viernes, junio 21, 2024
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Eduardo D’Anna y la cultura rosarina tras el golpe del ’76

Desde Rosario, para El Furgón –

El siguiente diálogo nació de una negativa. La invitación por parte de quien escribe a participar en una producción que referencie la atmósfera vivida en los setenta, derivó en una respuesta contundente, “qué querés que te hable de una derrota, que meta el dedo y haga remolino, si anduvimos con el culo a dos manos”.

Lejos de compadecer al viejo adagio que señala que a los poetas hay que leerlos, mas no conocerlos, Eduardo D’Anna da cuenta de una herida inenarrable que asiste en muchos militantes sociales, algo que aún habita en el silencio. Sí nos dejó referencias de sus producciones literarias del período y la disolución de la revista El Lagrimal Trifurca.

Distendido, pasado ya el hueco de mutismo, el poeta y narrador logró explayarse en algo que lo apasiona y lo destaca como ensayista, podemos apreciarlo en Historia de la literatura de Rosario, Capital de nada, o en Historia de La literatura de Santa Fe, la relación centro-periferia en el canon literario argentino, en definitiva, un borde filoso del mentado maridaje entre la literatura y la política.

EF: –  ¿Podría decirse que El Lagrimal Trifurca es una desaparecida más?

ED: – Efectivamente, aunque la revista no sufrió persecución directa por parte de los militares del Proceso, la represión general al ámbito cultural, donde era imposible realizar cualquier proyecto que tuviera alguna trascendencia, determinó su desaparición. El impulso democratizador, por lo demás, se detuvo, y pudo entonces instalarse una recuperación de la centralización cultural porteña.

Fue revelador la forma en que esto se produjo. Desde luego, la crítica no tuvo necesidad de intervenir: había guardado silencio antes, y nada le costaba seguir en esa posición. Pero algunos elementos culturales que se habían salvado de la persecución exhibiendo una despolitización tranquilizadora para los dominadores, procuraron salvar del naufragio a lo poco que quedaba en pie, y, con certero olfato, comprendieron que mantener el centralismo en sus ribetes clásicos era la actitud adecuada a esos fines. La presencia de Francisco Gandolfo en el contexto cultural vino así a sufrir un proceso de tipificación, mecanismo ya utilizado habitualmente antes por los críticos centrales para mantener en su lugar a determinados autores de la periferia.

Edición facsimilar de “El lagrimal trifulca”

EF: –  ¿Cómo se dio esto?

ED: – En 1980 el Centro Editor de América Latina estaba concluyendo su historia de nuestra literatura en fascículos, y decidió publicar una serie de reportajes a figuras literarias, como una continuación del proyecto. Francisco fue uno de los elegidos. El reportaje abunda en respuestas simpáticas y un tanto excéntricas, que encantaron a los lectores. Pero Francisco no era ese viejito bonachón e ingenuo, especie de Aduanero Rousseau rosarino, que mostraba el reportaje.

Planteada en esos términos, esa descripción reemplazaba a la crítica, e imposibilitaba el desarrollo de los elementos democratizantes que moraban en la lírica de Francisco, a menos que él poseyera, por sí mismo, la posibilidad de contrarrestar esa situación. Por desgracia, él no era suficientemente consciente de los mecanismos de su creación poética, sobre todo ahora que Elvio Gandolfo, no lo veía cotidianamente. Pronto también emigraría Sergio, otro de sus hijos, agravando el problema. Paulatinamente, su poesía se fue alejando de las características iniciales, para desarrollar un “discurso de contenidos”, consistentes en opiniones del poeta sobre el mundo. Aunque a veces su apariencia pareciera continuar recurriendo al viejo estilo, la palabra del vate, ahora, inhibía la del lector. Con esto, desaparecía la función distintiva que lo había llevado a la relevancia.

EF: –  ¿Y  los demás integrantes de la revista?

ED: – Con la poesía de Diz el problema fue aún mayor, por la explicitud de su temática política. Dada ella, pretender que la crítica se ocupara de sus libros, era una quimera. Tras insistir con varios libros de ediciones limitadas, Diz comenzó a probar nuevos rumbos: escribió tres libros en lunfardo, olvidando la certeras afirmaciones de Borges (“nadie dice minushia, cafishio; su uso es caricatural”) y más tarde se entregó al cultivo del “aforismo”, donde los textos constituyen también opiniones del autor, formuladas apodícticamente. Desde luego, ninguna editorial comercial los publicó; debió costearlos el autor o algún mecenas.

El lagrimal trifulca nro. 3-4

EF: –  Y faltás vos ¿no?

ED: – Bueno, no solo yo, “Carne de la flaca”, publicado en 1978, fue mi tercer libro. Recibió una crítica favorable en La Nación, que después se supo que era de Hermes Villordo. Esto, un par de años antes, hubiera sido casi consagratorio, pero ahora constituía sólo un vestigio de aquella otrora situación favorable. Pasó desapercibida. Lo mismo aconteció con mi siguiente obra, “A la intemperie”, también comentada por Villordo -esta vez con su firma-, publicada en 1982, a pesar de que la dictadura se encontraba ya en retirada. Ese mismo año, Sergio, firmando como Sergio Kern, publicó su hasta ahora único libro de poemas, “Escuchen”, quizás el logro más perfecto de la estética del lagrimal, que ni siquiera recogió crítica alguna.

Tapa de “A la intemperie”

Elvio logró una inserción de alguna importancia en el mercado editorial, pero sólo sobre la base de la literatura de género -algo así ya había pasado con Gorodischer, que nunca logró desprenderse del todo de esa imagen-. Sus posiciones críticas tampoco coincidieron ya con lo sostenido en la época predictatorial: lo político se esfumó, y la persona del poeta, antes interlocutor del lector, tendió también a desaparecer, en la búsqueda de una “no poesía”.

Aunque tanto Francisco como yo seguimos publicando algo más con el sello, la significación de esos textos, ya desaparecida la posibilidad de inscribirlos en una corriente reconocible, y dada su forma de producción, volvió a instalarse en la periferia. Por otra parte, Francisco decidió abrir la colección de poesía a otros autores, lo que le quitó identidad a ésta, ya que la estética de los ahora incluidos no tenía nada que ver con la originaria.

Luego la charla derivó hacia otros puertos, otros ámbitos, otros contextos diría Capote; fieles, eso sí, al timón de un as de la navegación por el campo intelectual argentino.

Pero aún en D’Anna persistía un brillo en los ojos, una reserva que solo puede ser transparentada en sus versos, como aquellos que escribió y dicen: No nos hables del mar, de tu tristeza,/ si no nos puedes hacer un mapa…