sábado, mayo 18, 2024
Nacionales

Darío Santillán: iconografía de un gesto

Repo Bandini*/El Furgón – Hay un rostro pintado en la pared. No hay técnica, no hay colores, ni sombra alguna que marque el volumen o la profundidad. Es un rostro pintado a las apuradas con ceresita negra sobre cal. El contraste que generan las líneas que ofician de barba ofrece de manera solapada una sonrisa resplandeciente, idéntica a la que albergan los rostros de todas y todos los que han transitado los sinuosos senderos de la lucha social, abrazados a aquella sentencia que divide al mundo entre los que luchan y los que lloran. Pero… ¿de quién es ese rostro que las vecinas y vecinos del conurbano profundo confunden con una caricatura de Jesús? ¿Qué hay detrás de la imagen hecha pared, mural y paisaje que se impone tosca en comedores, bachilleratos y centros comunitarios?

Como sucedió con la cara del Che, fue la síntesis de una fotografía lo que dio paso al icono que, a su vez, permitió la inmediata e infinita reproducción, ya no de un instante aislado y estático en la vida del protagonista, sino de una representación vivaz de todos aquellos ideales por los cuales derramó su sangre y entregó su vida.

Dario 1

La foto original nos muestra, ahora sí con nitidez, a Darío Santillán vistiendo campera de jean negra, remera de Hermética y una mochila colgando de su hombro izquierdo. Fue tomada por una de sus compañeras de militancia mientras marchaban por las calles de Solano. Detrás de él, una docena de estudiantes del colegio Piedra Buena sostienen una bandera que pide “Por la derogación de la Ley Federal de Educación”, artilugio con el que Carlos Menem intentaba vaciar la educación pública 4 años antes de aquel fatídico 26 de junio de 2002 cuando, ya con Eduardo Duhalde en la presidencia de la nación, Darío fue asesinado (junto a Maximiliano Kosteki) por efectivos de la policía Bonaerense en el marco de una represión feroz, en las inmediaciones del Puente Pueyrredón.

Dario 3

Es por eso que también hay rostros pintados bajo los puentes y algunos son la cara de Darío que, como toda la iconología que rodea a los bandidos rurales rescatados del olvido y santificados por su pueblo, se transformó inevitablemente en modelo a seguir y en ejemplo. No es casual, entonces, que la síntesis gráfica de sus apenas 21 años, exprese hoy, a quince años de su asesinato, la ilustración más acabada de una cultura militante que supo, a punta de solidaridad y compromiso, reinventar el poder popular, diferenciarse de aquella militancia cuyo potencial nació de la cúspide del Estado y, sobre todas las cosas, multiplicar los más nobles gestos en pos de un mundo de libres e iguales, donde las imágenes ya no se tengan que ocupar de denunciar injusticias o esclarecer falsedades sino de recordarnos, siempre, la querida e imprescindible presencia de todas nuestras sonrisas.

*Artículo publicado en la revista Sudestada Nº147, mayo-junio de 2017