sábado, mayo 18, 2024
Nacionales

Lo que deja el rechazo al 2×1

Luis Brunetto/El Furgón* – Como señalara Daniel de Santis en su nota para El Furgón del 1 de mayo, la característica más notoria del proceso político que se desató a partir del 7 de marzo es el carácter multitudinario de las movilizaciones obreras y populares. Comparándolas con el auge de masas que abrió la situación revolucionaria de la segunda mitad de 1975, Daniel destaca ese rasgo que las distingue de aquellas, que por supuesto no fueron pequeñas. Las movilizaciones del Rodrigazo, que marcaron el pico de aquel proceso, tenían la ventaja de expresar un salto en la conciencia de amplias franjas de la clase obrera industrial del nacionalismo al socialismo, y por lo tanto de promover la salida revolucionaria que necesitaba el pueblo trabajador. Pero su contraparte fue el aislamiento de esa vanguardia obrera, sobre todo respecto a las capas medias, y en ese aislamiento hay que buscar, en parte, las causas de la derrota revolucionaria.

Las movilizaciones actuales expresan contenidos políticos más limitados, es verdad, pero en cambio tienen la ventaja de contarse en centenares de miles: las de 1975 se contaban en decenas de miles. Y aquí me permito agregar a la opinión de Daniel, en el sentido de que la masividad de las movilizaciones actuales es una muestra “…del contenido más oculto pero más importante y permanente de la rebelión del 2001”, otro ejemplo de la “persistencia” de aquella rebelión y sus consecuencias en la limitación política de sus contenidos. Diciembre del 2001 fue un suceso de carácter negador: las masas insurrectas sabían lo que no querían, pero no lo que querían. En parte, esta limitación explica (además de los errores dela izquierda) que ese proceso no haya abierto el camino a la revolución y sí, en cambio, a un gobierno de contención de las masas que, aunque se vio obligado a realizar concesiones importantes, no podía a la larga más que terminar abriendo el camino a la reacción, al “contra 2001” que representa el macrismo.

Marcha 1

Resulta absolutamente lógico que, una vez que la movilización popular retorne al centro de la escena después del largo interregno kirchnerista, lo haga en las mismas condiciones, con las mismas virtudes y defectos que tenía al momento de su “alejamiento”. Pero, anotada esta característica paradójica y contradictoria de las movilizaciones actuales, heredada de las propias limitaciones del 2001, hay que decir que, en lo inmediato, su puesta en práctica representa una barrera infranqueable para el macrismo. Al menos por ahora el “contra 2001” es un proceso sin resultados.

Es en este marco de análisis que adquiere su significación más profunda y se revela en toda su amplitud el carácter de la movilización del 10 de mayo. La marcha contra el 2×1 representa el corolario del proceso de movilizaciones de marzo- abril, y entronca directamente y mucho más que las marchas anteriores, con la rebelión de principios de la década anterior. ¿Por qué? Porque el 2×1 fue, hasta ahora, el desafío más claro, más explícito y de mayor envergadura a las conquistas alcanzadas como resultado suyo. Muestra el nivel de conciencia de las masas, que es el que es pero, a la vez, parece resultar infranqueable para la clase dominante.

Marcha 2

El 2×1, por supuesto, no fue ni un error ni un capricho. Fue un ensayo, como otros, pero mucho más ambicioso: se apoyaba en la supuestamente gigantesca prueba de respaldo popular que significó, según el macrismo, la marcha del 1A. La reorganización económica que el macrismo promueve es completamente imposible de imponer sin represión y el gobierno creyó encontrarse con la oportunidad para resolver el problema. No hay represión posible sin garantizar impunidad a los represores futuros, mucho más cuando el futuro que, como resultado de las luchas del pueblo trabajador, la Argentina reserva para uniformados y servicios dispuestos a practicar el deporte de los garrotazos, el asesinato y la picana es, salvo excepciones, la cárcel. Y no se puede garantizar impunidad si la movilización popular no se los permite. En  definitiva: un proceso represivo imprescindible para la clase dominante, pero hasta ahora imposible de lanzar.

Y a esto nos referíamos en nuestra nota anterior para El Furgón, cuando afirmábamos que el macrismo sobredimensionaba, obligadamente, la marcha del 1 A. Permítasenos citar aquella nota: “…lo que diferencia al 8N del 2015 del 1A son nada más que unos 450 mil manifestantes, (…) la eufórica celebración con que la alta burguesía acogió la marcha es, en realidad, una prueba de su aislamiento político respecto a las demás clases y grupos sociales” (1). En este contexto, es evidente que una de las consecuencias políticas más importantes de la marcha del 10 de mayo es la de haber hecho desaparecer en el aire los efectos políticos del 1A. La exageración no fue casual, sino una maniobra con la que se pretendió confundir al pueblo trabajador y desmoralizarlo después de un mes de luchas propagandizadas como inútiles. No lo consiguieron, lo que prueba además que el poder de las empresas mediáticas es bastante relativo.

Marcha 4

Esta consecuencia directa de la movilización popular parece entroncar directamente con la rebelión también en otro sentido, tal vez el más importante: la marcha del 10 de mayo restituye, por primera vez en años, aquella dinámica según la cual la movilización popular impone sus condiciones, y funciona como una especie de veto a los planes gubernamentales. Pero, además, si efectivamente (y como parece) esta dinámica se consolida, no sólo el gobierno sino también la oposición burguesa se verá condicionada por ella. La movilización, como recurso político de las masas trabajadoras, y como ocurría en los días del 2001, tenderá a operar como mecanismo de unción política, favoreciendo progresivamente a quienes estén dispuestos a expresarla, y se convertirá en un dato político insoslayable para todo el personal político del régimen. Por eso, a medida que el proceso movilizador se desenvuelva, las salidas políticas moderadas y conciliadoras (del Frente Renovador al kirchnerismo y sus respectivos satélites) sufrirán las consecuencias. Sólo la izquierda puede estar interesada en estimular la movilización como método político central. Veremos si estamos a la altura de las circunstancias.

Marcha 6

En definitiva, la política se desplaza cada vez más a la calle. Y la calle condiciona cada vez más al personal político burgués gobernante y opositor, le pone límites y, de persistir y profundizarse, adquiere poder de veto sobre su actividad. Fue el rechazo popular al 2×1 el que forzó al Congreso a pronunciarse unánimemente (con la excepción del fascista Olmedo y la semi-fascista Carrió), y el que creó las condiciones para los pedidos de juicio político por parte del FIT primero, y del FPV después, a los supremos Carlos Rosenkrantz, Horacio Rosatti y Elena Highton. Pero, además, la reaparición de la calle como factor político, tiende a restañar la grieta interburguesa y a operar (como claramente ocurre en Santa Cruz) en favor de la emergencia del conflicto de clase. La salida negociada entre Alicia Kirchner y Rogelio Frigerio amenaza con poner blanco sobre negro, y con desnudar al rey desnudo (o a la reina…).

La reaparición de la movilización popular como eje del proceso político pone la pelota de nuestro lado. Efecto directo de la lucha de nuestro pueblo trabajador, el gobierno macrista se ve (al menos hasta ahora) completamente trabado a la hora de avanzar en su monstruoso programa de fondo. Pero sólo una alternativa política de la clase trabajadora puede abrir el camino a la superación popular de este relativo empate. El pueblo trabajador cumple con su parte: les toca a las corrientes políticas que proclaman la voluntad de expresar sus intereses cumplir con la suya.

Notas:

1- http://www.elfurgon.ar/2017/04/10/un-marzo-de-las-bases/

*Fotografías: Colectiva Fotografía A Pedal