lunes, junio 17, 2024
Cultura

Kafkas

I

21.810 palabras le alcanzaron a Kafka para escribir la más asombrosa historia de la literatura y solo una, “Ungeziefer”, para generar y provocar polémicas sin fin sobre en qué tipo de animal se transformó Gregorio Samsa en La metamorfosis.
Para empezar el cuento no dice que sea una chinche, un escarabajo o una cucaracha. Para todos estos bichos, dicen los que manyan del tema, hay palabras más apropiadas en el idioma alemán: Wanze, Käfer, Kakerlak.
Parece ser que Ungeziefer, es una herencia del alemán antiguo y describe criaturas “no aptas para el sacrificio”. Un término genérico que se aplica hoy a cualquier tipo de plaga doméstica, de los piojos a los ratones. Kafka nunca lo aclara, y no es porque se le haya olvidado. En una carta a su editor, en octubre de 1915, el escritor checo advierte que al ilustrar la portada, “el insecto no debe ser dibujado, ni siquiera desde la distancia”. Pero hay algo más interesante aún para la periodista Marta Peirano, jefa del sitio eldiario.es, Ungeziefer podría traducirse por “alimaña”, palabreja que viene a designar también Alemania en el idioma español del Siglo de Oro, (y también en dialecto Aymará!). Luego, Gregorio Samsa despierta esa mañana convertido en lo peor que puede ser: un alemán.
Kafka fue un judío checo que escribió en alemán y que habría muerto en los mismos campos de exterminio nazi que sus tres hermanas, si no lo hubiera hecho unos años antes de tuberculosis, en una playa, junto al mar austríaco. (A Ottilie “Ottla”, la hermana menor, la preferida de Kafka, la deportaron al campo de concentración de Terezín (Theresienstadt, en alemán), a poco más de 60 kilómetros de Praga. En octubre de 1943, Ottla, de 51 años, se ofreció como tutora para el transporte de unos niños hacia un lugar más adecuado para ellos. El 7 de octubre de 1943 llegó Auschwitz junto con 1.260 niños y otros 52 tutores. Ese mismo día todos fueron asesinados en las cámaras de gas).
Conjuros de un cuento inhumano, el lenguaje nunca es neutro y siempre modifica nuestra concepción del presente. ¿Veremos el día en que la cucaracha deje de ser un escarabajo para convertirse en un alemán? ¿Conoceremos alguna vez la estructura mental de esos insectos que, cual funcionarios del proceso o miembros de la familia judicial, escabullen sus miserias apostando a que no fueron ni 6 millones de judíos, ni un millón de armenios, ni 30.000 los desaparecidos que fueron masacrados por las alimañas de ayer?
La respuesta, mi amigo, está en tus manos. No lo olvides cuando vuelvas a votar.

II

Dora Diamant, la última compañera

Estos son los hechos: A los 38 años Franz Kafka abandona definitivamente su trabajo en el Instituto de Seguros de Praga, así que podía hacer con su vida lo que quisiera. Un año más tarde, se fue de vacaciones con la familia de su hermana Elli a Müritz, en el Báltico. Iba a la playa, donde se instalaba en una silla de mimbre techada, nadaba un poco y daba largas caminatas. Una noche lo invitaron a cenar en la colonia de vacaciones del Hogar Judío. Ahí estaba Dora Diamant, una actriz polaca de 25 años: la encontró en la cocina limpiando el pescado para la cena. En los días siguientes pasearon juntos, hablaron de todo un poco y fueron tejiendo lazos lo suficientemente estrechos como para que decidieran irse a vivir juntos a Berlín. A principios de agosto, Kafka abandonó Müritz. Se detuvo en Berlín, buscó un lugar donde vivir con Dora. Su hermana Ottla, viendo su estado de salud, se lo llevó entonces con ella y con los suyos a pasar unos días de descanso en Schelesen.
El 24 de septiembre Kafka y Dora se encuentran por fin en Berlín y se instalan en un pequeño piso en el barrio de Stegelitz pero la casera no vio con buenos ojos la convivencia de la pareja, así que tuvieron que buscar otro lugar. Lo encontraron ahí cerca, en la Grünewaldstrasse, 13, pero tuvieron que abandonarlo también poco después. La enfermedad de Kafka avanzaba implacable. Había contraído tuberculosis por consumir grandes cantidades de leche ( lo hacía para cumplir con una dieta vegana que le permitía paliar otros dolores), sin pasteurizar.

Dora Diamant

En febrero se instalaron en Zehlendorf, en una pequeña casa con jardín. Un mes después, un tío de Kafka, Siegfried Löwy, consideró que su sobrino estaba demasiado mal y que debía irse a Davos, a una clínica, para tratar con urgencia su tuberculosis. Todos pensaban que no había mucho que hacer. El 19 de abril llegó al sanatorio privado del doctor Hoffmann, en Kierling, cerca de Klostenburg. Dora nunca dejó de acompañarlo.
Los médicos le habían prohibido hablar, así que se comunicaba escribiendo notas en pequeños papeles.
El martes 3 de junio de 1924, para que Dora no viera la lucha de Kafka con la muerte, la mandaron a dejar una carta, pero ella volvió pronto, jadeante, con flores que acababa de comprar. Dora sostuvo las flores sobre su nariz: “Franz, mira que lindas flores, ¡huele! Y el moribundo, que parecía ya inconsciente, se irgió y olió las flores.
“¡Inconcebible! Y lo aún más increíble, abrió su ojo izquierdo, que brillaba”, escribe Willy Haas, amigo de Kafka, que también estaba presente.
Durante aquella breve temporada que pasaron juntos, Kafka escribió un relato que no llegó a terminar, como tantos otros y que se conoce como La guarida, palabra que le usurpé para nombrar un programa de radio que hicimos con Fabián Jara durante 6 años en Radio Nacional: La guarida del faro.
¿Y qué fue de la vida de Dora Diamant después?
Sufrió la represión nazi, soviética y occidental. Perseguida por los nacionalsocialistas, se casó con Ludwig Lask, un militante comunista, como ella, que le dio una hija y que fue perseguido por la Gestapo. Huyeron primero a la URSS, donde su marido fue confinado a un campo de concentración, después ella escapó a Inglaterra con su hija enferma, y fue arrestada en la isla de Man como “extranjera enemiga”. Tras la Segunda Guerra, con diversos familiares asesinados en el holocausto, se estableció en Londres, donde fundó un restorán y un teatro para la comunidad judía.
Murió un viernes 15 de agosto de 1952. Tenía 54 años. Su sepultura se encuentra en el Marlow Road Jewish Cemetery, en la capital del Reino Unido.