domingo, abril 21, 2024
Nacionales

La máquina maldita

Gustavo Varela*/El Furgón – La imagen dominante en la dictadura militar son las fotos 4×4, hechas cartel, de los desaparecidos. Una foto al lado de la otra, en blanco y negro, tres cuartos de perfil, caras jóvenes, caras serias. Caras en serie.

La imagen dominante en la dictadura militar son los pañuelos blancos en las cabezas de mujeres grandes, pañuelos que reclaman, que buscan, que preguntan. Pañuelos que trazan un círculo en la plaza. Esas mujeres grandes, corridas por la policía e ignoradas por la curia. Pero vuelven, insisten, siguen caminando. Se hacen dueñas de la plaza. Se multiplican en millones que caminan con ellas.

Estas imágenes, sí.

Y estas otras.

La imagen de la dictadura militar son los goles de Mario Kempes, Daniel Passarella levantando la copa, César Luis Menotti con sobretodo y fumando, Videla en el palco. Y después Videla saludando a los jugadores, y José María Muñóz alabando la canalla.

La imagen de la dictadura son los pies fríos de la guerra en Malvinas, los gurkas que nadie vio, el frío del hielo para el whisky de Galtieri. El conductor Gómez Fuentes, las caras de Cacho Fontana y Pinky. El regreso de los chicos de la guerra, el trauma y los suicidios.

La imagen de la dictadura son las cejas de Massera, las orejas de Martínez de Hoz, los tics nerviosos de Videla, el gesto ausente de Agosti, la mirada torva de Astiz.

La imagen dominante de la dictadura son todos los que estaban en la Plaza de Mayo el 30 de marzo de 1982, antes de Malvinas, corriendo porque los policías y los caballos corrían persiguiendo a la gente, y los gaseados corrían, y las madres corrían. Hasta que no quedó nadie.

Los sistemas de crueldad son aritmética pura: una administración del tiempo, una ordenación espacial, un gesto preciso para el acuerdo e igual de preciso para matar una vida. Es un martillo que golpea la bala y la bala sale con la exactitud de una máquina. Los sistemas de crueldad son modos de extensión sobre las vidas de la gente; ocupación del territorio ajeno, domesticación de los más chicos, persecución de los más jóvenes. Los cuerpos a merced del dictador. De la perversión del dictador y de su paje.

El discurso de la dictadura es cerrado y de amenaza, el silencio es grande, las decisiones son despóticas. Qué se puede leer y qué no, qué se puede decir y qué no.

Lo visible es lo que se permite ver, lo autorizado a ser visto; lo otro es lo que está obligado a retraerse, pura oscuridad. Ceguera.

La dictadura pretende legitimar su barbarie a través de la imagen; a la vez, tortura y mata en sus cuevas. La imagen es la televisión, preferentemente la televisión, intervenido cada canal por cada una de las armas de las fuerzas armadas: Canal 9 para el ejército, Canal 11 para la marina y Canal 13 para la aeronáutica.

La televisión de catorce horas encendidas, de penetración directa, de encierro en el hogar. En pleno encierro, televisión y hogar son un maridaje perfecto, se corresponden entre sí: la televisión amplifica la vida política en la vida hogareña; y el hogar alberga y  cree en lo que ve, y da sentido a la televisión.

En la sociedad del encierro que es la dictadura militar, en el encierro que es el estado de sitio; en el peligro de pisar la calle porque hay balas, secuestros, detenciones, golpes, policías embriagados. En esa tormenta, la televisión es el único ojo para ver.

¿Qué se ve?

Se ven telenovelas y noticieros y a Mirtha Legrand y a Jorge Porcel y las carreras de Fórmula Uno; pero lo que más se ve son los límites y la censura impuestos por la Secretaría de Información Pública, por cualquier cosa: por la barba, por la izquierda, por el largo del pelo. Por lo que sea. Vigilar y castigar.

La televisión, desde 1976, es una planicie. La dictadura, en esa planicie, inunda la pantalla con sus propias producciones, casi desde el comienzo. A seis meses del golpe de estado, se inicia un bombardeo publicitario que no va a parar hasta el final de la guerra de Malvinas, que es también el final de la dictadura. Seis años de insistencia. Documentales, propagandas, institucionales, celebraciones, mediometrajes, etc. Todo en fílmico, para cine y televisión. Mucha televisión. Con campañas ordenadas por tema, con eslogans publicitarios realizados por agencias importantes, ad honorem y sin pedidos de almirantes o generales, ad honorem de motus propio (1). Una donación.

Y estas campañas: Ganamos la paz, Soberanía, Tiempo y esfuerzo, Argentina Camina, Autoridad, La mujer de hoy, Argentinos a vencer, Recuerde y compare, Un cambio de mentalidad, El mundo tiene 5 grandes problemas. La Argentina no tiene ninguno ¿Entonces? Un cambio de mentalidad, Unámonos y no seremos bocado de la subversión, entre otros. ¿Tantos? Sí, muchos, y de una enorme eficacia.

Apenas seis meses después del golpe de estado, se emiten por televisión cuatro propagandas institucionales. El tema: una descripción de lo ocurrido desde el 24 de marzo de 1976 hasta ese presente, medio año más tarde. Cuatro modos de intervención sobre la población, cuatro temas distintos y un mismo objetivo hecho de Fuerzas Armadas necesarias, de Iglesia Católica como vigía permanente, de la familia como estilo de vida y de una juventud pródiga y sana. O sea: remplazar a la política por los militares, a la ideología por el catecismo, a la militancia por el hogar y a los ideales por la tradición.

Es la primera propaganda televisiva del gobierno. Había cadenas nacionales y escenas en los noticieros, se publicaban avisos de respaldo y exaltación del nuevo gobierno. Pero esta campaña llamada “6º mes FF.AA.” inauguraba una forma de emisión de ideas, principios, advertencias, etc., que van a transmitirse a través de la televisión como el órgano de distribución capilar por excelencia. La cantidad de publicidades y la variedad y especificidad de sus temas a lo largo de toda la dictadura militar, dan cuenta de esa intervención reticular. Todo tomado, el trabajo, los jóvenes, la familia, la vida cotidiana, la presencia de la iglesia. Todo. La vida privada escrutada en cada rincón, en cada agenda y en cualquier gesto; y la vida pública, baleada por una política totalitaria y una economía de empobrecimiento general.

Estas cuatro piezas publicitarias van a ser la plataforma de todas las que siguen. Cada propaganda, para cada una de estas piezas, un tema central: la lucha contra la subversión, lo argentino, el estilo de vida y la juventud.

En la primera de las propagandas, un locutor ceremonioso, con tono de gravedad castrense y acompañado por una música sacra de fondo, comienza diciendo: “Hace seis meses, las Fuerzas Armadas ante la corrupción y el caos, la indisciplina moral y el peligro cierto de desintegración en el que se hallaba el país, asumieron el poder político para reinstaurar el orden que se hallaba subvertido, la honestidad que se había negociado y olvidado”.

Las imágenes muestran la “normalidad” de la vida cotidiana: el estudiante que va a la universidad, mujeres y hombres en su hacer laboral caminando por la Plaza de Mayo; escenas portuarias, de fábricas, de producción agro-ganadera, a la vez que la voz, ahora enfática del locutor, anuncia que “el 24 de marzo de 1976 el país se puso en movimiento”. Mientras, todo lo que se muestra en la pantalla se está moviendo: la gente, las máquinas, los autos, la bandera flameante. Sobre el final vuelve a enunciar el contraste entre la paz social y el peligro de la subversión, entre lo que es y lo que fue, todo ello con la imagen de la Pirámide de Mayo en primer plano: “El argentino, enarbolando la esperanza y la fe […] en quienes evitaron, con su intervención, que esta bendita tierra tuviese otra bandera, un amo terrible y en lugar de libertad, una horrible esclavitud”.

Esta escena de lo monstruoso se repite en la propaganda siguiente de la campaña. Con imágenes de autos y edificios incendiándose, de gente corriendo, sobre un fondo de sirenas de bomberos, el locutor sentencia: “O los agentes del caos se hacían cargo de la  situación, o las Fuerzas Armadas asumían el poder político”. Nuevamente las escenas de gente caminando, ahora con primeros planos y en la calle Lavalle o Florida, imágenes del hogar, de trabajadores en la fábrica, obreros de la construcción. Nada del caos anterior, eso dice. Que “frente a un proceso nocivo y destructor, lo que llega es otro de recuperación nacional”. La recuperación es el monumento al General San Martín indicando el rumbo, la imagen de una biblioteca como ámbito de la cultura nacional y la cruz católica que trae “la bondadosa mirada de Dios”.

La tercera de estas publicidades comienza definiendo qué es la firmeza. La imagen muestra a los tres miembros de la Junta Militar frente a un escritorio y luego a una persona de espaldas, como si fuera una sombra.

“Cuando alguien habla de firmeza debe entenderse que firmeza no es dureza ni blandura. Si por dureza se entiende el castigo de los corruptos y a los que atentan contra el país desde las sombras, entonces todos deseamos que esa justicia nos dé fuerzas para seguir adelante”.

Firmeza es el concepto Videla por antonomasia. Lo repite una y otra vez en sus discursos de 1976. De hecho, algunas de las expresiones o frases utilizadas en estas publicidades fueron dichas por el dictador Videla en su discurso del 24 de mayo de ese año, a dos meses del golpe y como parte de la conmemoración de la Revolución de Mayo.

¿Qué quiere decir “firmeza” en una sociedad que está metida adentro de sus casas y con un poder militar arbitrario y cruel? La publicidad comienza con este concepto, anunciando algo pero sin decirlo de un modo explícito. ¿Firmeza es “sin piedad”?

Ante la pregunta que formula la dictadura a las 10 de la noche, por televisión, por todos los canales y todos los días, con una voz en off grave y sugerente: “¿Ud. Sabe dónde está su hijo ahora?”; ante esa pregunta, la palabra “firmeza” es una respuesta letal. ¿Firmeza es “sin ninguna consideración”? ¿Es “vamos a secuestrar, vamos a torturar, vamos a matar”? ¿Es eso? Por los efectos posteriores sí, es eso.

La dictadura celebra sus primeros seis meses con advertencias solapadas en la propaganda y acciones directas y sin ocultamiento en las calles.

Con ese paraguas de lobo manso, en todas estas propagandas la juventud aparece como un valor y como una preocupación específica de la dictadura. “Nos angustia saber si la juventud es pródiga y es sana”: así comienza esta publicidad de 1976 dirigida a la juventud, con una pregunta que es una definición de qué es ser joven. Y a la vez la amenaza: ¿Qué es lo contrario de pródigo y sano: subversivo y extremista?

¿Por qué elegir este tema como uno de los cuatro pilares publicitarios? ¿Cuál es la importancia de los jóvenes para que sean considerados, de un modo específico, en el comunicado Nº 13 de la Junta Militar el 24 de marzo de 1976?

La juventud como tema de propaganda institucional es de esta primera etapa, de 1976 y 1977; y es, sin dudas, candente. Si la década del cincuenta da visibilidad a los jóvenes, durante los sesenta se expande como un decidido actor político. Son años de hippismo, pelo largo, Cuba libre, el mayo francés, revolución y lucha armada. Sin embargo, quienes participan activamente en política, no se definen como jóvenes sino como pueblo, como trabajadores, como antiimperialistas, como revolucionarios. Es decir, no son pródigos ni sanos.

La Junta Militar, en el comunicado Nº13, se dirige a “la juventud de la patria para convocarlos a participar”. Define a la juventud a partir de una conducta moral claramente delimitada: principios patrióticos, sed de sinceridad y de franqueza, contracción al trabajo fecundo, anhelo de un futuro mejor. Quienes no siguen esta conducta, no son jóvenes. Son otra cosa, ¿qué?

Las Fuerzas Armadas llevan adelante una “ardua tarea” y por ello formulan, con un tono castrense e imperativo, es decir amenazante, “un vibrante e irrenunciable llamado a la juventud argentina” para que su “idealismo y desinterés” se integren a una patria común.

La propaganda sobre la juventud se inscribe en esta trama. No hay enfrentamiento sino angustia por saber. ¿Saber qué? Si los jóvenes son sanos. Y sanos quiere decir que no son subversivos, que no son militantes políticos, que no son revolucionarios, aunque esto no se dice nunca en las publicidades. Hay un discurso casi reverencial sobre los jóvenes, tanto que adquiere una dimensión política: los jóvenes son, básicamente, posibles objetos de engaño. Es decir, tienen una inocencia matriz que puede ser corrompida. Esa matriz son los símbolos nacionales, la familia, la iglesia. “Sintetizando, en Dios, Patria y Hogar” (2). Lo “normal” es esto.

Y también esto: “La juventud es y será una preocupación prioritaria del Ejército porque no sólo es la savia que lo nutre, sino que por encima de ellos significa el futuro de la Nación. Contribuir a su formación, compartir ideales, apoyar sus aspiraciones, fortalecer la personalidad en la fuente del deber y en la enseñanza del uso responsable de los medios –espirituales y materiales, aptos para hacer y defender la Patria, como expresión genérica del bien común–, son propósitos renovados cada año en el contacto con la clase que la institución incorpora a sus filas” (3).

La definición de Videla sigue con la descripción de lo otro, lo que es anormal, lo peligroso; “algunos sectores de la juventud argentina muestran ser vulnerables a la prédica disolvente…”, escribe el dictador.

En 1977 el tema recibe una nueva propaganda institucional. Otra vez sobre el almíbar moral de lo esperado. “Así es nuestra juventud”, dice el locutor, mientras la pantalla muestra decenas de diplomas universitarios con jóvenes felices. “Hay un futuro que aguarda y una nación que confía. Juventud, realidad de hoy, esperanza del mañana”, insiste la voz en off siguiendo los preceptos escritos por Videla en su carta.

No hay jóvenes revolucionarios, hay jóvenes equivocados, jóvenes vulnerables. Si no se curan, si tienen una “prédica disolvente”, no son jóvenes, son subversivos. Esta es la amenaza que cumplieron a rajatabla.

Sin dudas una cubierta para esconder las decenas de miles de jóvenes sometidos a tortura y muertos a golpes en los campos de concentración.

Notas:

(1) “A principios de la Dictadura, cinco importantes agencias se asocian para colaborar ad honorem con el flamante gobierno de Videla”. Del publicista Gabriel Dreyfus en su libro “La publicidad que me parió”. Buenos Aires; Planeta, 2001.

(2) “Quemaron textos de literatura extremista”. Diario La Nación. 30 de mayo de 1976, pág. 5.

(3) Carta de J. R. Videla a una joven universitaria publicada el 8 de febrero de 1976 en el diario Clarín. G. Saidón (2016). “La farsa. Los 48 días previos al golpe”. Buenos Aires: Planeta. Pág. 98.

*Fragmento de “La guerra de las imágenes. Una historia visual de la Argentina”, publicado en septiembre de 2017 por editorial Ariel / Publicado en Revista Sudestada Nº 150, Noviembre-Diciembre de 2017