viernes, junio 21, 2024
Cultura

Eduardo D’Anna, un poema, lo irreductible

Por Flavio Zalazar, desde Rosario/El Furgón –

De una larga trayectoria en las letras,  D’Anna trasunta una poética que evita al extremo todo tipo de retorismo. La gambeta al adorno, que por suntuario termina  ramplón, crea un efecto de inmediatez que estremece, y hace de la creación un acto provocador, vital, en definitiva, un canto social. Éste es el primero de una serie de textos que tendrán como eje al escritor rosarino.

“El poema es un mensaje”

Durante la semana que pasó, la ciudad de Rosario cumplió un año más de su conformación en núcleo urbano. En provecho de tales circunstancias, o porque sí, se desprende Eduardo D’Anna, no solo como enaltecido crítico e historiador de su literatura, un enfervorizado buceador de sus productos culturales;  sino y ante todo, poeta. Y qué mejor para festejar el acontecimiento con la lectura de un poema, porque, como dice Eduardo, “toda poesía viable, no será aquella que no contenga poesía, sino aquélla que contenga a la gente hablando”. A los efectos, “La isla del tesoro”:

Los ex ahorristas ríen y bailan.

Sacaron los dólares a tiempo.

Están felices. Podrán viajar.

Podrán seguir llevando,

al trote, sus pobres vidas.

 

No tienen remordimiento

Saben lo rata que son.

Saben que pueden salvarse

solos. Creen, bah.

Que solo el azar los salvó.

 

¿Acaso los van a salvar

los que comen de la basura?

¿Acaso los van a salvar los tobas?

 

Los que no los van a salvar

están esperando afuera.

 

Los ex ahorristas bailan

en la nave vacía

de la fábrica, que parece

una nave encallada

en una isla de caníbales.

 

El corazón espera, la miasma

coloidal sin esperanza, las

manos hábiles para romper

el plástico de las bolsas

de las veredas solas, bajo

las lluvias. Los estómagos

vacíos, en perfecto

funcionamiento, esperan

Algún día tendrán que salir.

Tal vez las líneas resuman en lo que se ha transformado la ciudad  los últimos treinta años… Y no solo Rosario para ser justos.No obstante, sí concurre algo innegable, tal como lo señaló Lautréamont, repetido por  D’Anna: “la poesía debe ser hecha por todos”. Viejo dicho, vindicado en los versos.