martes, julio 16, 2024
Géneros

Violencia familiar: el maltrato como disciplina

Adriana Sandro*/El Furgón – “Sos una puta, una mal parida, no te aguanto más”, resuena en la cabeza de Lucía cuando lee y escucha las noticias sobre violencia de género. Son calificativos que su misma madre le gritaba. Ahora entiende que lo hacía porque estaba enojada con la vida. “Mi papá la golpeaba, mi abuelo también le daba con el cinturón y ella se la agarraba conmigo porque en algún lado tenía que meter ese infierno que vivió durante años”, explica a El Furgón Lucía con lágrimas en los ojos.

Según el informe de UNICEF Argentina “Una situación habitual: violencia en las vidas de los niños y los adolescentes”, los métodos de disciplina violenta afectan a 7 de cada 10 niños y niñas de entre 2 y 4 años. Y aunque más del 95 por ciento de los adultos cree que los más chicos no deben ser castigados físicamente, en el 70 por ciento de los hogares se utilizan métodos de disciplina que incluyen violencia física o verbal, como insultos, cachetadas y gritos.

El niño busca encontrar en nosotros una referencia para entender el mundo. Y de eso se trata: el pequeño lo comprende según cómo se lo presentemos. Si le mostramos hostilidad y violencia, ese accionar será naturalizado y al tropezarse con otro ambiente similar le parecerá normal recibir un cachetazo, un insulto o un desprecio. Un hijo es nuestro espejo: nos mira y nos sigue con sus pasos adonde vayamos.

Lucía tiene 32 años y otros tantos de transitar distintas terapias para salir adelante. Atravesó un intento de suicidio, novios que ejercían maltrato psicológico sobre ella y una enfermedad caracterizada por la dificultad de regular las propias emociones (también llamada “borderline”),  que la hacía clavarse las uñas en distintas partes del cuerpo porque se sentía culpable de todo lo que pasaba a su alrededor.

Varias veces intentó renovar sus pensamientos por medio de la terapia psicoanalítica, el cognitivismo y la relajación. Probó yendo a la Iglesia Universal, también con flores de Bach, memoria celular o leyendo libros de autoayuda. Pero cada vez creía que se equivocaba volvía a lastimarse sin entrar en razones. Su infancia estaba tallada con las peleas en su casa, su papá queriéndose clavar un cuchillo en el estómago o rompiendo sus camisas, su madre llorando y esa mirada maternal con odio, que la hacía sentir que su nacimiento había sido un problema más.

Ya de adolescentes o adultos con una conciencia más desarrollada y el poder de comparar su vida con la de otros, quienes fueron maltratados en su infancia quizás se den cuenta de que esa violencia no es habitual. Pero puede ocurrir que ya no se pueda borrar de su inconsciente aquella marca de agresividad que padeció de chica y busque lazos similares a aquellos primeros con los cuales se identificó. Porque la mente de un bebé o de un niño es un diamante en bruto: la podemos amoldar como quisiéramos.

“Una vez en un aeropuerto, creí que mi pareja había mirado a otra mujer y me agarró un ataque de nervios sin control. Automáticamente me encendí y comencé a lastimarme, tirada en el suelo me sentía el ser más horrible del planeta, sólo por una mirada. Esa que me faltó cuando era una niña, esa mirada de amor que mi mamá no me dio, esa mirada de desprecio que recibí ante un pedido de auxilio que me sacara de la soledad”, explica la joven.

La compulsión a la repetición, según el psicoanalista Sigmund Freud, está relacionada con repetir actos, pensamientos, sueños, juegos, escenas o situaciones dolorosas del pasado que nos hicieron sufrir pero, como fueron talladas en nosotros, no podemos dejar de lado: porque es lo único que conocemos o nos son familiares. Es un mecanismo inconsciente. Buscamos varias veces el placer allí, en los lugares que tan mal nos hicieron.

La historia de Lucía escribe un segundo capítulo cuando nace su hijo: en él se reencuentra con su infancia, sus fantasmas, miedos. Ella no tenía una madre a quien imitar, no contaba con un modelo a seguir, sólo sabía lo que no quería repetir. Y así, con la mochila familiar a cuestas, intenta ser una madre en la que su hijo encuentre la mirada que a ella le faltó.

Desde que tuvo a su hijo en brazos no volvió a autoflagelarse. Entendió que él sigue sus pasos y es una piedra preciosa, de composición simple y cristalina, que ahora le toca tallar a ella.   

* Adriana Sandro es periodista y psicóloga.

Foto: Justina Soulas