lunes, abril 22, 2024
Cultura

De Shanghai a Buenos Aires

La Inglaterra victoriana, como la Francia

del Segundo Imperio, pretendían que el arte

 sirviese para inculcar los principios de

la moral dominante. Proclamando el arte

por el arte, la cultura defendía la propia

 libertad de expresar nuevas exigencias de la vida.

            (Diario en público, Elio Vittorini)

 

Juan Bautista Duizeide/El Furgón – Argentino-británico nacido en Rosario, C.E. Feiling cultivó la figura de extranjero como una forma de la provocación constante de la cual era adepto. El escritor, que falleció el 22 de julio de 1997, formó parte del grupo de jóvenes narradores que a fines de 1980 cuestionaba a las vacas sagradas del sesentismo. Su legado escapa a cualquier etiqueta. 

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¿Qué razones habría para revisitar la obra de un autor cuyas novelas estaban plagadas de alusiones y de citas en latín y en inglés, un autor desdeñoso de lo popular y según muchos de una pedantería insoportable? Y encima con la pretensión de hacerlo desde la izquierda, ese término devaluado por los años del genocidio, el posterior democratismo ingenuo o cínico y sobre todo devaluado por la misma izquierda anquilosada, amarrada a sus libros sagrados y sus mandamientos sin fieles. Bastaría, para explicar este empeño, un aforismo luminoso de Horacio González que condensa tomos enteros acerca de las cristalizaciones (de las necrosis) de la crítica: “En Argentina no hay relectura, hay encuadernación”. Muchas razones más para hacerlo se descubren, precisamente, leyendo las novelas y ensayos de Feiling.

El marino maldito

Egresado como guardiamarina del Liceo Naval Militar de Río Santiago en 1978 -cuando el Negro Massera comandaba la Armada y había hecho de la Escuela de Mecánica uno de los mayores centros de detención y aniquilamiento- ingresó a la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Si en el Liceo asombraba con su cultura ya prodigiosa, sus permanentes cigarrillos negros sin filtro y sus actitudes “antisistema”, y era admirado desde la tilinguería uniformada por su sobreactuación de lo british, en la universidad de la restauración democrática escandalizó exhibiendo su formación militar y desmontando implacablemente cada uno de los supuestos del progresismo. No era raro que asistiera a clases en la facultad más psicobolche de la época alfonsinista con la valija que usaba en el Liceo al salir de licencia. Y hay quienes recuerdan haber distinguido por aquellos años su silueta, por cierto vampírica, enfundada en la capa naval. Más allá de esas puestas en escena pour épater le radical, fue un alumno destacado que sabía trenzarse en lúcidas discusiones con los profesores, y pese a tal costumbre desaconsejable para el carrerista, logró uno de los promedios más altos de la carrera de Letras en toda su historia. Por supuesto jamás reclamó la medalla que le correspondía.

feiling 4Dio clases en la Universidad de Buenos Aires, en la de San Andrés, en la de Lomas de Zamora y en la de Nottingham. El latín, la lingüística, las teorías de la comunicación y la filosofía del lenguaje no eran en su caso meras coartadas curriculares, sino vastos territorios de un saber imperial. Sin embargo, desdeñó la posibilidad de seguir una carrera académica, y tal como Homero Manzi (Feiling hubiera aborrecido esta cita) se dedicó a hacer letras para los hombres: publicó cientos de artículos periodísticos de crítica literaria y cultural, fundamentalmente en los diarios Clarín y Página/12. Feiling, que había sido becario, deploraba esa figura, especie de sofista moderno que lee y escribe no por amor al conocimiento y a la literatura, sino por ansias de poder académico. Un becario, erudito y looser total con las mujeres, muy parecido a él, protagoniza su primera novela: El agua electrizada (1992). 

Bandas chantas arañan la nada

A fines de  1980, Feiling formó parte del grupo Shangai junto a Martín Caparrós, Jorge Dorio, Alan Pauls, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Sergio Chefjec y Luis Chitarroni, entre otros. Shangai fue una aglomeración inestable y tendiente a la inexistencia según afirman quienes la integraron. Quizás sólo un estado de ánimo epocal. Un síntoma (con perdón de la vulgata psicoanalítica que provocaba la inquina de Feiling). Sea como sea, ahí están para probar que algo hubo en los 18 números de la revista Babel, los libros que publicaron y los programas radiales y televisivos en los que participaron por entonces. Desde el mismo título de su revista –Babel- se marcaban tanto la heterogeneidad como las ansias de romper con cualquier unicato estético o ideológico, la apuesta por la multiplicidad.

Formaban parte de una generación -con todo lo equívoco que admite ese concepto cuando no se lo cruza con otras coordenadas: culturales, de clase- ofendida por la historia. En líneas generales no reaccionaron contra los principales responsables de esa historia reciente y terrible, los militares y civiles que condujeron el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, sino que reaccionaron contra sus predecesores en el campo cultural. Contra eso que suele llamarse en Argentina, como si fuera un bloque monolítico, sin divergencias, sin fisuras, sin contradicciones, los sesenta.

feiling 8Los Shangai fueron explícitamente contrarios al compromiso. Martín Caparrós, por aquellos tiempos escribió, rezongó, pontificó en contra de algo a lo que le encajó el nombre intencionalmente irrisorio de literatura Roger Rabbit. Que sería aquella que busca tener efectos en la realidad. Más allá de que toda literatura algún efecto en la realidad tiene, así sea mínimo, acotado a la realidad literaria, lingüística, estilística, Caparrós debería haber precisado mejor a qué se estaba queriendo referir. De lo contrario, en esa categoría denostada bien cabe el Facundo, Martín Fierro, El escritor argentino frente a la tradición, Operación Masacre y siguen los nombres. En contraposición, los integrantes de Shangai postularon la práctica de una literatura autoreflexiva, orientada hacia la semiótica, la lingüística, la filosofía.

Había en ese grupo (bien podríamos rebautizarlo Chantay) bastante de (im)postura. Exageraban sus conocimientos de teoría literaria, considerada a la vez herramienta para la escritura y tema de la escritura. Por eso -y no sólo por oponerse al auge del cuento en la década de 1960- eran novelistas, dado que el cuento, por extensión pero también por aspirar a cierta tensión narrativa, no admite demasiados rizos o incrustaciones, o requiere el genio de un Borges que sepa contrabandear filosofía, lógica, matemática, teología y demás disciplinas dentro de formas breves sin boicotearlas.

El giro crítico que propuso el grupo Shangai fue otra forma de negar el vitalismo, central durante 1960 en Argentina. También un lugar estético e ideológico desde el cual oponerse a los grandes relatos que habían intentado no sólo explicar pasado y presente de nuestro país, sino proponer rumbos revolucionarios: la teoría de la dependencia, el revisionismo, el antiimperialismo, el peronismo, el marxismo.

Más allá de los casos puntuales de integrantes con una formación muy sólida (Caparrós, Feiling, Pauls), la erudición era una jactancia, un desafío, un chiste del grupo. Algo reconocido en veta humorística en la novela breve El día feliz de Charlie Feiling (2006), un divertimento muy logrado y con bastante de elegíaco. En esa novela breve, Sergio Bizzio y Daniel Guebel reconocen (y amplifican hasta la caricatura) la erudición de su amigo Feiling en contraste con la ignorancia propia, apenas matizada de sospechas y conocimientos desvaídos: Y Guebel, que en ocasiones podía chapotear gallardamente en el río del lenguaje, se hundía sin remedio cuando le tocaba echarse una brazadita en las honduras del pensamiento abstracto. ¡Y encima Charlie era algo así como un experto en cuestiones como ésa, le interesaban la lingüística, la pragmática, la semiótica, el demótico, la gramática generativa, el nominalismo, el positivismo lógico!

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No es de extrañar entonces que la forma de citar de buena parte del grupo (Caparrós excluido, y para entender por qué basta leer su primer libro: No velas a tus muertos) podía ser juguetona, irreverente, ingeniosa pero sin demasiada densidad. Más allá de lo feliz de algunas ocurrencias se trataba de citas intercambiables. En tal sentido, podría pensarse a Carlos Saúl Menem como el primer shangaísta con sus citas públicas e impúdicas de Mark Taiwan, sus alegadas lecturas de las obras completas de Sócrates o los compartidos consejos de su amigo Gaby García Márquez.

A mi manera

Martín Caparrós escribió que cuando aún no tenían o casi no tenían obra narrativa la teoría era lo central, pero luego perdió tal centralidad porque pasaba a hablar la obra. Esto apunta en el sentido anteriormente señalado de la teoría como exhibición y como alarde más que como un pilar de la propia escritura. En el caso de Feiling había, por el contrario, una relación entre escritura narrativa y escritura crítica que tienta calificar de más honesta (lo cual seguramente causaría su carcajada homérica, de un Homero traducido por Alexander Pope). Dígase, entonces, que se trataba de una relación más productiva. Lo cual no significa que la novela Un poeta nacional (1993) sea una ilustración o una mera prueba empírica de algunas cosas que se afirman en el ensayo Sus epítetos casi siempre (1989), ambos textos con el poeta Leopoldo Lugones en la mira. O que su brillante artículo acerca de Stephen King –Un estilista (1997)- sea sólo un intento de apuntalar su novela de terror El mal menor (1996). Para Feiling -tal como Feiling mismo afirmó acerca de José Bianco en un texto titulado El cajoncito de Pepe (1994)-, la narrativa es una continuación de la crítica por otros medios. Y viceversa, vale agregar.

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Cultura e imperialismo

Así como leer la década de 1960 como un todo sin fisuras conduce a una reducción empobrecedora, también clausura lecturas posibles calzarle a Feiling la (des) calificación de autor post moderno o verlo sólo como un integrante más del grupo Shanghai (como si asimismo no hubiera diferencias entre ellos y distintas evoluciones con el tiempo).

Todo escritor, cuando escribe acerca de otros escritores, se busca, a veces se encuentra y en esos tanteos va entregando fragmentos de un autorretrato. En las escrituras críticas de Feiling esto resulta notable. Por ejemplo, al referirse al ensayista australiano Robert Hughes lo define como un liberal incómodo consigo mismo y para los demás. Así podemos verlo a Feiling. Incómodo con el snobismo académico y con la neocursilería antiacadémica. Incómodo con las pretensiones antiigualitarias y autoritarias de la derecha, incómodo con los tics y vicios de la izquierda, con sus debilidades éticas y estéticas, con su autoritarismo. Incómodo con el provincianismo del ambiente literario argentino, incómodo con el cosmopolitismo forzado, con la tilinguería que es una de las formas de ese provincianismo, incómodo con la falta de discusión. Incómodo con las figuras intelectuales de las generaciones anteriores, incómodo con su propio grupo de pertenencia.

feiling 3A diferencia de un Sarmiento, un Mansilla, un Lugones o un Macedonio, que en serio o en joda aspiraron a ser presidentes de la república, los escritores del grupo Shangai pretendían ser prescindentes de la nación. En cambio, a Feiling la nación y lo nacional no parecían resultarle indiferentes. En un ensayo que publicó en 1994 -durante la primera presidencia de Menem-, titulado El viejo orden mundial, deplora el lamentable secuestro de un concepto crucial, al que le adjudica -no al concepto, sino a su secuestro- consecuencias nefastas. Ese concepto no es otro que imperialismo.

Otro ensayo revelador es La desaparición de Haití. Hay que prestar atención a las palabras: nunca son inocentes, menos si quien escribe es Feiling. Las palabras centrales en esos ensayos son secuestro y desaparición. Para comprender en toda su importancia el uso de ese léxico y la arriesgada precisión de esas afirmaciones, recuérdese que por entonces regían las leyes de impunidad, se brindaba por el fin de la historia con muzzarella y champú, y hacían cola los académicos deseosos de reconvertirse a los nuevos paradigmas para no quedar afuera de las becas al exterior, una especie de versión universitaria de la plata dulce.

En los trabajos citados, Feiling señala que el hecho de vivir en un mundo postcolonial no implica vivir en un mundo justo. Se refiere a los ejemplos de Haití, de África, de Medio Oriente. Plantea, en abierta contraposición con la vulgata liberal iluminista, que buena parte de los problemas y desastres de esas regiones nada tienen que ver con una propensión hereditaria a la barbarie, sino con los efectos nefastos y muy duraderos de la acción del imperialismo.

La narración (política) gana la partida

Todas las novelas de Feiling pueden ser leídas como muy potentes narraciones políticas. Esto es meridianamente claro con El agua electrizada, su primera novela, de 1992. Una novela sobre la dictadura, aquello acerca de lo cual le horrorizaba escribir a los jóvenes shangaístas. Pero una novela sobre la dictadura que transcurre durante la última etapa del alfonsismo -bajo el asedio de la mano de obra desocupada y los carapintadas-, lo cual la hace especialmente perturbadora, ya que discute implícitamente la antinomia dictadura / democracia propuesta desde el partido gobernante, y destaca sus ominosas continuidades.

feiling 5La apuesta continúa en Un poeta nacional (1993); en ella, tras la figura del poeta Esteban Errandonea, su protagonista, se transparenta Leopoldo Lugones, precursor en eso de subirse al caballo por la izquierda y bajarse por la derecha. Éste es un país inventado por escritores que hubieran querido ser militares, afirma uno de sus personajes. Al protagonista, Feiling lo describe impiadosamente: Todo revelaba su ambición de ser el más grande, el vate oracular de un país sin literatura.

Incluso es una novela de muy plausible lectura política El mal menor (1996), gran metáfora de la enfermedad contra la cual Feiling luchaba, pero también relectura del héroe colectivo que combate en El Eternauta de H. G. Oesterheld. Sin dejar de incluir reflexiones acerca de sí misma: …comprendió que su sueño no había sido del todo suyo, sino en buena medida una compilación de leyendas mal interpretadas y películas de bajo presupuesto.

Considerar a Feiling como autor apolítico resulta de una chambonería comparable a la lectura de Borges como autor apolítico. Basta leer el cuento Deutsches Requiem para darse cuenta de que Borges sí hacía política en la literatura, y además algo entendía. Por no decir muchísimo. Y cuando se leen las mil y pico de páginas del Borges (2006) de Bioy Casares -editado por Daniel Martino con las entradas del diario de Bioy Casares que incluyen a Borges-, se encuentran las huellas de una actividad política permanente. Que no se compartan sus iniciativas -contra el peronismo, a favor de la llamada Revolución Libertadora y de otras dictaduras, contra las listas de izquierda en el gremio de escritores, a favor del Proceso- es otra cosa. Parejamente, Feiling, quien aseguraba deplorar la figura del intelectual comprometido, no dejó de intervenir en los debates intelectuales con precisión de francotirador y elegancia de kamikaze.

Algo aún más importante que la posibilidad de lectura política de las novelas de Feiling, es que puedan ser disfrutadas. No son una lectura disponible sólo para estudiosos que buscan textos con los cuales poner a prueba sus teorías. El grupo Shangai consideraba que la existencia de un primer plano de legibilidad relativamente accesible era un rasgo demagógico y populista (de allí su encarnizamiento contra Soriano). Algunas novelas publicadas por sus integrantes en aquella época son a tal punto fieles a esa superstición (o a tal punto están afectadas por esa pose) que efectivamente resultan ilegibles.

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Resulta notable lo que Feiling escribió acerca de Marta Riquelme, una novela breve de Ezequiel Martínez Estrada que se presenta como el prólogo de un libro de más de mil páginas, escrito por Marta Riquelme y perdido por el prologuista. El texto de la Riquelme es un apócrifo y sólo sabemos de él por los comentarios de ese prologuista. Feiling admira la novela de Martínez Estrada, que se vincula con un relato de su admirado y adorado W. H. Hudson. Pero plantea que Marta Riquelme parece hecha a medida para que algún becario de la facultad de Filosofía y Letras de la UBA le aplique la antepenúltima teoría de moda. Así solían funcionar novelas escritas por sus compañeros de grupo. Incluso, algunas reseñadas y alabadas por él.

En cambio, sus propias novelas, mucho más ricas y complejas en cuanto a las referencias culturales cruzadas, admiten un primer nivel de lectura bastante directa. El agua electrizada, más allá de la dificultad que puedan plantear algunos latines e ingleses, resulta un policial vibrante. Su novela de terror, editorialmente anunciada como la primera de la literatura argentina, rica en cambio en literatura fantástica, es una novela de terror más allá de que pueda considerársela malograda al homologar el género con la pornografía, ya que según su discutible enfoque se trataría de los dos géneros que deben producir reacciones específicas: miedo en un caso, excitación sexual en el otro.

feiling 20Un poeta nacional es una novela de viaje, histórica y de aventuras, en la cual las citas y alusiones proliferan incluso a nivel oración. Algo especialmente notable en uno de sus primeros pasajes: a bordo del Santísima Trinidad, el poeta Errandonea viaja al sur con un criado negro, el mayor del Ejército Varela y algunos soldados. Ese pasaje es notablemente autoreflexivo: todo el tiempo se pregunta acerca de la misma posibilidad del relato, de su recepción, de su comprensión, de su aprobación. Hay alusiones a la historia reciente como el nombre del barco, Santísima Trinidad, que es el mismo de la fragata misilística saboteada por Montoneros en Río Santiago mientras Feiling era cadete del Liceo Naval, además de ser también el nombre de la nave de Magallanes que fue la primera en ingresar al Río de La Plata. Hay alusiones al poeta francés de la Baja Edad Media Francois Villon, a Algernon Blackwood, a Lovecraft, a la Eneida, a la narrativa de aventuras de Rider Haggard, a Darwin. Sin embargo, el pasaje resulta perfectamente legible como una conversación en el puente de mando de un barco que va navegando. Situación que Feiling había vivido más de una vez; incluso, ya como guardiamarina, por aguas del canal de Beagle, que él rebautiza, en homenaje al narrador protagonista de La isla del tesoro, como canal Hawkins.

A contramano de la práctica dominante entre sus compañeros de grupo hay, como se ve, elementos autobiográficos de distintos órdenes y extensiones en la narrativa de Feiling. Son cruciales en El agua electrizada: cierto enojo con lo que había vivido en el Liceo Naval (seguramente exagerado por conveniencias narrativas); el protagonista egresado del Liceo, becario y looser; y la presencia de un personaje, el Indio Juan Carlos Lousteau, bajo el cual se transparenta la figura de su amigo el Negro José Luis Ruiz, combatiente en Malvinas suicidado años después. El segundo capítulo de El agua electrizada narra el entierro del Indio. En esa circunstancia, al protagonista, que se autodefine como el loquito de su promoción, le extraña que alguien haya ido de traje claro. Rafael Trebino, uno de sus compañeros, recuerda que él fue de urgencia al entierro de Ruiz, por lo cual estaba de traje claro, y recibió la reconvención de Feiling.

feiling 21Incluso pueden detectarse elementos autobiográficos en esa estética (y ética) de la imagen que es el artículo Olvido y recuerdo de las imágenes, construido a partir de un poema de Enrique Molina donde nombra una naranja a flote que la marea hace chocar contra los pilotes de un muelle. Una naranja que Feiling reconoce (para él la posibilidad de reconocer es la base de la imagen poética) y a la que imagina flotando en medio de los halos tornasolados, bellos pero venenosos, del petróleo. Ese muelle, esas aguas entonces contaminadas son las de Río Santiago, las de la adolescencia de Feiling.

Muy famosamente, prescribió Roland Barthes que la buena literatura es aquella que le hace trampa al lenguaje. Pero lo que suele ocurrir, pese a tan celebrada logorrea –el mal francés de nuestro tiempo– es lo contrario: el buen lenguaje (narrativo) es aquel que le hace trampas a la literatura (institución con su plana mayor, sus reglamentos, sus castigos y sus exclusiones) y se le escapa por el atajo del estilo, ese camino más largo por donde se llega a otras partes, insospechadas, no obvias. Eso que Feiling, amable y burlón, nunca dejó de hacer.