lunes, junio 17, 2024
FiccionesNacionales

“Vení zurdito, filmame”

Por Ariel Duarte/El Furgón –

El bocinazo me eyecta de mi isla mental. De sopetón bajo el celular y veo el cartel, es mi estación. Las puertas emboscándome. Con los pies en el andén y el subte alejándose, se dan a conocer enseguida: tenues y extintos, fuera del encuadre de cámara si esto fuese un film. Me apuro en trepar los escalones que faltan para escabullirme de la humedad que flota abajo. Comienzan poco a poco a tomar más cuerpo, son cada vez más palpables y vigorosos. Trato de distinguir vocablos, palabras, pero apenas son balbuceos vacilantes y entrecortados. Junto con el exterior y la superficie, viene el cross de aire fresco en la cara que fui a buscar.

https://www.youtube.com/watch?v=P_LakIWIWXY

Aglomeración en todas partes. Enfrente, estático, el monolito blanco en el corazón de la metrópoli con todas sus arterias confluyendo en él. Entre el tumulto y el vértigo, encarna la fuente emisora de los rugidos: Un par de agentes de la Policía de la Ciudad, dos de esos muchachitos joviales con aire ligero y rostro lampiño que patrullan la urbe. Están de caza. Uno de ellos, cegado de cólera; el otro, escolta la situación sin entrometerse, pero no por eso menos alistado para un eventual apoyo logístico. Arremete una, dos, tres veces. Torea cara a cara y lanza manotazos a la plancha de telgopor forrada con lienzos rojos que contiene -con una prolijidad impoluta- una infinidad de variantes de lentes de sol que van desde los clásicos polarizados y de espejo, hasta los antirreflejo y fotocromáticos que cambian su tinte en función de la luz que reciben.

El representante del orden no obtiene réplica alguna, hay una paz visceral en su interlocutor que trata de seguir su camino con la mirada hundida en el piso. El agente vuelve a obstaculizar su marcha. Por un instante parece eficaz la maniobra de regateo, pero el personal policial vuelve a cerrar cualquier intento de escabullida.“¡¿Qué te pasa, eh?!”.No hay respuesta. Parece un tira y afloje de nunca acabar, una invitación que no tiene correspondencia. El aglomerado sumergido en la rutina de vuelta a casa no repara en la situación, salvo dos de ellos. Dos tipos  que, sin detener su marcha, esgriman unos aplausos articulados con sonrisas. Se van las últimas horas de un día primaveral que bien podría ostentar ser de verano rabioso.

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El argumento “formal”: cometer infracciones a la ley de marcas. Después de reiterados forcejeos con el fin de incautar la mercadería, se escucha el primero, el primero de todos: “Dejalo ir”, lanza un paladín de turno al pasar. Sin despegar la vista del suelo -y del telgopor-, el vendedor ambulante, alimentado por el apoyo pasajero, deja caer unas palabras en un limitado español que no hace otra cosa más que recrudecer el accionar policial. El agente recoge el cumplido y lo capitaliza en un certero golpe al lienzo. Vuelan trizas de un anteojo que no estaba bien sujetado al telgopor. Un bloque se amotina de golpe. Uno tras otro, todos juntos como un todo. Los “soltalo”se sumaron a un “ya está, basta”que sale de la boca de una señora de piel rugosa que se hace presente sumándose al forcejeo.

Los ecos del “dejalo” y el “soltalo” revisten de vértigo y calor todo el trance. En un tirón, los dos agentes estaban envueltos en una suerte de círculo forjado de personas, celulares y flashes. Una piba levanta lo que quedaba del anteojo y se lo acerca al vendedor ambulante. En un arrebato de sagacidad, el senegalés aprovecha la distracción policial y, con una gambeta maradoniana -y tirón de telgopor de por medio-, logra evadir el hostigamiento institucional. La mirada incrédula de la autoridad que no ofrece resistencia a la fuga y el círculo curioso que testifica el desenlace. La corrida  se emprende en dirección al bajo, zona menos custodiada y terreno fértil para un nuevo acampe, aunque con la carencia de no poseer tanto flujo de potenciales clientes como tiene esa apiñada esquina de Corrientes y 9 de Julio.

Portada: Imagen del documental “Migrantes: Una casa africana, Senegal“, de Canal Encuentro