jueves, julio 18, 2024
Nacionales

En el nombre de la democracia

Martina Kaniuka, especial para Sudestada/El Furgón* – Más de cuarenta días transcurren desde la desaparición forzada de Santiago Maldonado. El gobierno oscila, sin aparente estrategia -remolcado por la complicidad de los medios amigos y determinado por los resultados de los focus group y las encuestas- entre reconocer que fue Gendarmería quien aquella tarde nefasta en Cushamen, en medio de la represión y la balacera a la comunidad mapuche, se lo llevó y, cargar aún más las tintas apelando a la inversión de la culpa que aplica sobre Santiago y sobre su familia desde el minuto uno: dice ahora que sería un “karateka experto” y que antes de escaparse con destino incierto habría molido a golpes a los desvalidos gendarmes.

Mientras todas las “hipótesis” evidencian con cada contrastación la ineludible responsabilidad de las fuerzas de seguridad del Estado, encarnadas por Gendarmería, de Pablo Noceti -a cargo del operativo represivo- y de Patricia Bullrich -negadora compulsiva de la desaparición forzada de Santiago desde el Ministerio de Seguridad-, esta última semana asistimos a una serie de eventos desafortunados que, in crescendo, trajeron a escena la visión democratista de los hechos.

La pregunta por la democracia reapareció en cada eje discursivo. Reapareció después de que circularan miles de fotos que demostraban que quienes ocasionaron los disturbios en la marcha por la aparición con vida de Santiago, no fueron anarquistas que, envalentonados, obviaron -con gomeras y piedras- frente a tanquetas y armas largas, la correlación de fuerzas. Parece ser que otra vez fueron los che pibes de la inteligencia al servicio del capital, organizados en grupos de tareas y patotas sin la identificación reglamentaria.

La pregunta por la democracia también surgió de los dichos de Alfredo Leuco, uno de los mayores operadores mediáticos del gobierno. Leuco dijo en su editorial del domingo y hablando el idioma de los genocidas: “Nos han declarado la guerra”; y aprovechando el viento de cola, atemorizó a sus televidentes metiendo en la misma bolsa a mapuches, ciudadanos que buscan a Santiago, provocadores pagos, opositores al régimen y señoras preocupadas por el “bien común” y la “cosa pública”. “No alcanza con prender una luz roja de alarma. Nos han declarado la guerra. Entre todos tenemos que hacer algo, antes que sea demasiado tarde para lágrimas. Usted elije, las urnas o las bombas molotov”, concluyó, atizando más leña al fuego de la invención del enemigo.

La pregunta por la democracia reapareció con el intento de detención, por parte de la policía bonaerense, de Federico Mendoza, profesor de Política y Ciudadanía que tuvo que atrincherarse en la escuela Técnica 4 de Florencio Varela, ante la visión iracunda de la madre de una alumna por “adoctrinar a sus alumnos”, al hablar en clase de derechos humanos y de la desaparición forzada de Santiago Maldonado.

La pregunta por la democracia está latente. Tan latente como la violencia que cada vez más seguido decide mostrarse en forma de represión. La angustia, la incertidumbre, la bronca, las aparentes dos campanas y la ausencia de grises, son el disparador de la pregunta que resuena y que encuentra su eco con vistas al pasado.

Tan latente está la pregunta por la democracia como el autoritarismo cuasi militar que ejerce un gobierno elegido por el voto popular, que ya tiene en Santiago a su primera desaparición forzada. La crispación creciente que se denota en las redes pero también en las calles, cuestiona una democracia que promueve el respeto a las libertades individuales, atiende a las leyes y a la Constitución; pero, al mismo tiempo y en el mismo país, nos impide conocer el paradero de Santiago Maldonado.

Pilar Calveiro, sobreviviente del genocidio de la última dictadura militar, nos advierte en su libro Poder y desaparición: “El poder muta y reaparece, distinto y el mismo cada vez. Sus formas se subsumen, se hacen subterráneas para volver a aparecer y rebrotar. Creo que un ejercicio interesante sería intentar comprender cómo se recicla el poder desaparecedor. Cuáles son sus desintegraciones y sus amnesias en esta posmodernidad. Cómo reprime y totaliza, aunque se manifieste en el individualismo más radical. Cuáles son sus esquizofrenias, y cómo se nutre de las falsas separaciones entre lo individual y lo social. Cómo conservar la memoria, encontrarlos resquicios y sobrevivir a él”.

Si repensáramos en la democracia que supimos conseguir, deberíamos atender que en nombre de la democracia, el 15 de febrero de 1975, el gobierno peronista selló por medio de un decreto secreto el “Operativo Independencia” en Tucumán: el segundo genocidio sistemático y planificado en nuestro país se inició en democracia.

Con la desaparición de 30 mil compañeros y la población irradiada por el terror, después de la re-estructuración planificada de las relaciones político-sociales en el Proceso de Reorganización Nacional, también en nombre de la democracia –cuando ya curaba, alimentaba y educaba– la CONADEP dejó constancia de la guerra sucia y de los dos demonios en el prólogo del Nunca Más. Allí se deja encendida la mecha de los “dos bandos” que, en nombre de “la verdad” y también en el nombre de la democracia, sería encendida por grupos de fanáticos negacionistas en más de una ocasión y que ahora es reversionada tristemente en mapuches y anarquistas terroristas.

En el nombre de la democracia, las estructuras políticas peronistas y radicales que dieron sustento al Proceso de Reorganización Nacional y ocuparon sus bancas políticas en todos los estamentos –desde concejales hasta gobernadores, diputados y senadores– durante el Golpe Cívico Militar Eclesiástico y Empresarial de 1976, fueron absueltas de todo cargo y culpa, aún de la omisión. Algunos siguen ocupando lugares destacados del poder.

En el nombre de la democracia, durante el gobierno de Carlos Menem fueron sancionadas las leyes de Obediencia de Vida y Punto Final. Durante el gobierno de Eduardo Duhalde, acribillaron a Maximiliano Kosteki y Darío Santillán en la Masacre de Avellaneda. El kirchnerismo tuvo a Milani como jefe del Ejército, a Berni entre sus filas, atestiguó inocuo la desaparición de Julio López y sancionó la ley antiterrorista, imponiendo penas de prisión a quienes “aterroricen a la población”, abriendo el llano para la criminalización de cualquier enemigo por más inventado que sea.

En el nombre de la democracia y desde las urnas es Jefe de Gabinete Marcos Peña Braun, cuya familia entregó el 24 de marzo de 1976 –ni un día antes, ni uno después– a 60 trabajadores del Astillero Astarsa, del que era propietaria. Mientras tanto, rechaza de plano desde el discurso el “intento político de comparar al Gobierno nacional con la dictadura militar”.

En el nombre de la democracia, Pablo Noceti, abogado defensor del genocida Etchecolatz, ahora es jefe de gabinete del Ministerio de Seguridad y principal responsable de la desaparición de Santiago. También en su nombre, María Eugenia Vidal vive en un búnker militar que fue parte del circuito represivo de la subzona 16 en la dictadura militar, mientras que la agrupación H.I.J.OS pide que se señalice para funcionar como “Espacio por la Memoria”.

En el nombre de la democracia, los adalides de la libertad de expresión escupen mentiras las veinticuatro horas del día en todos los medios de comunicación, fumigando a la población con los desperdicios de sus mentes infames, trabajando codo a codo con los intereses de los más poderosos en la construcción de un enemigo que desvíe la atención.

Pero entonces, ¿el problema es la democracia?

Se ha dicho que “con la democracia se come, se cura y se educa”, pero mientras tanto en la Argentina, según la OXFAM, hay 1.185 multimillonarios cuya fortuna representa 0,5 veces la inversión del Estado en educación y equivale al 26 por ciento del Producto Bruto Interno (PIB). La ganancia de cada uno de esos multimillonarios representa 429 veces lo que gana un trabajador en Argentina. Esta semana el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia informó que el 47.7 por ciento de los hogares con niños son pobres.

Se dice que la democracia es la forma de convivencia social en la que los miembros son “libres e iguales” pero el gasto en defensa del Ministerio de Seguridad sólo en la Ciudad de Buenos Aires, según la CEPP, aumentó un 397 por ciento en 2016, respecto del año anterior; una antesala del recrudecimiento de la represión de la protesta social en aumento en tiempos de hambre y ajuste.

Según una encuesta de parlamentarios de la USAL, se aprecia una sobrerrepresentación de empresarios ocupando cargos parlamentarios: el total de empresarios con presencia en la política en México, Colombia, El Salvador, Chile, Brasil, Bolivia, Perú, Argentina y Uruguay, asciende a casi la cuarta parte de las bancas, con un 22,6 por ciento.

Para la clase empresarial, el fin siempre ha justificado los medios y, como dijera Nora Cortiñas, “han ahorrado 40 años de ambiciones”. Con proyectos de establecimiento por medio de COPLA –una Corte Penal Latinoamericana y del Caribe que busca constituirse a partir de un petitorio de Change Org– de una “democracia global” contra el crimen trasnacional y organizado y el “recrudecimiento de la violencia en América Latina”, esta semana Mauricio Macri recibió, en democracia, al genocida Israelí Benjamín Netanyahu para trabajar en el establecimiento de proyectos y acuerdos de seguridad y ciberseguridad, de combate al terrorismo y al narcotráfico.

A meses de la reunión G20, ya están preparando los operativos para reprimir las protestas: según Infobae, desde el Ministerio de Seguridad y la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) se armó un “perfil de grupos de protesta”. Estos se dividen en sectores anarquistas, grupos de izquierda, Quebracho, piqueteros kirchneristas y grupos extranjeros antiglobalización. Para frenar a estos grupos y coordinar todos los movimientos de los jefes de Estado, se dispondrá de unos 7500 efectivos de la policía de la Ciudad de Buenos Aires y un número aún no definido de uniformados de Gendarmería, Prefectura, Policía Federal, Policía de Seguridad Aeroportuaria, miembros de la Fuerza Aérea, del Servicio Penitenciario Federal y la policía bonaerense.

Con este panorama, queda claro que el problema no es la democracia sino lo que en su nombre se gesta, y quiénes son aquellos que, desde las urnas, enraizados en un pasado no democrático y escrito con las botas, persiguen objetivos distantes del bienestar del pueblo.

El empoderamiento como agentes económicos y del cambio social por parte de los grandes capitales en nuestro país, se evidencia cuando en el nombre de la democracia se aplican medidas de ajuste, se criminaliza la pobreza y se intenta hacerlo con la libertad de expresión, se deslegitiman derechos, se da rienda suelta a la violencia institucional y se niega, como en el caso de Santiago, el derecho a la identidad.

En retrospectiva, valen las palabras de Rodolfo Walsh para repensar los condicionamientos de esta democracia bastarda, hija de la dictadura más sangrienta de la historia de nuestro país y de los pactos entre los actores cómplices que aún la perviven: “En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Mientras la puja se dirima entre personajes pesados de la misma clase y lo que no se defina sea una lucha de clases, mientras la clase obrera agache la cabeza, compre el discurso hegemónico y siga votando a sus propios verdugos, faltará bastante tiempo para conocer las virtudes de una democracia plena, donde la desigualdad no se constituya su especificidad.

Mientras tanto, además de seguir pidiendo por la aparición con vida de Santiago Maldonado, deberíamos gritar todos juntos: “¡No en nombre de la democracia!”.

Foto de portada: Veinticuatro/Tres