sábado, abril 13, 2024
Cultura

Luca: Romper todas las barreras

Gustavo Grazioli/El Furgón – A pesar de que la historia está bastante narrada, detrás del nombre Luca Prodan siempre queda algo más por recordar.

El creador de Sumo trascendió las barreras de lo esperable y con su forma desarraigada llegó a Argentina, cubierto de nuevas experiencias sonoras y algunos shows fundamentales en su retina. Con su aporte, a música de nuestro país tomó un rumbo que atravesó fronteras y se combinaron estéticas que hicieron empezar a tambalear la figura del rockero clásico (envuelto en una heteronormatividad galopante). Muchas anécdotas atestiguan el costado trasgresor de Luca. La primera, y ya archiconocida, data de un festival de 1982 en el que Sumo fue participe y el pelado enfrentó a un público metalero que vivaba por Pappo, mientras ellos tocaban. “¿Quién es Pappo?”, preguntó el autor de La rubia tarada. Como la intimidación del público de Riff seguía, le sucedió inmediatamente el desafío de jugarle una carrera al fundador de Pappo’s Blues tomando ginebra hasta Rosario.

La huella maldita había llegado a la música para desafiar los lugares comunes.

Su honestidad y autenticidad marcaron a fuego una forma de hacer las cosas. Ese “hazlo tú mismo” también quedó plasmado en la acidez de sus declaraciones que no entendían de diplomacia. A Fito Páez, en otra de esas anécdotas, le dijo: “Yo pensaba que vos eras el hijo de Charly García y Nito Mestre”. Cuando llegó al país a principios de 1980, el rock estaba virando hacia una especie de canto progresivo donde los sonidos parecían pasar por la fibra de la razón y de una fusión solemne. Como que rumbeaba en clave Yes y WeatherReport. Eso a Luca, que provenía de una escena post punk y de vibración más corrosiva, le produjo un desencanto. “Spinetta me parece muy rebuscado. O sea, todos dicen: las letras matan, pero nadie entiende de lo que está diciendo”, sentenció sobre una de las figuras centrales de nuestra música. “Todos esos arreglos donde hay ochenta cambios de acordes y al final no dice nada”, remató después, en una de esas entrevistas que se rastrean buceando por YouTube.

El alumno de alta alcurnia que estudió en Gordonstoun School, lugar donde se conoció con Timmy Mckern, emigró del confort, asediado por la heroína, y se instaló en la casa de quien había sido su compañero de colegio. Tras un intercambio epistolar con Mckern y la furia de la adicción que cada día lo acercaba más a la muerte, llegó a Traslasierra, Córdoba. Con la ilusión de recuperarse y con la ayuda del aire puro de las montañas, proyectó un giro contundente que lo sacara del estado convaleciente de la droga inyectable. Pero como bien dice la historia, el camino no se dirigió a trabajar la tierra ni a adquirir campos. Eso no hubiera sido posible en una persona como Luca. La fuerza poderosa de la sensibilidad artística que le corría por las venas lo llevó directo a formar Sumo, comandado por la formación de Stephanie Nuttal en batería, German Daffunchio en primera guitarra, Curtet en guitarra rítmica, Alejandro Sokol en bajo y él en la voz.

El viaje empezaba. Esta vez sin heroína pero en compañía de la ginebra. Luego de esa primera formación, algunos integrantes se fueron y por ejemplo Sokol tuvo que pasar a la batería. Pero nada fue impedimento para Luca, que ya desde los primeros acordes mostró su descontento, la angustia existencial y fue el que mejor retrató un día en el Abasto. Mañanas de sol/ Bajo por el ascensor/ Calles con árboles/ Chica pasa con temor/ No tengas miedo, no/ Hoy me pelé por mi trabajo/ Las lentes son por el sol/ y para la gente que me da asco/ No vayas a tu escuela/ Porque San Martín te espera/ Estás todo el día sola/ y miras a mi campera/ Tomates podridos/ Por las calles del Abasto.

Luca tenía respuesta para todo. Primero desde la música y después desde sus competencias intelectuales. En una entrevista por la televisión le preguntaron qué opinaba de su visión de reventado y contestó con la lucidez que lo caracterizaba: “¡¿Pero qué reventado?! Yo fui al mejor colegio de Europa. Fui a la escuela con el príncipe de Inglaterra. Hablo castellano, francés, inglés e italiano. ¿Vos cuántos hablás?”. Hechos como estos, además de la huella discográfica que dejó, son los antecedentes de que siempre tuvo que combatir con las restringidas etiquetas y descripciones de su banda y su persona. Más allá de que después de su muerte se empezó a escuchar masivamente, lo que hay que contar es la antesala de todo eso. Su vida de outsider no le salió barata. En aquellos años, antes de su fallecimiento, efectivamente lo que se veía no era un artista sino un “reventado”. Lo que vino después fue el entusiasmo de reconocerse dentro de los márgenes de lo que no era aceptado para sentirse underground.