jueves, junio 20, 2024
Cultura

El regreso de un cuento: “Luna llena”, de ‘Paco’ Urondo

Mencionar a Francisco Urondo, nos remite a su desaparición producida en la última dictadura cívica-eclesiástica-militar. Estas líneas no guardan tal intención. Sí traen al escritor y periodista santafesino a una escritura que podríamos denominar actual.

Luna llena, el nombre del relato que a continuación publicamos, conjuga una fuerte crítica a las condiciones sociales en la que habita el pescador santafesino –otrora peón de La Forestal–, y el grado de brutalidad que  encierran esas atmósferas.

Publicado en el año 1965 por la editorial de Jorge Alvarez, junto a una selección de narradores en la que se cuentan  Gabriel García Márquez, Abelardo Castillo, Noé Jitrik y Ricardo Piglia, entre otros; perdido en el tiempo,  hoy vuelve a nosotros como un “uppercut” al mentón.

Luna llena de “Paco” Urondo

Durante un mes ocurrió lo mismo: el sol igual, sin nubes en el horizonte sin promesas de lluvia. Seguía el buen tiempo y ya había cambiado la luna. Ahora había que esperar que se agotara esa luna gorda y agraviante.

“No, no”, pensó el Catalán, después de haber recorrido infructuosamente el espinel: no había pescado; como si la luna los volviera locos; los pusiera ariscos y astutos. Y no llovía por nada. Y para colmo la bajante. El Colastiné, siempre vigoroso, estaba flaco, con su costa barrosa labrada por las pezuñas de los animales sedientos que se le arrimaban para beber: no llovía. El Catalán, al bajar de su canoa –de doble proa, frágil, “sensible”–  tuvo que enterrarse hasta media pierna para poder clavar la amarra con facilidad en la costa blanda y sometida.

Más allá estaba su rancho, medio derrumbado, vulnerable siempre a las crecientes. Allí también estaban su mujer y no sabía cuántos hijos. Si llegaba a prestarles atención, ya estaba enceguecido. Entonces pegaba, oyendo como si estuviera muy lejos, como si la criatura que gritaba lo hiciera a una enorme distancia de sus manos. Vivía esta apariencia hasta que era poseído por un sosiego lento que lo obligaba a abandonar al chico, sin mirarle la cara, y olvidarse de todo y dormir, sin remordimientos.

Sin motivos pegaba, sin querer. Como si cumpliera con una función natural: caminar o dormir.

“Luna llena” en la voz de Alejandro Apo

Hasta con cierta resignación. Pegaba a un pescado para rematarlo, con la misma naturalidad con que lo hubiese comido; a veces pateaba a un perro muerto o azotaba a un árbol; o alguna cosa, cualquiera, más gratuita y absurda. Pegaba a su mujer, como si fuese lo mismo que hacerle el amor; como si diera lo mismo trincarla, con un alambre o un tiento, que tomarle las manos y acariciarle el pelo sucio.

Saciado su rencor, poseído por una especie de pereza o agotamiento, se alejaba, bamboleándose sobre sus piernas arqueadas y cortas. Después de caminar durante un rato, sin ningún rumbo, bebía o se tiraba en cualquier parte, abandonándose al destino, al aire, al olvido.

Más tarde, como si nada, volvía a su catre y se quedaba dormido, repleto de alcohol, fuera de esa aparente voluntad ajena, que lo sometía. Era como una venganza de alguien desconocido, un desquite que drenaba la calma, desataba la furia, cobrándose alguna grieta del corazón, alguna matadura del alma, que nadie recordaba, abandonando a ese pobre hombre, olvidado como estaba en el tiempo, extraviado en los recuerdos, sin redención.

Su mujer, sin conjeturas, lo creía loco. Ella era del pueblo de Los Amores, al norte de la provincia, cerca del Chaco. Cuando la trajo de allí, no se acostumbraba a tanta agua en movimiento, habituada a la quietud de su niñez y al hilito del arroyo La Muñeca, inofensivo y  casi siempre playo, como la cañada del palmar. Esa cañada que en primavera se ponía rosa, como el color del aire.

Y no pudo acostumbrarse a ese río, a tanta crueldad en movimiento. Porque allá, en Los Amores, todo estaba quieto. Los guaraníes, los guayacanes. El monte, el aire rasgado, de tanto en tanto, por el vuelo de algún tuyango, o el trote airado del ñandú; el color detenido del cuervo, o el rápido del tordo. El silencio quieto, violado a veces por el caracolero o el viguá; o por una bandada de cotorras, estridentes y frescas como la flor del caraguatay, donde abrevan las víboras.

Cuando lo conoció, pudo enterarse de un nuevo silencio, distinto al conocido del monte; un silencio, sin el precedente de un sonido que lo hiciera provechoso. Vagando por el monte, tratando de encontrar, entre la pichonada de ese principio de verano, un tordo lindo como le había pedido don Isidro para quedar bien a su vez con un amigo de la ciudad, se arrimó atraída por los golpes de un hacha. De distraída que venía, tuvo la intención de escapar cuando se vio de golpe frente a un hombre que no hablaba, que sólo emitía un bufido después de descargar su herramienta contra el tronco. Tenía el torso desnudo y sudaba.

Era una siesta de mucho calor, en pleno noviembre y quiso salir corriendo, pero el hombre la miraba y ya había dejado el hacha olvidada contra el árbol. Ella no pudo precisar más tarde -reconstruyendo lo ocurrido- si lo que brillaba era el filo o simplemente todo el acero, o los ojos, o el torso, o el sol. Esa noche, sola en su catre, juró no volver: la habían lastimado; pero al día siguiente llegó el sol y el ensueño de la siesta, pudo acostumbrarse al dolor y a la sangre; la fueron amansando.

Cuando los sufrimientos desaparecieron, también volvió; se convirtió en una costumbre inofensiva y sin precio, volver por las siestas. Una fatalidad. Nunca le pidió que volviese a la tarde siguiente, pero ella no faltaba. Sin saber cómo aparecía en ese lugar y esperaba a que él abandonara el trabajo y se acercara y la volteara sin decirle nada, dejándola después ahí tendida, sin una caricia, sin un reconocimiento de ternura, sin una evidencia, al menos, de satisfacción.

Sin decirle nada, sin consultarla, un día se la llevó al pueblo. Solamente por un gruñido o un grito, ella conocía su voz. De esta forma la mandaba a hacer algo, o reaccionaba. Jamás, en los diez años que vivieron juntos, le dijo una palabra. Ella creía que era mudo, hasta que una mañana le oyó cantar; lo miró con alegría, a lo mejor pudo sonreírle, pero él la interrumpió, echándola con un gesto: nunca más lo oyó cantar. Recién entonces tuvo miedo de ese hombre.

Y cuando fueron a vivir a la costa, tuvo miedo del río, y también cuando compró una canoa y cuando se dio cuenta que iba a tener un hijo. Y cuando nació tuvo mucho miedo y después, más todavía, hasta que el miedo le desordenó la cabeza y no pudo llorar porque el miedo la había detenido las lágrimas en el estómago, mezclándoles las ideas. Dominada por el terror no quiso averiguar nada. Sólo a veces, cuando él salía, lograba serenarse y ver un poco más claro alrededor suyo y convencerse de que él estaba loco.

Era el atardecer invariable de muchos días de miedo acumulados junto a ese hombre. Él llegaba a esa hora de la tarde. Ya había amarrado su canoa, en la que traía un lenguado y dos moncholos que brillaron a la luz de la luna. Con fuerza tiró del alambre y arrimó el cajón hasta la costa. Con rabia guardó en el cajón la exigua pesca, y lo volvió a hundir en el agua para que se conservara.