martes, julio 16, 2024
Por el mundo

Es negro y debe morir

(Crónica real de una muerte injusta del siglo XX y el pensamiento vigente en este siglo XXI)

Por Lucio Albirosa/El Furgón –

George Junius Stiney Jr. nació un 21 de octubre de 1929 bajo la desgracia de un color de piel camino al centro de un polígono y las cruces de infeliz final.

El 23 de marzo de 1944, el apenas niño y amante de la pintura había estado jugando con su hermana dos años menor, Katherine. Para entonces, el inocente George tenía 14 años. Ese mismo día habían ultimado con una viga de casi 20 kilos a Betty Jun Binnicker, de 11 años, y a Mary Emma Thames, de 8 años, cerca de la casa del niño de color. Ese mismo día fue detenido y acusado de Doble asesinato en Primer Grado y sin motivo más que el de portación de piel destinada al final más triste que ninguna historia desearía contar.

George Junius Stiney Jr.

El 24 de abril de 1944, el Tribunal del Condado de Claredon comenzó el juicio contra George Stiney Jr. a las 12:30 y culminó a las 17:30. Solo se escucharon posibles interpretaciones de culpabilidad por parte de los jueces y más nada. A su hermana Katherina no le quisieron tomar declaración o no les importó en realidad. Tras diez minutos de deliberación, a las 17:40, el jurado integrado en su totalidad por diez hombres blancos, bajó el martillo de la crueldad sostenido con la mano rota de la injusticia. “Culpable” y condenado a morir en la silla eléctrica. El argumento: “es negro, fue él, no hay ninguna duda para los criterios de la Corte”.

Cuando aún no pasaban tres meses de la sentencia, por anhelo de muerte de los blancos del lugar, en la Penitenciaría Estatal de Carolina del Sur, la mañana cargaba neblinas de inhumanidad y dolor abierto al mundo vacío de amor. Durante sus días de detención, a los padres de George les prohibieron todo tipo de regalos hacia el niño juzgado. Era 16 de junio de 1944 y George ingresó a la sala de ejecuciones ante cuarenta testigos que fumaban, se comían las uñas y mordían sus labios esperando a que se baje la palanca con una descarga de 2.400 voltios cada una.

George medía apenas 1.55 mts. y pesaba 40 kg. Muy poco para el peso de lo inexplicable. Por ello, debieron agregar un directorio telefónico a la silla para que el inocente niño negro se sentara encima y así también alcanzaran a dar las vueltas necesarias las correas anudadoras de vida.

George Junius Stiney Jr.

Ni la defensa ni la acusación cumplieron protocolo normal alguno para un juicio de esta índole. La prueba en contra de George fue “obtenida de manera indebida, no conforme a los códigos y procesos penales”, pero la palanca bajó tres veces. Los verdugos le quitaron la máscara luego de la última descarga. Allí estaba el cuerpo quemado por dentro, los ojos muy abiertos y brillantes de lágrimas, mientras que la boca del niño negro despedía babas de asco hacia sus asesinos con matrícula y licencia. Ahí, luego del espectáculo atroz, se lo declaró oficialmente “muerto”. Fue el último ejecutado menor de 16 años en el siglo pasado.

El 18 de diciembre de 2014, a setenta años de un crimen cometido por la justicia que juzga desde siempre las apariencias, la jueza norteamericana Carmen Tevis Mullen exoneró a George Junius Stiney Jr. Allí estaba la justicia tuerta y renga llegando al lugar del vacío, al dictamen que George jamás conocerá pero necesitó una vez para seguir viviendo con toda su inocencia a cuesta.

“Gracias a Jesus”, dijo Katherina el día del fallo en 2014. Hoy, a sus 89 años, creemos que ese día también lloraron junto a ella; el santo de los desdichados, la vida y las verdades con todo su cielo de nubarrones y silencios.

Texto extraído de “La venganza del olvido”.