domingo, abril 21, 2024
CulturaEntrevistas

Ariel Prat: “La murga tiene que ser libre”

Walter Marini e Ignacio Portela/El Furgón* – Ariel Prat camina por los márgenes de la popularidad, intentando consolidar su trayectoria. Pasó por el rock hasta llegar al tango y a la murga como base. El trovador de los cien barrios porteños se sentó a conversar con Sudestada de sus orígenes, la relación con el fútbol y las distintas facetas de su vida artística.

Hay artistas que nunca callan lo que piensan y pagan por eso con el anonimato o el ninguneo mediático. Personas que eligen caminar por las calles que le sientan más cómodas, por los ritmos que le salen naturalmente. Ariel Prat siempre eligió esa ruta en su carrera y hoy, a quince años de su debut, logró consolidar una trayectoria sin deberle nada a nadie, sin mendigar un lugar a costa de la popularidad o el dinero. Por estos tiempos, se lo ve seguro de haber elegido a la murga como soporte de sus creaciones. Con la levita sobre el hombro izquierdo, Prat sale a los escenarios porteños, una vez más, a iniciar el ritual. Algo queda en la memoria del músico que supo integrar el equipo de “los cebollitas” junto a Maradona, se le nota, porque es de los artistas que en vivo se sienten más cómodos que nadie. Quienes lo siguen desde su primer trabajo Y esa otra ciudad, editado en 1991, no se pierden los contados shows que hace en el país. Ellos también saben que, desde hace unos años, se fue a probar suerte a España “por curiosidad y azar”, como le gusta decir a Ariel. Y en ese camino encontró pareja y se instaló al borde de Los Pirineos, alejado de su barrio, Villa Urquiza. Pero ahora está de regreso, ya que este año editó su sexto trabajo reivindicando el estilo murguero y orillero y, por fin, la historia parece abrirle un camino que le resultó esquivo años atrás y hoy lo encuentra en pleno crecimiento, llenando teatros en Buenos Aires, Francia o España.

-¿Cómo se da tu paso del rock a la murga como centro de tus creaciones?

-En realidad, desde siempre, fue un viaje alrededor de lo mismo. Se fue dando, paulatinamente, durante toda la vida por mi manera de cantar y el color de mi voz. Por más que haya coqueteado con el rock, debido a que en mi barrio había una guitarra y una batería, lo mío es la calle. Además, en mis inicios era impensado poner un bombo de murga porque no había quién lo tocara, y ni siquiera eran considerados músicos. Para que la murga se vuelva a respetar como género pasó mucho tiempo, y a mí me tomó en la cresta de mi carrera. Incluso había muchos prejuicios para quienes tocaban  candombe. Y había que tocarlo al estilo uruguayo, al aire, sin tener en cuenta nuestras raíces, donde el candombe se toca a tierra y es el padre de la milonga y el tango. Cuando uno crece, va encontrando su lugar. Uno arma todo a partir de un sueño y un entorno que  terminan formando lo que sos. Estoy muy convencido, y muy metido con lo que estoy haciendo. Escucho a quienes me aconsejan, pero no me dejo llevar por la moda o lo que suene más digerible. También el crecimiento se da a partir de la gente con la que trabajás, como en el caso de Juan Subirá, que hace los arreglos y sabe interpretar muy bien el estilo; lo mismo me pasa con la gente que se sumó al camino de la banda. Está en nuestro ADN: en los discos y en el escenario eso se ve, y sale de una manera natural.

-¿El rock fue algo circunstancial, entonces?

-Fue una etapa que, como otras, se quemó. Pasó por escuchar mejor mi interior, dónde me siento más cómodo. Por ejemplo, hay un tema en Sobre la hora que se lama “Gardel y los guitarristas”, que era una milonga murgueada y que, cuando lo grabé con La Houseman René Band, salió de otra manera, mucho más barullero. No se estaba interpretando el sentido que yo quería. La decisión muchas veces no se piensa, pasa. Hacés un “clic” y ya. Es un estado natural que va acompañado de dos cosas importantísimas que son la curiosidad y el azar. Sin eso, nada se puede hacer en la vida. Si no curioseás y no tenés viento a favor para que te salgan las cosas, es muy difícil todo.

-¿Cómo es el contraste de sociedades que hay entre España (lugar donde reside) con tu vida de barrio en Soldati o Urquiza?

-Yo no pensaba en quedarme, fue una sensación rara. Hay muchas cosas que son traumáticas, pese a que hay motivos por los que uno deja de vivir en su barrio, en la tierra que ama. Uno va tras el humo de las cosas, como decía Yupanqui. Ahora me gustaría estar viviendo acá, pese a que cuando salgo de mi casa, que está cerca de Los Pirineos está todo hermoso, pero es muy tranquilo, y digo: cómo me gustaría estar en Triunvirato y Avenida de Los Incas. Villa Urquiza es mi sitio en el mundo. Tiene la luz y el sol que me gustan para mi película. Igualmente, echo de menos el lugar que en España fui construyendo. Yo no tengo el problema que tiene la gente con hijos. Por eso hice Los transplantados de Madrid, que habla de la gente que se tuvo que ir espontáneamente, que ahora tiene sus hijos allá y se quiere volver acá, pese a que los pibes te liquiden por robarte las zapatillas; ahí hay un vínculo que no se rompe jamás. Es algo traumático, pero me acostumbré a extrañar.

-¿Cómo ven a la murga los europeos, la consideran un género musical o creen que es tango?

-No la entienden. Lo toman como algo de color porque está el rollo que tiene al argentino emparentado con el cantautor y la milonga. No tanto con el tango, que allá lo relacionan con el baile más que nada. Lo demás les importa un huevo. Está muy relacionado con la industria del “zapatito”, que son los bailarines de la airfrance, que aprenden a bailar en el avión y se transforman en profesores de baile allá. Yo escapo de esas convenciones y gracias a Juan Carlos Cáceres, que también abrió un camino distinto en Europa con su “Tango negro”. En el medio del trayecto de ambos, nos juntamos y montamos un espectáculo mostrando los orígenes que tienen que ver con nuestra cultura, con nuestro origen negro, que no murió ni con el tango ni con la visión europea del porteño de creerse la París de Sudamérica y toda es farsa. Con Juan damos charlas antes de tocar, y la gente se sorprende con el tema de nuestro origen negro. Entonces le tenemos que explicar el tema de la esclavitud, las guerras, la fiebre amarilla y la cultura que ganó. Lo mismo me pasaba cuando empecé a meterme de lleno con el género acá. Antes sentía que tenía que pedir permiso para hacerlo porque te consideraban un grasa o un loco. Pero ahora, ya lo ven con otros ojos.

Noticias de ayer

Pese a estar fuera del país la mayoría del año, por shows propios o como invitado de otros artistas, como Bersuit, Prat sigue conectado con el mundo del rock. Fue inevitable hablar del presente del género y de la tragedia más grande que tuvo el rock hace un par de años en el boliche de Once.

-¿Te sorprendió la noticia de Cromañón a vos que venís de tocar en ambientes parecidos?

-La sensación que tenía era que en algún momento iba a ocurrir. Se veía venir y, lamentablemente, se pagó con la vida de tanta gente. Es muy delicado, pero era la crónica de una muerte anunciada. No te creas igualmente que en Europa no pasa algo similar. No hace mucho, en Sevilla, mostraron cómo estaban clausuradas las puertas de emergencia de una disco. El tema es que vivimos al borde todo el tiempo en todas las cosas acá. Cromañón fue eso. Fumar donde no se puede, meter gente de más en los camarines, hacer entrar a gente sin entrada para ahorrar impuestos. Todo esto sumado a la cultura del aguante, de quién tiene la bengala más larga, era una bomba. Había un reviente interno en los músicos que hasta a mí me pasó de tener que echar a amigos del camarín una noche o el día posterior porque se quedaban de gira. Eso lo tuve que cortar porque me di cuenta de que me perjudicaba en mi laburo, me arruinaba la voz. Al conocer gente en los viajes, te avivás. Tratás de cuidar más lo que hacés o decís para que llegue a su cometido. Así fui abandonando algunas cosas paulatinamente como la cancha, que ahora voy poco, más si tengo que cantar al otro día.

-¿Cómo es tu relación con el fútbol?

-Se da de manera natural. Eché mano siempre porque era de los pocos elementos que tenía. Esa era mi música, como le pasa a otras personas. Desde mis inicios como jugador hasta hoy haciendo un tema como “El zurdito”, que es un exorcismo de cosas mías de la infancia a partir de la figura de Messi. También hablo de la figura del padre que puede influir de manera positiva o incentivar a que triunfes pisándole la cabeza al otro. Por suerte, mi viejo me exigía para que rindiera lo mejor a mi manera, sin trampas. Pero hay pibes que caen en las garras de cada uno, que da miedo. El fútbol está también en “Gambeteando”, que es un tema de Los trasplantados de Madrid. Aparece la voz de mi viejo hablándole a un tío sobre la alegría de verme jugar en Argentinos. Está la voz del mismísimo Ernesto Duchini, un técnico que le decía que yo iba a llegar. Al final llegué de cabeza a otro lado, pero llegué a otro escenario. Yo vivo el escenario como cuando grito un gol, eso se nota. Toda esa pasión me la dio el fútbol. Yo jugué en Excursionistas, había llegado hasta tercera y a punto de pasar a Platense, pero no me dieron el pase por una pelea de mi viejo con un directivo. Después dejé, todavía debo estar fichado ahí.

-¿Cómo ves el presente de las murgas?

-La murga tiene que ser libre: hay gente que solamente quiere tocar, otros que quieren salir a bailar en carnaval y nada más, y está bien. A mí me parece genial que haya gente que haga murgas y no recurra a la murga uruguaya, porque la mayoría de los músicos creían que la murga nació en Montevideo y, en realidad, la murga porteña viene de nuestra comparsa negra. Es una cosa orillera, visceral, que después incorporó canciones cuando vino la inmigración. Mucha gente sabe de eso, como la gente de La Chilinga o Bersuit. Me ponen a veces como el embajador de las murgas, pero hay mucha gente que lo había hecho antes y lo sigue haciendo. Es muy gratificante y cuando puedo, me pongo la levita y salgo a desfilar con las murgas amigas que me permiten salir a bailar en los lugares que no compiten. Este año no voy a estar porque voy a los carnavales de Cádiz para conocer esa movida, y no quiero tocar de oído con mis amigos españoles.

-¿Qué otras diferencias ves entre la murga uruguaya y la argentina?

-El tema es que en Montevideo tienen el carnaval establecido desde 1952 de manera ininterrumpida. Nosotros, gracias a las dictaduras, casi no lo tuvimos y, encima, todavía no se derogó ese decreto que lo prohíbe. Por eso nuestra murga se margina y la de los uruguayos, no. Antes nuestra murga desfilaba en los teatros antes de los carnavales y después, se la silenció como a tantas otras cosas. Hoy vuelve porque la clase media porteña se deshizo y cualquiera tiene un nieto o un amigo en una murga o conoce a alguien. Era un prurito cultural, como antes fueron los negros y los indios. Tal vez los negros sean los primeros desaparecidos de nuestra historia. Antes si bailabas murga eras reo, atorrante, cometías un delito de desurbanidad y te pegaban por derecha y por izquierda. Los progresistas preferían a los negros de Montevideo o Bahía y no a los nuestros porque era mejor visto. Es una mirada turística la que tenían, que llega al racismo. Por eso mi último disco se llama Negro y murguero, porque son condiciones que reivindico desde el género y por una cuestión de actitud social, ya que considero que la murga hermana a las personas.

-¿Qué cambió desde tu disco anterior Los trasplantados de Madrid a Negro y murguero?

-Que no tengo que explicar tanto. Los trasplantados… es un disco que te abraza, muy afectivo. Tiene frases como “cuando se apaga la luz, dónde va lo claro”, es una fase de un poeta español que dice mi sobrina en el disco. Está lleno de voces. Negro y murguero es un concepto muy acabado, muy determinado y contundente. No te abraza, te empuja, te dice  “vamos pa’ delante”. Pese a que tiene temas como “El negro bamba”, que es de Julián Centeya, hay mucha novedad, porque es un género con una poesía desconocida para muchos. Es un problema político cultural que hace que esos poetas sean olvidados y la gente sepa más de hip hop que de Carlos de la Púa. Igualmente hay bandas como Fervor de Buenos Aires o Gina, que creo están armando algo nuevo.

-¿La canción “Los trasplantados de Madrid” es una especie de reproche por el olvido de muchos españoles que no recuerdan la historia de sus abuelos?

-El español común se ha olvidado de que casi todo lo que tiene se lo debe a que un pariente vino a la Argentina a recomponer su situación, y acá se le dio todo. Con la bonanza, no se quieren acordar para no bajonearse. Acá pasó lo mismo en el 83 con Los Twist y la dicha en movimiento, que querían divertirse, y no hablar de los desaparecidos. Así pasan las cosas, te meten las leyes de Obediencia debida y Punto final. Hay que aprender a leer la historia y saber que el mundo se va al carajo. Además el hecho de poder viajar por el mundo tiene que ser algo natural. ¿Qué hubiera pasado con Lord Byron, Conrad o Hemingway con las fronteras cerradas? ¿Eso quieren? Lo económico es un engaño, porque son amigos tuyos cuando les conviene. Ellos me preguntan qué pasa con tu país con todo lo que tienen. Pasa que hay 30 mil desaparecidos, pasa que gracias a las políticas económicas sus empresas vienen acá a cagarse en nosotros y que ustedes vivan bien. Allá sus empresas funcionan; acá, ganan plata. Yo me siento un trasplantado también, por eso hice ese tema.

*Entrevista publicada en Revista Sudestada Nº65, Diciembre de 2007