viernes, junio 21, 2024
Por el mundo

El postfascismo español, entre la tragedia y la farsa en la pandemia

María García Yeregui, desde Madrid/El Furgón

Aquello que escribiera Marx en su citado 18 de Brumario de Luis Bonaparte: “Primero como una gran tragedia, después como una miserable farsa”, se ha hecho presente sin esa división, entre el antes y el después, en esta pandemia. Así ha sido por tierras españolas aunque no sólo, desde luego. La línea temporal entre esas dos formas se ha esfumado en esta posmodernidad tardía en la que vivimos. La tragedia y la farsa se dan a la vez, sin retorno, al unísono, regenerando un continuum y particular esperpento.

Esa simultaneidad, entre la tragedia de la epidemia -27.127 fallecidos, diagnosticados con prueba específica, en el país (datos del 2 de junio)- y la farsa saturante, es emocional y mentalmente agotadora. Más en tiempos de posverdad -atomizada, cosificada y después masificada- de la era digital. Una posverdad fabricada con planificación y sistematicidad, a través del funcionamiento de las redes y sus formas de financiamiento -como estamos viendo claramente en Brasil con la crisis del gobierno derechista-.

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Por España continúa la estrategia de presión contra el gobierno de coalición progresista: el Ejecutivo que salió de la repetición electoral del 10 de noviembre del año pasado y que pudo finalmente conformarse la primera semana de este 2020 -tras el pacto de gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos, y el acuerdo de apoyo a la investidura de Pedro Sánchez con Esquerra Republicana de Catalunya (independentismo catalán progresista).

Una estrategia de la extrema derecha y ‘la derecha extrema’ –Vox y Partido Popular– que hace recordar, por su táctica sistemática de producción y propagación de bulos “Steve Banon style”, a Trump y Bolsonaro pero, también, a Salvini en Italia, etc.

Desde el primer momento en el que tuvo lugar el cambio de percepción masivo respecto al desarrollo epidémico en el país, es decir, desde el comienzo de la evidencia general de que estábamos en las puertas de las consecuencias de un desarrollo exponencial de la epidemia vírica del Covid-19, pudimos ver una estrategia que comenzaba a desplegarse, por parte de los sectores de las derechas españolistas, contra el gobierno, por un lado, y contra el movimiento feminista, por supuesto, debido a las marchas del 8M. Semejante prontitud no indica en absoluto que llegaran a imaginarse lo que venía: las acusaciones de ocultación de números al gobierno, se conjugaban con una falsa seguridad de no necesitar medidas excepcionales, ni parón en la actividad económica porque -alucinante- ‘somos los elegidos liberales’. Son demoledoras al respecto las declaraciones de las autoridades provinciales -gobernadas tanto por los ‘sociatas’ como, especialmente, aquellas que lo son por coaliciones de derechas- contra la cancelación de todo evento durante aquella semana. Rechazaron, incluso, la paralización de las clases aquel jueves 12 de marzo, cuando ya estaban canceladas tanto en Madrid -por ser la zona cero epidémica del país- como en otras zonas también bastante afectadas. Cuando ya había medidas de económicas anunciadas por el gobierno y reuniones que comenzaban a tener en mente aunque temerosamente las decisiones drásticas necesarias. Es decir, a tan sólo dos días del decreto del Estado de alarma.

A pesar de esa suerte de negacionismo -acompañado de su contrapunto sistémico y constante en las sociedades de masa posmodernas, esto es, el juego desasosegante de shock mediático-. Pese al negacionismo de sombra alargada, la estrategia manipuladora y contradictoria de los dos partidos de derechas comenzó, por tanto, desde el principio de esta crisis. Su pistoletazo de salida fue a partir de las cifras que arrojaron aquel 9 de marzo. Por esta rapidez para concentrar la culpa en las marchas del 8M -para dar una “explicación”, con culpables ya señalados en ciertos imaginarios, al desastre sufrido por el país, haciendo con dicho señalamiento desaparecer otros eventos masivos que tuvieron lugar por las mismas fechas- pudieron comenzar a ocupar el sentido de los vacíos generados por el impacto de la epidemia en los imaginarios sociales.

Esos vacíos tuvieron, de esta forma, respuesta disponible -en ocasiones antes de formularse como pregunta acerca del por qué de lo que acontecía- para gran cantidad de personas. La tenían como llegaron los sucesos, de forma abrupta, respondiendo a la búsqueda de culpables concretos ante la tragedia y el encierro. En esos primeros momentos cruciales, estaban prontos con sus dedos haciendo el señalamiento para todos aquellos imaginarios dispuestos.

Es decir, Vox, los periódicos de derecha -de diferente estilo, mayoritarios en el país-, la articulación en redes o la Fundación Faes -think tank ligado al PP, coto de José María Aznar– estaban ya estratégicamente encarrilados desde la semana bisagra del shock epidémico, la del fin impactante de aquellos negacionismos necios -progres y conservadores- generalizados en la sociedad española, y en otras europeas, durante las semanas anteriores al descontrol vírico de Covid-19, a pesar no sólo de las características del virus o de lo acontecido en el lejano oriente, China, sino de la situación italiana, en el mismo pequeño continente.

Aquel domingo 8 de marzo, Vox realizó un acto de partido en el que se contagiaron muchos de sus líderes, después de que uno de ellos hubiera viajado a Milán para conversar con la Liga Norte de Salvini en mitad de la epidemia descontrolada concretamente en aquella zona de Italia. Desde entonces, las acusaciones contra el gobierno de ocultar deliberadamente y mentir en las cifras han sido una constante. En definitiva, no hay mejor defensa que un buen ataque.

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Por ello, llevan acusando de ocultación deliberada de datos al gobierno, poniendo específicamente al movimiento feminista y las manifestaciones del 8M como chivo expiatorio a través de bulos acusatorios la friolera de 80 días. No han parado de decir que se ocultaron y mintieron para permitir las manifestaciones feministas. La tesis arrojada desde aquel martes 10 de marzo sin descanso es que el gobierno sabía lo que iba a ocurrir, lo ocultó, y las permitió a conciencia por interés político pese a las consecuencias. Siendo, por tanto, culpable tanto del nivel de contagio como de los muertos, especialmente en Madrid. Así ya tienen la causa no estructural o sistémica, y vinculan que la situación llegó al colapso sanitario en la capital como consecuencia de la celebración del día internacional de la mujer trabajadora, no por la presión de los intereses económicos en nuestro sistema de funcionamiento, no por tener un complejo Titanic sobre el trabajo epidemiológico, no por el desmantelamiento de la sanidad pública por hacer negocio.

El mensaje se lanzó desde la semana en la que comenzara la escasez de pruebas diagnósticas para localizar a los afectados que no necesitaran hospitalización, por la propagación exponencial del virus, lo que ocurrió en las zonas más afectadas, como Madrid -donde tiene un bastión las derechas y compiten a su vez entre el PP y Vox por su electorado-. Así operaron en la semana en la que el negacionismo liberal se esfumaba porque las finanzas en las bolsas internacionales impactaban el 9 de marzo, con el primer lunes negro de esta crisis global.

La estrategia ha sido una constante durante todo el mes de abril, como ya explicamos, pero a partir de la planificación de la desescalada se ha endurecido, in crescendo en giros semanales que, de nuevo, impactan sobre el ámbito público. El objetivo es debilitar al gobierno hasta la ruptura de la coalición, sacar a Unidas Podemos del ejecutivo y convocar elecciones una vez más –después de las 5, entre generales, municipales, regionales y europeas del año pasado, en las que en todas se produjo una victoria pírrica del PSOE-.

En defecto de este objetivo, es decir, como segunda opción posible para el partido líder de la oposición y alternativa turnista de gobierno desde los 90s, el PP, estaría formar un gobierno de concentración nacional. No están solos en esa apuesta, tienen los grupos económico-mediáticos progres conformados desde la transición como los pertenecientes al grupo Prisa.

La estrategia de sectores de las derechas españolistas se aderezó, durante los momentos más duros, con el falseamiento de fotografías. Imágenes en las que colocaron virtualmente ataúdes en las calles vacías de Madrid como si fueran reales. Imágenes falsas distribuidas por las redes durante semanas impactando en la retina y alimentando la conspiración de ocultación, no sólo de las cifras reales, sino de los muertos. Acusaron al gobierno de un ejercicio de oscurantismo escondiendo los muertos: “ojos que no ven, corazón que no siente” llegaron a decir en sede parlamentaria el pasado mes. Esa fue la parte comunicacional de la estrategia durante las semanas en las que el sistema de salud público de la comunidad de Madrid -gobernada por las derechas-, entre otros, se vio desbordado sin suficientes respiradores y sin bastantes equipamientos para la protección del personal sanitario. Los días en los que el número de personas fallecidas hacía que la morgue municipal de la capital no diera abasto.

La comunidad autónoma de Madrid es la región española con mayor descenso -en miles- de camas hospitalarias en la sanidad pública como consecuencia de las políticas privatizadoras de los gobiernos del PP desde 1996, es decir, durante mas de las dos últimas décadas. No es la única en la que hubo un colapso sanitario, desde luego. El gobierno de Mariano Rajoy aplicó recortes en los servicios públicos siguiendo el ajuste de la troika de la Unión Europea, tras la crisis de 2008, a nivel nacional. Aunque respecto a la llamada colaboración público-privada en materia de sanidad pública conviene no olvidar la responsabilidad el PSOE en el gobierno central de los ’90.

Pero volviendo a la estrategia derechista. Ese ha sido el necrodiscurso usado en un país que enfrentaba la curva de fallecidos más pronunciada durante semanas -contando, como decimos siempre, la diferencia de días existentes respecto a la expansión epidémica en Italia (el primer país que sufrió la propagación descontrolada del virus en una Europa también con complejo de Titanic, que hacía caso a una OMS lenta y tibia, como consecuencia principal -pese a los que no lo quieran ver- de las hegemonías estructurales de funcionamiento de intereses, tanto en lo material como en lo referente a los imaginarios vigentes en nuestra época). Cabe recordar, para tener el panorama regional del viejo continente, que el gobierno español decretó la cuarentena evidentemente tarde, pero con menor número de diagnosticados (4.231) que cuando lo hicieron Italia (9.172), Francia (6.573) y Gran Bretaña (5.687).

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De hecho, tan sólo hubo que esperar a que transcurrieran las semanas de diferencia existentes en cuanto a la viralización del contagio con algunos de los países vecinos, para ver que la tragedia y el desborde sanitario no eran exclusivos ni de Italia ni de España: con datos del jueves 28 de mayo, Francia supera los 28 mil fallecidos, con más de 150 mil diagnosticados, y Gran Bretaña, que pasó a ser el país con más decesos en Europa el último día de abril, ha llegado a 40 mil decesos. Aunque desde luego cabe destacar el trabajo y ejemplo de países, dentro de Europa, como Portugal o Grecia en la contención del impacto del primer brote.

Lo cierto es que nada de todo eso les importa a los que viven patrimonializando la idea y la materialidad del país desde siempre para incidir en el desgaste del gobierno de coalición a costa de los muertos. Si con la media de fallecidos por cada 100 mil habitantes -pese a una importante disparidad entre focos de contagio de los diferentes territorios que ha quedado palmario en mayo por la discusión debido a las velocidades y las fases del programa de desconfinamiento-, el número de muertos respecto a la población total del país resulta aritméticamente más alto que el de otros países del entorno -como Francia, Gran Bretaña o incluso Italia- esos datos sirven para culpar al gobierno por los fallecidos que pasan a ser consecuencia exclusivamente y total de su gestión.

El juego perverso tergiversador, en referencia a unas cifras oficiales que no eran capaces de mostrar el cuadro completo, no cejó de danzar a lo largo de los días y las semanas. Dejando en segundo término, opacadas, las responsabilidades, culpas, causalidades sistémicas y estructurales de lo ocurrido. Desaparecida ha estado la incidencia sobre la comprensión general de una escasez estructural, reinante en los momentos de colapso sanitario, para hacer frente a la expansión del virus una vez su propagación estaba descontrolada -por exceso de confianza previa generalizada, entre otras cosas, como no nos cansamos de repetir- dados los 15 días de incubación asintomática del Covid-19. En esas circunstancias si el Estado no proveía de lo necesario para salvar vidas y tratar enfermos no era por manipulaciones deliberadas del gobierno central sino por una carestía que dependía de unas condiciones estructurales y negacionismos generalizados previos que impidieron la previsión necesaria para estar preparados cuando llegó la ola.

Las autoridades han cometido errores con tremendas consecuencias, además de fallos de gestión, sin duda, pero lo hicieron las autoridades en plural más en un país fuertemente descentralizado que tiene las competencias sanitarias transferidas a las autoridades regionales.

Sin embargo, esa característica estatal también se borra en el sentido común ante el impacto de lo sucedido. La culpa se concentra en el gobierno central, obviando la falta de autonomía productiva previa del modelo económico y la saturación del mercado internacional en este punto de inflexión histórico, el de la pandemia global. Estas son circunstancias que han de entenderse como límites materiales precedentes derivados de la forma de funcionamiento mundial. No obstante, la pugna por ese entendimiento de lo transitado no es mayoritaria, de la misma forma que las explicaciones conspiranoicas referidas a la geopolítica o los laboratorios han ganado la partida explicativa, durante esas semanas, a las investigaciones científicas que desde hacía dos décadas analizaban el sistema productivo intensivo y su expansión, señalándolo como la causa de brotes de nuevos virus para la especie que derivarían en pandemias globales como consecuencia, de nuevo, de la movilidad y urbanización del modo de producción capitalista, en su fase tardía. Ese sistema-mundo en el cual vivimos desde hace décadas. Sin embargo, la pugna está abierta. La explicación ultraderechista tampoco es mayoritaria.

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En este último mes, la estrategia de culpabilización por los fallecidos para la desestabilización del gobierno electo -según las reglas y principios de la democracia liberal- llegaba a sus cotas discursivas máximas con afirmaciones, por parte de diputadas de Vox, como la siguiente: “este Gobierno social-comunista quiso introducir en España la regulación de la eutanasia y, por desgracia y por la vía de los hechos, lo ha aplicado de la manera más feroz”. Mientras, Pablo Casado, líder del PP, acusaba de “imprevisión dolosa” al Ejecutivo en momentos en que presidentes regionales de su partido negaban que fueran a suspenderse los festejos de Semana Santa porque “tienen sus fechas”.

Finalmente, justo antes de que las cacerolas de teflón pasaran a las calles, se rozó el delirio en sede parlamentaria -las sesiones en el Congreso han continuado durante el confinamiento con un reducido número de diputados presentes, dado el sistema parlamentario, no presidencialista, vigente, que cuenta con una rígida disciplina de voto de los diputados respecto a su grupo parlamentario, es decir, su partido político.

Me refiero a las palabras de la farsa: el líder del PP citaba a Huxley y a Orwell para erigirse como defensor “de la libertad de nuestros compatriotas”. Cinismo, sin duda, especialmente teniendo presente lo que ellos son en cuanto a la reproducción distópica cotidiana de “la normalidad” a través del disciplinamiento de la calle: en España no se puede pegar un cartel o convocar una concentración sin autorización porque tienes a la policía persiguiéndote y poniéndote sanciones, aprobaron la llamada ley mordaza, la reforma del código penal, la persecución policial a centros sociales, la represión a las marchas masivas contra le guerra de Iraq, el conflicto catalán o el racismo institucional –que ahora nos impacta desde la calles de estadosunidos- contra la población gitana o los migrantes sinpapeles subsaharianos, magrebíes, los migrantes menores no acompañados –una constante en las fuerzas de coerción por supuesto también con gobiernos del PSOE, que empeora aún más con el sistema de impunidad y negación de las derechas en los poderes ejecutivos-.

Con todo eso en sus espaldas, ahora Casado habla de distopía orwelliana erigiéndose como acicate del gobierno por “la vulneración de derechos constitucionales” a través de la figura constitucional excepcional del Estado de alarma que está siendo prorrogado por la cámara cada 15 días. Lo hace porque Sánchez -cito textualmente- “pretende poner en marcha su engranaje de ingeniería social para avanzar en su programa contra la libertad individual, la propiedad privada y el Estado de derecho”. Haciendo mención en ese mismo discurso en el Congreso a términos como ‘absolutismo’ o ‘dictadura constitucional’.

Por si fuera poco, también hemos visto al líder de Vox, Santiago Abascal, haciéndose el defensor de la libertad sexual frente “al Che y los genocidios comunistas”, “adorados por Pablo Iglesias”. Ambas declaraciones esperpénticas abrieron el pasado mes de mayo remitiéndonos a una suerte de posfascismo que usa, por un lado, el victimismo -como están haciendo también desde la reacción machista- y, por el otro, la apelación a la “verdad revolucionaria” –fagotizando literalmente las palabras de Orwell. Nociones de revolución y verdad que ya acompañaron al fascismo y al nazismo de los años 30 en el viejo continente. Por ello, aunque la farsa y la tragedia estén presentes a la vez, no olvidemos teniendo presente al pasado siglo XX, el recurso retórico que usó el viejo Marx: “una vez como gran tragedia y la otra como lamentable farsa”. Estemos en alerta antifascista.

Portada: imagen de video https://youtu.be/q3lacIz_uHg