lunes, junio 17, 2024
Cultura

Esto no es un cuento

Me siento a escribir un rumor, es nada más que eso. No es el silbido de una bala en el humedal incandescente que es enero en Rosario, ciudad sitiada por la violencia. Ni es una denuncia con pruebas. Es la intuición de que un vaho a podredumbre se mantiene.

ESTO NO ES CUENTO

El aire de los setenta se respira lejano en la ciudad. Tal vez en una ochava, o en las mesas y sillas de chapa de algún bar olvidado del Saladillo.  Los noventa fueron crueles, la culminación perfecta de un plan de exterminio social y económico urdido en la oscuridad meridiana del siglo XX, y luego una pobre activación  con lo que quedó.

Así los vivió Mabel, con trabajos de mierda  y en compañía de un tipo que la usó y ni siquiera le dejó un hijo (siempre lo menospreciaba de ese modo). Hoy, “la Piru”, como la llaman sus amigos, trabaja de profesora de Historia. Resuelta con sus discípulos y decente con los compañeros, mi relación con ella comenzó en lo que el Estado denomina, Escuelas de Enseñanza Media. Compartimos la misma profesión y también idéntica mirada sobre la realidad, pero la amistad la forjamos más fuertemente, al darnos cuenta que estamos solos: solos frente a nuestros alumnos, ante los directivos; frente al Ministerio de Educación y a la sociedad toda.

Entrada en años, anda por los cincuenta y pico, mantiene un rictus adolescente, quizás por su cercanía con ellos.  Es diestra en las conversaciones que atraviesan los años de plomo en la Argentina y también sobre los frenéticos ochentas, argentinos y europeos. Su análisis de la historia es encomiable,  se proyecta a través de producciones literarias y artísticas. Los alumnos logran un cierto placer al escucharla, y eso ya es mucho en los tiempos que corren.

Debido al amor por la lectura,  fue la que me hizo conocer sobre el mercado de transacciones comerciales de libros por internet, esas que pueblan el mundo paralelo que la tecnología nos supo dar y que al sólo pedido se presenta el vendedor en la puerta de casa. De allí en más nunca faltaron en nuestras charlas el libro comprado por intermedio de Facebook, la exhibición de los mismos en los portales, y los nombres, algunos cultos y otros graciosos, de las librerías virtuales.

Una tarde del falso invierno rosarino, en el recreo largo de las cuatro menos cuarto, mate de por medio, menciono un pedido de amistad que me había llegado  a mi muro de un tal “Nuevos Aires Libros” y de manera instantánea la Piru me toma el antebrazo reprendiéndome con la mirada. Sentí una sensación extraña pero callé, se hacía tarde para pedir explicaciones y debía tomar el segundo año “F”.

Al día siguiente, durante las primeras horas de la tarde, se comportó con indiferencia hacia mí. Ya en la salida, me alcanzó con una hoja de diario en la mano y con un gesto inconfundible nos encaminamos al bar de enfrente. Sentados en el local y antes de comenzar el diálogo extendió el recorte: “¿Ves esta noticia que tengo acá?” –inquirió antes de pedir café – , “es un hecho que vincula al dueño de esa librería virtual que te pidió amistad”.

Leo el titular: “Octogenaria asesinada” y más abajo el detalle de la muerte de una mujer en una pieza de pensión del centro. La noticia es del año 1997. La señora se llamaba Helena Ledesma. Mi cara le dio la certeza que no entendía la relación y explicó: “Eduardo Traferra se llama el tipo que ahora vende libros por internet, después de innumerables trabajos informales. Él fue  quien mató a esa señora a golpes. Helena era la mamá de Sandra Riveras, uno de los motores de la APDH en Rosario.  Le dejó la casa a su hija, para irse  a vivir a un cuarto de pensión; ¿y adiviná quién es la pareja de Riveras desde los primeros meses del noventa? Sí, este hijo de puta”.

Aún sin entender qué era lo que mi compañera quería decir, los interrogantes daban vueltas en mi cabeza. ¿Pero por qué habría de matar a la suegra si hasta la casa le dejó? “Mirá”, – sostuvo Piru de forma paciente – ,“Helena tenía dos hijos, Sandra y Agustín, el muchacho era militante de la UES y a fines de los sesenta pasa a Montoneros, desapareciendo en el setenta y siete. De tanto insistir la familia logró que en el  ochenta y dos los milicos le confirmen que en un enfrentamiento cerca de Montevideo y Provincias Unidas, el muchacho murió, en realidad lo cagaron matando en la huida arriba de los techos. Él era médico y su pareja también. A ella también le dieron. No tenían hijos. Esto, en tiempos de democracia le valió a Helena un resarcimiento por la ley 24321, a modo de indemnización, que la señora nunca quiso aceptar. Repetía hasta el cansancio que la vida del hijo no valía quinientos mil pesos, lo que el Estado Argentino le ofrecía. Esta ley otorgaba los beneficios indemnizatorios no transferibles, es decir, al rechazarlo Helena el Estado no desembolsaba el dinero. Traferra toma conocimiento que su suegra no aceptaba el resarcimiento  y no satisfecho con ocuparle la casa del barrio Cristalería, en pleno ablande, la mata”.

Se notaba a la Piru involucrada en el relato. La narración lo hacía  conmigo también, y pidiendo explicaciones, replico: con los antecedentes de informalidad laboral que Traferra tiene ¿cómo es que la Policía no posó sus sospechas sobre él? Era negocio para la cana. Redoblo la apuesta y me apresto a escuchar la explicación, que invariablemente llega. “No es tan simple, Eduardo Traferra, es el hermano menor de un servicio, de gran trajinar a finales de los setenta en el Politécnico y ya en los ochenta y principios de los noventa entre Humanidades y el Instituto Superior del Profesorado. Sus recorridas por la calle Entre Ríos eran frecuentes. No sé cómo se las ingeniaba pero siempre participaba de alumno en los primeros años, en las introducciones de las carreras y “carpeteaba” para seguir dando tranquilidad a las “fuerzas de seguridad”. Lo curioso de este personaje es que su reclutamiento se dio en la adolescencia y  desde una pequeña agrupación de izquierda. Supongo que fue él quien le presentó su hermano a Sandra. Pasado el tiempo y ocurrido el asesinato, le brindó a Eduardo, o al “Petiso” como lo llaman, total cobertura policial (a estos tipos de  personajes la Policía les debe mucho). En definitiva, a Helena la mataron a golpes por no ponerle precio a su hijo y su crimen quedó impune. No hace falta que te recite la crónica quince años después: la causa se cerró”.

Acusando el impacto de la historia, rajado de bronca al escuchar mierda ajena e impresionado por la cercanía de Piru en el relato, la provoco:¿a cuento de qué me contás esto? ¿No hubiese sido mejor decir que los libros que vende “Nuevos Aires Libros” no son interesantes?

Reflexiva y queriendo alejarse de la historia, replica: “Podría decirte que anoche leí el No puedo callarme de Tolstoi, pero con la muerte no se jode. Te lo exhibo para que entiendas tres cuestiones que no poseen un total reconocimiento social. La primera, los contactos estrechos entre el lumpenaje, la Policía y ciertos sectores de la izquierda argentina. Otra, que todo móvil criminal en estas sociedades es económico”. Y la tercera, te podés imaginar, por la culpa de haber convivido varios años de mi vida con un servilleta”.

Paga su café y se aleja, levantando miradas, y frente a mis ojos el recorte del diario.