lunes, junio 17, 2024
Cultura

La memoria viva de los desaparecidos armenios en Argentina

Marcelo Massarino/El Furgón – El abordaje sobre los desaparecidos en la Argentina tiene diferentes aristas para la reconstrucción de las historias de las víctimas. Un punto de vista es a partir de la militancia que tuvieron en organizaciones políticas, gremiales, estudiantiles y sociales. Los investigadores registraron las huellas que dejó la represión en Montoneros, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Vanguardia Comunista, la Juventud Peronista; también en la Unión Obrera Metalúrgica, Mecánicos, Luz y Fuerza; en la Unión de Estudiantes Secundarios y las Ligas Agrarias, por citar un puñado de ejemplos. Después de cuatro décadas surgen nuevos espacios de pertenencia de los hombres y mujeres víctimas de la represión ilegal durante la última dictadura cívico-militar. Es el caso de las colectividades que recuerdan a los integrantes que sufrieron las consecuencias de los grupos de tareas entre 1976 y 1983 e incluso de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que operó antes del golpe militar del 24 de marzo bajo el ala de José López Rega, ministro de Bienestar Social de Juan Perón y María Estela Martínez, “Isabelita”.

Libro armeniosEl periodista argentino Cristian Sirouyan es miembro de la comunidad armenia y autor del libro Veintidós vidas. Los desaparecidos armenios de la dictadura ’76 – ‘83, que publicó Ediciones Ciccus en abril de este año. La investigación es un trabajo exhaustivo sobre las víctimas, a qué se dedicaban y cómo era su entorno familiar, además del compromiso político. Los testimonios describen cómo era la vida cotidiana y la relación que cada uno tenía con su entorno.

Una característica que destaca a la investigación de Sirouyan es propia de la colectividad armenia, que sufrió el genocidio a manos del Imperio Otomano entre 1915 y 1923. Cientos de hombres y mujeres llegaron a la Argentina con sus familias diezmadas. Sesenta años después, la represión ilegal los golpeó a miles de kilómetros de su tierra. La reconstrucción que hizo el autor incluye cómo reaccionó la comunidad en general y las familias en particular.

El recuerdo del dolor que trajeron a Sudamérica, ¿cómo gravitó ante la desaparición forzada? En este sentido, el aporte del libro es clave por el ejercicio de la palabra que hicieron familiares y amigos para articular el recuerdo y la reivindicación de sus seres queridos. Una manera de poner sobre la superficie algunas historias que el tiempo borraba.

Veintidós vidas… tiene prólogos de Eduardo Jozami, abogado y ex director del Centro Cultural Haroldo Conti, y del periodista Ariel Scher. Además incluye textos de Federico Gaitán Hairabedian, Gabriel Sivinian, Alejandro Tantanian, Herminia Jenzezian, Santiago Chotsourian, Pedro Mouratian, Diego Tatian, Rubén Artzruní, Adrián Lomlomdjian, Ana Arzoumanian, Graciela Karababikian, Vahram Ambartsoumian, Magda Tagtachian, Vartán Matiossian, Marga Djeredjian, Hagop Tabakian, Mariano Saravia, Rita Kuyumciyan, León Carlos Arslanian y Khatchik DerGhougassian.

Sirouyan tiene cincuenta y cuatro años, es editor del suplemento dominical “Viajes” del diario Clarín. También trabajó en periódicos, revistas y radios del país y el exterior. Fue premiado por el Consejo Nacional Armenio de Sudamérica con la distinción “Hrant Dink” por “su trayectoria en defensa de los Derechos Humanos y las instituciones republicanas y en agradecimiento a la constante solidaridad con la Causa Armenia”.

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El aporte del autor para la reconstrucción de la memoria histórica es vital. Por eso, su trabajo de investigación es esencial para la comunidad armenia. Una colectividad que sufre las consecuencias del genocidio que ejecutaron los turcos, por la masacre en sí misma, y por la impunidad que aún tienen sus ejecutores. Por eso, las tragedias y las historias se cruzan y para algunos el horror parece no tener fin como en la obra teatral “Un mismo árbol verde”, de Claudia Piñero, cuando una abuela armenia grita ante la irrupción en su casa de un grupo de tareas para llevarse a su nieta: “¡Turkere iegán!” (“¡Llegaron los turcos!”).

En diálogo con El Furgón, Sirouyan se refirió Veintidós vidas… y al impacto que tuvo la cuestión de los desaparecidos en la colectividad armenia.

-¿Cómo surgió la investigación sobre los desaparecidos armenios?

-Todo comenzó con un caso. En mi etapa de estudiante de primaria y secundaria en un colegio armenio de Valentín Alsina (Lanús) bajo la última dictadura militar, entre las alumnas había una chica un año menor que yo, Adriana Kalaidjian, de quien mucha gente sabía, por lo bajo, que tenía una hermana desaparecida o “que se la habían llevado”, o que “estaba en manos de los militares” porque “era subversiva”. Así, en esos términos. Es la única desaparecida del colegio “Jrimian” y siempre fue algo que dio vueltas por mi cabeza. No lo hablé con Adriana mientras estuve en el colegio, como le pasó a la mayoría de sus compañeros. Ella lo llevaba guardado en lo íntimo. Esa fue la génesis. En mi caso, las consecuencias de las torturas y desapariciones terminaron de hacer un click en el año 1982 cuando hice la colimba en Comodoro Rivadavia y de ahí fui a Malvinas. Con la guerra en el Atlántico Sur el horror estalló y advertí el mundo que me rodeaba con otros ojos. Mi caso no sólo era el de un joven que creció bajo la dictadura militar sino, además, miembro de una comunidad endógena, chica, bastante cerrada, con una vida activa pero con pocos canales hacia el afuera.

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A fines de la década de 1990, ya pasado el gobierno de Raúl Alfonsín y la última etapa del menemismo, se hizo el primer acto comunitario y oficial en homenaje a los desaparecidos armenios. Fue en la Unión Cultural Armenia (UCA) y se colocó una placa en recuerdo de los veintipico desaparecidos de la comunidad en la antigua sede de la UCA, en (Raúl) Scalabrini Ortiz y avenida Córdoba, porque ahora está en un edificio de la calle Niceto Vega. Fui al acto y encontré un listado completo de desaparecidos y a una cantidad de familias de armenios absolutamente desconocidos para mí y para muchos, ya que estuvieron afuera de la colectividad porque no tuvieron voluntad o posibilidad de inserción. Además, venían de una larga lucha de golpear puertas, adentro y afuera de la comunidad, sin ningún resultado. Entonces, me puse a investigar quiénes eran esos tipos, quienes las familias, a qué se dedicaban para buscar su recorrido en vida y no necesariamente en los últimos momentos. No quise poner el foco en la secuencia final de la desaparición, tortura y muerte sino, más que nada, en la vida.

-En algunos casos da detalles íntimos del entorno, ¿cómo logró acceder a ese nivel de familiaridad?

-Los primeros acercamientos eran más las puertas que se cerraban que las que se abrían. De a poco la gente percibió que la intención era dar a conocer el pasado con la consigna que fuera un tema actual, no algo cristalizado y que era necesario dar a conocer estas historias para que nunca más ocurran. Llevar a esos chicos y chicas del extendido rango de “guerrilleros” a personas que trabajaban, estudiaban, tenían una familia, iban a la cancha, practicaban deportes. Los familiares también entendieron que hablar les servía, por ejemplo, para poner en palabras el sufrimiento que les causó un padre violento y golpeador. En lo particular, a mí me permitió atar cabos con el origen, el pasado de las familias armenias de la diáspora, sobrevivientes del genocidio.

Hay un dato principal que permite constatar que aunque pasen los años y  las décadas, las secuelas del genocidio continúan de por vida si no se hace justicia. Por eso son tan importantes los juicios contra las dictaduras en el cono sur. Es necesario que se juzgue a sus miembros y que vayan presos, algo que no pasó con los victimarios turcos del genocidio armenio. Entonces, las familias armenias se van muriendo, ya estamos en la tercera generación desde el genocidio, y el reclamo va a seguir. Siempre. El horror vuelve con cualquier hecho de violencia, porque se lo vincula con ese jerarca turco que es responsable de la masacre de toda tu familia, algo que te va a perseguir en el tiempo porque hay una impunidad permanente. No es que la cosa terminó en 1923. El reclamo seguirá hasta tanto la humanidad tome conciencia de los crímenes de lesa humanidad que afectan a todos. Lo mismo pasa con el holocausto ejecutado por los nazis contra el pueblo judío. Y con los descendientes de las comunidades originarias que cinco siglos después reclaman por el despojo que se hizo de su cultura, de sus tierras y que quedó impune.

angélica beatriz tountaian 7¿Cómo reaccionaron las familias armenias ante la desaparición de algunos de sus miembros?

-Las reacciones fueron disímiles y hasta contrapuestas por la sobrecarga de dolor y una doble tragedia. Hubo familiares que salieron impulsados con una decisión inclaudicable, que lucharon de manera admirable y hasta temeraria. Pero también hubo de lo otro, por el “no queremos repetir la historia de una familia diezmada y una tragedia colectiva que sufrimos en 1915. Mejor guardémonos, de eso no se habla nunca más y tengamos presente a ese hijo en la memoria y puertas adentro, pero no hacia afuera”. En algunas familias se bajó esa línea y fueron los propios hijos quienes, de a poco, se rebelaron ya avanzada la democracia. Hay padres que hoy no quieren saber nada y no por estar en contra de la postura política que había adoptado el hijo desaparecido, sino por miedo. Tienen el terror impregnado.

-¿Cuál fue la actitud de la Iglesia Armenia? ¿Fue similar a la que tuvo la Iglesia Católica?

-Hubo un silencio total con el tema de los desaparecidos. No tuvo ni  siquiera zonas grises. No hubo un obispo Novak, por ejemplo. Cerraron filas. La mayoría de las instituciones armenias, incluida la iglesia, tuvieron buenas migas con los gobiernos de turno.

-¿Qué sucedió para que la cuestión de los desaparecidos sea una preocupación en la comunidad?

-Tengo entendido que la Unión Cultural Armenia hacía años que estaba con el tema, en especial desde los listados oficiales que dio a conocer la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) con la aparición de varios apellidos armenios.

-¿Se conoció algún caso más tras la salida del libro?

-Aparentemente no. Sí tengo que aclarar que los casos son veintitrés y el libro se titula Veintidós vidas… Lo aclaro porque hay una historia, la de Miguel Bezayan, que no pude rescatar ya que forma parte de los setecientos ochenta y seis casos de desaparecidos y asesinados registrados por la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación sobre los cuales no se tiene ningún dato. Sólo está el reclamo realizado por algún familiar o allegado que hizo la denuncia formal mediante un Habeas Corpus. Miguel fue detenido y desaparecido el 1 de enero de 1975, seguramente por la Triple A.

-Usted señala que hay un represor de origen armenio en Uruguay. ¿En la Argentina pudo detectar algún caso?

-No. Pero sí hubo represores de muy buena relación con una parte de la comunidad armenia, que incluso fueron distinguidos. Está el caso del represor Jettor que en algún momento, ya en democracia, se lo homenajeó con una placa en el patio de la escuela que está junto a la iglesia San Gregorio Iluminador. Paradójicamente, la placa que recuerda a los desaparecidos armenios fue trasladada a la puerta de esa iglesia. Creo que la del represor fue retirada ante las protestas. Por otro lado, quien estuvo presente en eventos de la colectividad fue el ex militar Osiris Villegas (general retirado y ex ministro del Interior), fallecido en mayo de 1998. Era uno de los tipos que tenía vinculaciones con la jerarquía de los sectores más reaccionarios de la colectividad armenia. La novedad tras la edición del libro es que el teniente del ejército uruguayo Antranig Ohanessian Ohanian, verdugo de Anahit Aharonian, quien estaba preso al momento de la escritura del material, hoy está en libertad.