viernes, junio 21, 2024
Cultura

Vladimir Nabokov, profesor.

Por Flavio Zalazar, desde Rosario/El Furgón –

Más de veinte años el autor de Lolita impartió seminarios en la Universidad Privada para señoritas de Wellesley, y en Nueva York en el campus de la Universidad de Cornell. Las clases, reunidas en un libro, significan una referencia inmediata a su obra, un pasaje de gustos entre el lector y su escritura.

Nacido en San Petersburgo a finales del siglo XIX en el seno de una familia noble, anglófila en la Rusia zarista, y posteriormente en la comunista, Nabokov tuvo su diáspora personal. Berlín, Londres, París, y por último los Estados Unidos fueron  destinos de residencia. De saber erudito pero a la vez heteróclito, trabajó como docente gran parte de su vida. Sus clases, sobre todo en la Costa Este americana, han llegado a constituirse en una verdadera leyenda -sostenida además, por el personaje masculino de la novela-. Los apuntes rescatados por Fredson Bowers y difundidos con el nombre de Curso de Literatura Europea destellan el talento del ruso y una vocación didáctica independiente de toda formulación académica.

Introducidas con un breve ensayo de John Updike, las notas toman autores europeos y sus obras. Los elegidos: Jane Austen, Charles Dickens, Gustave Flaubert, Robert Louis Stevenson, Marcel Proust, Franz Kafka, James Joyce. En las primeras páginas Nabokov formula una pregunta retórica: “¿Cuál es el auténtico instrumento que el lector debe emplear?”, a la que inmediatamente responde: “La imaginación impersonal y el agrado artístico. Tiene que establecerse un equilibrio armonioso entre la mente de los lectores y la del autor. Debemos mantenernos un poco distantes y disfrutar intensamente de la textura interna de una determinada obra maestra”.

La recuperación de las clases, hecha ya en los años ochenta, explica el difuso límite que guardaba el Profesor Vladimir Nabokov con el personaje evocado en Lolita y su consecuencia fílmica -guionista, además, de la misma -: “Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas, pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor”. Vaya si lo fue este señor.

Foto: Marce Rozas