ciclo argentino. Es que, nuestros días, sueños, y noches están atravesados por el triunfo absoluto del neoliberalismo. Nuestras formas de pensar, ver, sentir, amar y odiar también. Aquel programa de disciplinamiento social y económico iniciado por la última dictadura militar ha transformado cuerpos y perspectivas a gusto y piacere. Todos y todas somos hijos e hijas de esa derrota, nacidos, criados –y muchos fallecidos– mirando a través del caleidoscopio neoliberalizado y neoliberalizante.

En ocasiones los relatos recientes olvidan mencionar que el programa político encabezado por Cambiemos en el período 2015-2019 no logró imponer todos sus objetivos. La tercera fase neoliberal, si bien llevó a grandes transferencias a los capitales privados, no terminó por desarrollar el proyecto en su totalidad. El neoliberalismo como destrucción creativa –definición retomada por David Harvey (1) –de la estructura productiva en pos del beneficio de los capitales concentrados quedó,  inconcluso, tal y como suele repetir con constancia Mauricio Macri al indagar en las políticas regresivas que le quedaron en el tintero.

De enunciados y enunciadores

A diferencia de Mauricio Macri, quien asumió prometiendo pobreza cero y menos de seis meses después estaba admitiendo ante grupos empresarios “si les decía todo lo que iba a hacer, votaban por encerrarme en el manicomio y ahora soy el Presidente”, Javier Milei basó la totalidad de su campaña en una motosierra discursiva. El programa presentado fue íntegramente el ajuste. Simplificar el voto nunca es positivo pero, a simple vista, pareciera que el bolsillo y sus constantes agujeros le ganaron al miedo.

El dato recién indicado no es aleatorio. Resulta imposible pensar un proceso sin el otro. Durante el macrismo se establecieron las bases para que un conjunto no menor de votantes decidieran –a sabiendas– votar un proyecto de desintegración de su propia existencia como la conocían. El proyecto neoliberal re-iniciado en 2015 enmarcó los discursos que posibilitaron la existencia de un programa como el que hoy se presenta.

Rupturas y continuidades de un proyecto inconcluso

El motivo por el cual el programa neoliberal impulsado por Macri no terminó de desarrollarse fue la férrea oposición de los movimientos sociales y los sectores de trabajadores en general. Fueron vastos sectores del pueblo –y a pesar de la CGT y parte del peronismo– quienes frenaron en reiterados enfrentamientos sociales las reformas estructurales finales del período. La reforma previsional, antesala de la laboral que el ex presidente de Boca no paraba de vender, fue el muro contra el que se chocó. Sebastián Romero, conocido como “El Gordo Mortero”, pasó a ser un ícono y la imagen viva de la oposición popular. Tan es así que Patricia Bullrich –ayer candidata a presidenta, hoy aliada de Milei– en su rol como ministra, dispuso una recompensa de un millón de pesos por información sobre su paradero y pidió a la justicia su extradición de Uruguay. A su vez, la persecución y cárcel de César Arakaki y Daniel Ruiz son ejemplos claros de que el proyecto neoliberal no cerraba sin represión. Tan es así que hoy en día continúan desfilando en la justicia buscando su absolución.

En las elecciones actuales la novedad parecería ser el envalentonamiento violento de algunos sectores de la fuerza triunfante. Incluido en esto a su máximo referente y toda la primera línea visible y un grupo no menor de jóvenes recién superando la mayoría de edad. Esta característica, a priori, estaría más vinculada a una vuelta de tuerca y un letargo de lo recientemente desarrollado que realmente a algo nuevo. Cabe destacar que el intento de magnicidio a Cristina Fernández de Kirchner no terminó por mover las piezas que debería haber movido. Parecería, en suma, como si el cúmulo de violencia fuera aleatoria y sin vínculo aparente con el resto de la sociedad cuando la realidad demuestra lo contrario.

El aura fascistoide de Milei y su séquito prende todas las alarmas al cumplirse cuarenta años consecutivos del proceso democrático. El mayor tiempo de la corta pero intensa historia de nuestro país. Las campanas de alerta se intensifican, claro está, cuando pensamos en Victoria Villarruel y su ya electo rol como vicepresidenta y presidenta de la Cámara de Senadores. Su figura representa todo aquello que la Memoria, Verdad y Justicia intenta combatir. La historia y sus implicancias no se construyen de un momento para otro y de forma indefinida, a veces solemos olvidarlo. No haber logrado construir una identidad y memoria del pasado con las herramientas necesarias (en cantidad, persistencia y profundidad) para su interpretación constante y continua ha habilitado nuevamente al negacionismo en altos cargos gubernamentales.

En muchos sentidos el sentimiento popular no está errado: ganó el odio. Pero ese resentimiento no se originó ayer. Podría hablarse de su acrecentamiento, pero resulta difícil cuantificarlo (sobre todo hoy, sobre todo ahora). El germen ya estaba ahí, ha sido denunciado con firmeza entre 2015-2019, pero también antes.

Para muestra basta un botón (o muchos). Luego de la muerte de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez durante la explosión por fuga de gas de una escuela en Moreno, se liberaron un conjunto de persecuciones y estigmatizaciones contra los y las docentes, el intento por promover un 0800 para denunciar su accionar y la propuesta de reemplazar a aquellos/as que hicieran paros con voluntarios. A esto se le suma las amenazas recibidas, el amedrentamiento y la publicación de información sensible sobre los trabajadores opositores. Con sólo recordar brevemente el seguimiento, persecución y ensañamiento contra los pueblos originarios, el colectivo de mujeres y disidencias y trabajadores tenemos tres grupos sociales concretos atacados. El pueblo mapuche fue señalado como enemigo número uno, dedicándose no pocos recursos estatales a instalar su figura como la de terrorista. Las consecuencias son conocidas: la muerte de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel y la creación de fuertes campañas mediáticas de desprestigio como punto más álgido. No existió, durante el período, ninguna marcha del 8M que no finalizara con una razzia policial y la detención aleatoria por parte de civiles. Y por si la memoria aún no refrescó podemos recordar los detenidos por tuitear, quienes fueron perseguidos por investigar fallas en el sistema electrónico de votación o hacer periodismo o las detenciones y allanamientos preventivos para organizar el circense G20.

Milei y Villarruel en el canal TN

Si a esto le agregamos la relación cuasi simbiótica entre Bullrich y las fuerzas de seguridad, el panorama vuelve a ser similar al planteado por Villarruel en reiteradas oportunidades. La ‘doctrina Chocobar’, que en este medio se ha analizado con constancia en su vínculo con la “mano justa” retornaría a ser política de Estado. Podemos suponer, de antemano, que retomará la intensidad anterior e, incluso, la aumentará en pos de retomar el proyecto neoliberal inconcluso con un número no menor de nombres y apellidos repetidos en cargos. Ante la imposibilidad de privatizar de manera directa algunas instituciones y entidades con el sello argentino, abogarán por su desfinanciamiento y posterior denuncia por ineficaz. Plan viejo y conocido en nuestro país.

En síntesis: el que fracasó durante el periodo 2015-2019 fue el macrismo, no su proyecto, que nunca fue derrotado. Los peligros de dar por muerto un proyecto antes de tiempo es subestimar la profundidad de su imbricación. Aún más: el período abierto tras el último domingo se da con Mauricio Macri y su estructura a la sombra y Bullrich a la luz. Las implicancias, límites y exigencias bilaterales de lo que algunos periodistas denominaron pacto de Acassuso aún no están muy claras.

La casta en el imaginario mileista surge más como un artilugio discursivo para atacar al peronismo que como una categoría analítica de la política. Ha quedado más en evidencia su ambigüedad que lo que han quedado definidos sus atributos. No es casualidad que si uno hubiera hibernado los últimos cuatro años y se despertara, encontraría los debates justo donde fueron dejados en 2019. Nadie dudaría, entonces, que la breve pausa del proceso de neoliberalización ha llegado a su fin.

De pausas, gobernabilidad y proyectos

El peronismo, por su parte, gobernó con una liviandad total. Casi como si el proyecto neoliberal se hubiera terminado. Una inocencia que, en caso de realmente serlo, se muestra difícil de comprender. Habría que profundizar hasta qué punto el título de esta nota es real y no una exageración para poder debatir. ¿El gobierno de unidad de las tres internas peronistas puso fin a ese proyecto? ¿cómo? ¿cuándo? ¿con qué?

El suspiro que duró la idea de estatizar Vicentin es un síntoma más que una consecuencia. En suma, la agenda neoliberal continuó atravesando tras bambalinas nuestra existencia y en la realidad la pausa hay que agarrarla con pinzas. Lo que se modificaría, tras volver a avanzar, es la dureza del proyecto. La transferencia de las crisis será de lleno para el lado de siempre.

¿Qué decir de la cuarta (¿quinta?) gestión peronista del presente milenio?  En cada aparición en sus últimos meses –que son cada vez menos– Alberto Fernández culpabilizó la embarazosa y desesperante situación del país en dos hechos. Uno de características totales y otro bélico. Esto es: el COVID-19 como primer hecho social total en la historia moderna por un lado y la guerra ruso-ucraniana por otro. Nadie puede negar las complejidades que estas cuestiones han traído a los gobiernos y Estados a nivel global. Ahora, la explicación y el justificativo de todos los males bajo este discurso resulta cuanto menos vago.

El tiempo ubicará los adjetivos y clarificará la trascendencia, pero su rol en los papeles ha sido el de la tibieza, la inacción y la falta de gobierno. Algún que otro historiador o historiadora enarbolará alguna teoría sobre cómo su posibilidad de gobernanza se encontró cercada y en un constante litigio interno entre al menos dos (tres) sectores del peronismo. Una suerte de acorralamiento en su propio movimiento. Allá ellos. Es la historia de un presidente que llegó a obtener una galopante buena imagen (es verdad que en una situación compleja) y dejará su puesto casi sin que nadie sepa qué, cómo y cuándo hace. Un par de frases para la historia, el fin del patriarcado y una guerra perdida contra la inflación y no mucho más.

La gobernabilidad que se abre no será simple. En la previa a las elecciones el mileismo se fue preparando para encender la mecha del arsenal del fraude. Los cañones, incluso, estaban cargados y orientados en un cien por cien para denunciar irregularidades en caso de un resultado adverso. Al igual que sus correligionarios  Trump y Bolsonaro, agitar la varita del fraude posibilita poner en duda cualquier tipo de representación. No sucedió, al menos no del todo, pero no es un indicador menor. Sembrar la duda en los mecanismos de votación vigentes en las últimas cuatro décadas no solo posee una novedad para estas tierras, sino que es advierte una novedosa peligrosidad. En algún sentido es como señalaba en algún texto el investigador Waldo Ansaldi, pedirle pertenencia y acción democrática a estos sectores de la derecha es como encontrarte un japonés con rastras.

Por si esto fuera poco, la composición del Congreso no sería favorable (al menos de antemano) para Milei. El dato lejos está de ser calculable hoy en día. Ha pasado también durante el macrismo, pero diversos sectores del peronismo se han cansado de acompañar sus iniciativas. De igual manera y tal y como señala Federico Dalponte en una excelente nota en Primera Plana la posibilidad de desarrollar cambios estructurales sin el visto bueno de las dos Cámaras es baja, sin embargo, eso no quitaría la posibilidad de modificar drásticamente la vida de todos los habitantes mediante decretos o la administración de los ministerios.

Habrá que ver cómo se desarrolla la falta de convivencia en un mismo espacio político entre la provincia más poblada del país con Nación. Kicillof–Milei tendrán un intenso tire y afloje que no se daba, al menos, desde un lapso del gobierno de la Alianza (cuando Ruckauf-Solá triunfaron estrechamente en la provincia de Buenos Aires). Ante un arrebato –uno más– de Milei y su llamado a cortar toda la obra pública los gobernadores incluidos los del radicalismo y el PRO salieron desesperados a pedir un salvavidas que permita la continuidad de ciertas políticas. El llamamiento a un modelo de obra la chilena, donde el privado se deberá hacer cargo y los distritos buscar su financiación. Ejemplo falseado incluso si se busca cuánto invierte cada estado en esta materia.

“Casta es lo que nosotros decimos que es”

En 2019 el peronismo tuvo la elección servida en una sólida bandeja. Este 2023 estamos hablando de un caso similar para los sectores de la derecha en un sentido amplio. Mera cuestión de presentarse y no hacer el ridículo en demasía. En el primer caso fue por la puesta en venta del país, el segundo por una inacción y acefalia de decisiones gubernamentales en primera instancia y profundización de la crisis previa después. Sea como sea, el famoso empate hegemónico argentino continúa arrasando los bolsillos de quienes vivimos de nuestro trabajo cada un par de años. El movimiento pendular incorporó nuevos protagonistas, los próximos meses nos mostrará cómo se van ubicando.

Una ley social (casi lógica) comenzó a regir en este siglo: cuando los números están en rojo los bolsillos votan oposición. El interrogante trascendental radica en comprender cuánto de este sistemático voto a la derecha se transformará en un voto orgánico a largo plazo.

Quien quiera vender el papel de Sergio Massa como bueno no solo está mintiendo, sino que algo peor, se está engañando a sí mismo. Como candidato pareció serio. Se presentó como un aparente integrante de una familia tradicional ante un soltero extravagante, un constructor de consenso y con predisposición al incentivo del crecimiento económico.

Ahora, la contrastación entre el Massa de todos los días y el Massa que se presentaba al futuro fue una pared inalterable. Es bastante claro, ¿quién podría creer que ese mismo candidato que se presentaba podía llegar a cambiar su desastrosa gestión como ministro? Si uno hace sonar un poco el cascabel todavía puede escuchar con dolor el ruido de las billeteras y los bolsos tras el regalo postpaso de una devaluación pactada con el FMI de un 20%. Y eso solo para iniciar, los números son escalofriantes en todos los sentidos: inflación, indigencia, pobreza, trabajo, desigualdad. Si esto fuera poco, el programa de beneficios para todos los sectores sociales nunca llegó a explicar cómo conviviría con los próximos vencimientos con el Fondo. Pero incluso así, bajo este análisis, el peronismo llegó al balotaje con posibilidad de disputa, algo que debería resultar asombroso.

Seamos claros: las elecciones tenían como fin el voto de algún tipo de proyecto de ajuste (Milei habla del 15 por ciento del PBI con una naturalidad agobiante). Lo que corresponde, entonces, es hablar cómo se presentan los bloques de disputa hegemónica y de poder.

El bloque de los sectores financieros está bastante claro. Habrá que ver cómo se reacomodan al interior del mismo. Estamos ante una reestructuración de la composición de sus partes y de ahí en más la reconfiguración y creación de una nueva alianza. El sector más extremo (por así decirle) se presentaría liderando el bloque en una alianza con lo que quedó tumbando de Cambiemos. Resta saber cómo se dará la recomposición del resto del bloque: qué papel jugarán los radicales, socialistas e incluso aquellos del PRO que optaron por no acatar la decisión unilateral de Macri.

Por otra parte cabe preguntarse, ¿cuántos ex funcionarios del período 2015-2019 asumirán a partir del once de diciembre? ¿Y cuando empiece la danza de renuncias? Garavano, Sturzenegger, Caputo e incluso Bullrich son apellidos que se debaten como si no fueran viejos conocidos para asumir.

Casta es lo que nosotros decimos que es, señalaba en octubre y a modo de chicana el hoy diputado nacional por LLA Agustín Romo. Tal vez una definición para ser analizada en un tiempo. Bueno, si las promesas de Milei son ciertas, tal vez en unas semanas. La argentina distinta impostergable con los mismos de siempre, parecería minuto a minuto más gobernada por los mismos de antes.

Tuit de Agustín Romo

Como siempre, lo que queda por ver es cómo se rearticula el bloque que aboga por la conciliación, que llevó a Massa como su candidato. La restructuración al interior del peronismo se está haciendo esperar al punto de parecer cada vez más lejana. Cristina Fernández de Kirchner vive pidiéndola casi a los gritos. Los cuadros jóvenes no llegan, los viejos no convocan y la retórica se desgasta.

En los últimos tiempos se volvió evidente que el Kirchnerismo no podía seguir viviendo siempre del recuerdo, o al menos esperar un rédito eterno por el pasado. Existe una generación que creció en la parda, alejado de las “bondades” de la primera era peronista en este milenio. En paralelo, sus funcionarios/as mantuvieron su vínculo con el electorado y simpatizantes casi en su totalidad rememorando el periodo presidencial de principios de siglo (sobre todo el periodo Néstor Kirchner). Un discurso que parecería ilusorio hoy en día y resulta cada vez más alejado para los jóvenes que comenzaron a incorporarse a la vida política (por edad o voluntad) en los últimos diez años. La crisis de representatividad, en este sentido, es en doble vía.

Por fuera de todos los discursos y supuestas propuestas, la campaña triunfante (aglutinando fuerzas) se basó en dos ejes: uno ideológico y otro económico. El primero ubicado en las esferas meramente antiperonistas (sobre todo antikirchneristas), el segundo en la galopante inflación y los alarmantes números de pobreza. En lo discursivo bajo el segundo eje (el económico) se subsumió el primero (el de oposición). En términos de formar alianzas esto se modificó, el anti peronismo primó sobre lo económico (sobre todo en lo vinculado a las formas).

El relato suena más problemático cuando se señala que ninguna propuesta o punto programático de LLA o el PRO apuntó directamente a solucionar el eje económico. Más bien lo contrario, la historia se ha cansado de demostrar que este tipo de medidas económicas llevan a un aumento garrafal de la distancia al interior de la estructura social. Esto es: los que más tienen pasan a tener más, los que menos, menos, licuando para abajo y en el proceso a los sectores o las capas medias.

A veces la construcción de experiencias (en términos históricos) logra que nos olvidemos en el cotidiano algunas cosas. Las crisis que suelen desatarse en este tipo de gobiernos tienden a ponernos en la cara las peores miserias de las personas que nos rodean. Y evidentemente no hablo de lo económico. Eso es lógico, es claro y en la memoria histórica está más que presente. Hablo del descubrimiento de la miseria encarnándose en las personas con las que uno se relaciona (por necesidad, afinidad, lazo sanguíneo o contextual). Eso siempre es de profunda tristeza. La apuesta directa de estos grupos de poder es por el quiebre de los lazos sociales y su desgaste. Y en parte, lo terminan logrando.

El lazo social se resquebraja, el pobre señala al pobre y se ríe de su estado, justifica su nueva condición económica, su falta de trabajo, su cesanteo, su hambre. La solidaridad suele volver recién cuando el pantano enterró todas las patas. El trabajador se ríe del trabajador, el almacenero del almacenero. Se comparan salarios, muchos son obligados a justificar el valor de su propio trabajo bajo la mampara eficacia/ineficacia del mercado y se enemista a los vecinos entre sí. La tramoya es tan profunda que logra que se señale la culpabilidad de las de las penurias económicas de manera horizontal y no en vertical.

La solidaridad de clase en estos períodos retoma su carácter primordial. Ustedes podrán decir y con mucha razón ¿cuándo no?

Evidentemente siempre lo es. Pero cuando además de nuestro sustento, bolsillo y vidas lo que buscan es alejarnos de aquellos y aquellas con quienes construimos historia en el cotidiano, debemos redoblar apuestas. No dejemos que desarticulen ese vínculo. Luchemos para que no sea así.

NOTAS

(1) Si bien la categoría proviene de un análisis de J. Schumpeter, Harvey readecua su utilización.

Portada: Foto de la cuenta de Twitter de Javier Milei