miércoles, junio 19, 2024
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La pelota de papel que derrumba muros

Por Nadia Petrizzo (texto y fotos), especial para El Furgón –

Amanece con sol y no es poco. Nada poco: la lluvia había suspendido la cita en dos oportunidades. Pero hoy hay fútbol. El penal 40 de Lomas de Zamora es el lugar. Sí, en el penal, habrá fóbal y será feminista.

Juanky Jurado, el productor y jugador todo terreno de Pelota de Papel, me pasa a buscar y emprendemos el viaje entre charla y mate. Somos los primeros en llegar. Cámara en mano, mis ojos dan vueltas desorbitados y quieren registrar absolutamente todo.

En la puerta nos da la bienvenida una de las autoridades y, a paso apurado, sale al encuentro Leo, uno de los profes de educación física. Enseguida se adelanta Marina, la otra entrenadora, y nos saluda. Ambos comentan la ansiedad que recorre a las pibas del penal que ya andan pateando la redonda. Asoma Santiago, integrante de Proyecto a Pie, organización de trabajadores de distintos espacios de la Justicia, que empujó la realización de la jornada.

Faltan las más importantes: las protagonistas. Las chicas de la Universidad de Lanús bajan de la combi con la pelota en la mano y los botines puestos. Entramos al penal. Los talleres están en plena actividad: algunos despliegan la jardinería, otros hacen broches, dos internos dibujan una réplica de  “La creación de Adán’’ de Miguel Angel, en la pared que está detrás del cartel de bienvenida a la unidad 40.

Nos acompañan hasta la escuela que funciona dentro del penal. Es lunes pero no hay clases porque los docentes llevan adelante su lucha: hay paro. Lo primero que veo es un pizarrón que dice “los grandes docentes motivan, inspiran y cambian el mundo’’.

Encabezadas por Mónica Santino, desembarcan las pibas de La Nuestra fútbol feminista de la villa 31 y, ahora sí, ya estamos todes. Pasamos por un pasillo que nos traslada hacia un cuarto lleno de guardias, con chalecos y con armas en mano que nos saludan, algunos con un beso y otros estirando sus brazos, y nos guían hacia afuera.

Algunos perros, moviendo la cola, son los primeros en intentar colarse por la puerta de entrada a la cancha que está envuelta por alambrado. Se escuchan los aplausos y los gritos saludando la entrada de las jugadoras visitantes. Son las locales vestidas con camisetas rojas, que entre besos y abrazos, las reciben. La cancha es de tierra, una tierra que se respira, se patea, se siente en la cara, una tierra que -con el viento y el sol de frente- hace poner los ojos chinos.

Ahora entre todas forman un círculo y los profes toman la palabra. Todas son una. Abrazadas, igualadas, hermanadas. Cuerpas que quieren jugar, gozar entre pases, gambetas y goles.

Tiempo de un triangular. Después de un piedra, papel o tijera se define que las primeras en el campo son las chicas del penal frente a las jugadoras de La Nuestra. Por fin toma forma el momento más esperado. La pelota empieza a rodar y todo se pinta de otro color. A pesar del encierro, hay una sensación que invade el ambiente. Los muros se derrumban. No hay afuera ni adentro. Hay juego, hay libertad. Se las ve correr, sentir el sol en la cara, el abrazo del aliento.

Las chicas del penal gritan con el ancho sus gargantas “Nacho, Nacho’’ a la capitana y delantera de su equipo. Un tatuaje en el brazo de una de las chicas del penal dice “juntas a la par’’. Así se visualizan, y se oyen al unísono, agitando sin parar. Con sólo un par de meses de entrenamiento, ellas son un equipo. Empoderadas en su condición de mujeres y de jugadoras de fútbol.

Alrededor,  desde los pabellones, algunos ojos brotan y miran. En un costado, algunos guardias, se acomodan en un banco y  cambian, por un rato, su uniforme ritual por el de hinchas y comentaristas de fútbol.

Entre gambetas, tierra volando, camisetas, cantos, más abrazos y risas, se desdibuja el encierro. Y la pelota es la responsable que gira y gira sin parar.

Final del primer partido. Se van los dos tiempos de 15 minutos con goles y con festejos de un lado y del otro. Instante de saltar a la cancha para las chicas de la Universidad de Lanús, a quienes les corresponde enfrentar a las pibas del penal. El sol sigue acariciando y la pelota sigue rodando. Hay más goles, más gritos, indicaciones, patadas, pelotazos, aciertos y errores. Hay más y más fútbol.

En uno de los laterales de la cancha, detrás del alambrado, se improvisa una parrilla en la que madura la cocción de las hamburguesas para el tercer tiempo.

Último partido, La Nuestra versus la Universidad de Lanús. Todes son hinchas de todes. Camisetas agitadas como banderas en el aire. Y festejos y gritos: “buena, rubia”, “dale, flaca”, en cada pase y en cada jugada.

Los resultados contados en goles ¿importan? Todas ganan, disfrutan de su derecho al juego, celebran bailando en la cancha, plenas, hermanadas, ahogadas en el sudor de la alegría de respirar y de sentir la pelota al pie.

Con los brazos al cielo, Nacho levanta la copa. Comienza la vuelta olímpica alrededor de la cancha. Miradas y sonrisas que desbordan las caras. Las camisetas al viento, la fiesta de los cuerpos.

Volvemos a la escuela. Las hamburguesas pasan de mano en mano, en una mesa eterna armada en uno de los pasillos. Surcamos nuevamente por el pizarrón y siento que las grandes docentes fueron todas las pibas que jugaron, transformaron la realidad, el espacio, los cuerpos, los límites.

El mundo hoy es un poco mejor.

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